Opinión
Elaborada por El Mostrador
¿Empezó la Tercera Guerra Mundial?
Así como Putin invadió Ucrania y se anexó el Donbass, un año antes que estallara la II Guerra Mundial, Hitler se apoderó de Austria. La ONU ha condenado drásticamente a Rusia y le impuso sanciones, sin efectos prácticos. Algo similar ocurrió en 1938 con Alemania y la Liga de Naciones.
Hace varios años sostengo que lo que estamos viviendo a nivel global se parece demasiado a los años 20 del siglo pasado. Desgraciadamente, las miradas de incredulidad, los comentarios irónicos y los argumentos para desmentir mi visión catastrófica son cada vez más escasos o, sencillamente, han desaparecido. Sin embargo, ahora pienso que el tiempo avanzó más rápido que hace un siglo y, lo que está ocurriendo, se asemeja más a la década del 30.
Me pregunto una y otra vez si la Tercera Guerra Mundial ya comenzó o habrá que esperar que se declare oficialmente, como lo hicieron Francia y Gran Bretaña tras la invasión de Hitler a Polonia el 1º de septiembre de 1939.
Quizás la nueva pesadilla comenzó hace justo cuatro años -el 22 de febrero de 2022- cuando Rusia invadió Ucrania. O quizás fue cuando Estados Unidos bombardeó las instalaciones nucleares de Irán el 22 de junio de 2025, en medio de la guerra entre Israel y Hamas, uno de los principales agentes del gobierno iraní en la zona.
Sin embargo, más allá de establecer el asalto inicial, lo que el mundo vive desde hace más de un año tiene todas las características de una guerra mundial. Todos los continentes están en tensión, mortificados en mayor o menor medida por las acciones de las grandes potencias que afectan su quehacer económico, político, social y cultural.
Así ocurría también en los años 30 del siglo pasado.
La Sociedad de las Naciones, creada después de la Primera Guerra Mundial para asegurar la paz a través de la diplomacia, se hundía en la inoperancia, tal como ocurre hoy con Naciones Unidas, su sucesora.
Ni el derecho internacional ni el multilateralismo han sido capaces de detener el abuso, la arbitrariedad y la violencia de los imperios actuales. Tampoco pudo hacerlo la Sociedad de las Naciones, en los años 30, frente al nacionalismo fascista que se impuso en Italia, Alemania y Japón.
Benito Mussolini en Italia y Adolf Hitler en Alemania llegaron al gobierno a través de elecciones libres, para luego desmantelar las instituciones democráticas e instaurar regímenes totalitarios que les permitieran mantenerse en el poder hasta el final (literalmente). Un desarrollo político muy similar al de Vladimir Putin en Rusia, Viktor Orban en Hungría, Recep Tayyip Erdogan en Turquía, Aleksander Lukshenko en Bielorrusia, Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Ortega en Nicaragua, por nombrar un conjunto variopinto. Donald Trump en Estados Unidos y Benjamin Netanyahu en Israel llevan buena parte de este camino recorrido.
Al igual que en la guerra civil española (1936-1939), en Siria fueron muchos los intervinientes externos que, desde 2011, probaron su capacidad militar (incluyendo armas químicas) y su potencial influencia, en medio de un enfrentamiento fratricida que significó más de medio de millón de muertos y la mayor crisis de refugiados a nivel mundial (6 millones de desplazados dentro de Siria y 5 millones hacia otros países).
Tal como Putin invadió Ucrania y se anexó el Donbass y las provincias de Jersón y Zaporiyia, un año antes que estallara la II Guerra Mundial, Hitler se apoderó de Austria. La ONU ha condenado drásticamente a Rusia y le impuso sanciones, sin efectos prácticos. En 1938, la Sociedad de las Naciones asumió que no tenía la fuerza para adoptar medida alguna.
Peor aún, unos meses más tarde, Checoslovaquia perdió la zona de los Sudetes que pasó al dominio de la Alemania nazi con el beneplácito de Francia, Gran Bretaña e Italia. Un consentimiento para apaciguar a Hitler. ¡Cuánto se parece esto al secuestro de Maduro y los acuerdos en torno a Groenlandia! Con el silencio reinante, para no enfurecer a Trump.
Cabe preguntarse si someterse a los designios de Trump logrará calmar sus apetitos. Porque hace un siglo nada pudo apaciguar a Hitler, y los tratados destinados a garantizar la paz, terminaron con una guerra global con más de 50 millones de muertos.
La actual carrera armamentista, fortalecida por las nuevas tecnologías, es cada vez más intensa. El escenario geopolítico se está reconfigurando rápidamente, dejando muy atrás aquella ilusión de paz duradera de fines del siglo XX, provocada por la caída del Muro de Berlín y el fin de la llamada Guerra Fría. China, Rusia y Estados Unidos tienen suficientes armas letales y poder nuclear para destruir varias veces el planeta. Y llevan años haciéndolo sentir.
Cabe agregar el incremento de la judeofobia que surge -desde hace siglos- para adobar toda crisis contundente.
En este contexto, en el reciente Foro Económico Mundial de Davos, el Primer Ministro canadiense, Mark Carney, habló con una franqueza pocas veces vista en estos encuentros. “Hablaré de la ruptura del orden mundial -dijo- del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción.”
Fue un mensaje directo a lo que llamó “las potencias medias como Canadá”, lo que incluye especialmente a la Unión Europea, con países que aún se aferran a los valores democráticos y el irrestricto respeto a los derechos humanos.
Pero Europa está paralizada. Sin un liderazgo fuerte, sin capacidad militar independiente de Estados Unidos y el auge de las ideas nacionalistas, parece difícil saber si el “viejo continente” logrará reaccionar como un bloque sólido frente a las ambiciones territoriales y económicas de Estados Unidos, Rusia y China, o quedará dividida una vez más.
Por ahora, las potencias medias -y los países pequeños como Chile- miran expectantes la guerra no declarada entre los imperios, acomodándose cautelosamente en el área que les toca. Algunos, entusiasmados por la afinidad ideológica; otros, pragmáticos y, otros, simplemente aplastados e impotentes como Venezuela, Ucrania y probablemente Cuba e Irán.
Está por verse si los líderes de Europa escucharon al Primer Ministro Mark Carney, y logran unirse en una acción capaz de salvar la paz y la democracia. Los pueblos del mundo lo necesitan.
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