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Febrero Opinión

Febrero

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Agustín Squella
Por : Agustín Squella Filósofo, abogado y Premio Nacional de Ciencias Sociales. Ex miembro de la Convención Constituyente.
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Como todos sabemos, se trata también de un mes que suele traer menos días, quedándonos un poco la sensación de que nos han robado algo. Y si somos mayores, la verdad es que, por el contrario, no experimentamos nada parecido a un cambio o a algún tipo de alternancia.


En el hemisferio sur, febrero es un mes deseable porque nos promete descansar. Descansar tanto del trabajo como de los estudios, disponiéndonos a que durante los días de este mes transcurran antes de que meramente pasen. Cambiamos entonces nuestras actividades, y a veces hasta el lugar en que hacemos habitualmente la vida. Nos entregamos a la diversión, los viajes, el entretenimiento, o simplemente al disfrute -salvo cuando hay temperaturas demasiado altas- de la benevolencia de unas cuantas semanas de las que tomamos mayor conciencia cuando nos encontramos sujetos a las exigencias del trabajo o de los estudios.

Febrero es como un mes que gotea, o sea, que se siente transcurrir día a día y que no sale a nuestro encuentro de la mano de compromisos que deberíamos cumplir ni de tareas que realizar. Se trata de un tiempo para dejarse estar y no para ser utilizado en logros ni en metas por alcanzar.

Febrero no es un mes que tenga mucha personalidad, y que, por lo mismo, hace que nos olvidemos fácilmente de nosotros mismos, de quiénes somos, de qué hacemos, beneficiándonos de esa cierta palidez que poseen las horas y los días del segundo mes del año.

Como todos sabemos, se trata también de un mes que suele traer menos días, quedándonos un poco la sensación de que nos han robado algo. Y si somos mayores, la verdad es que, por el contrario, no experimentamos nada parecido a un cambio o a algún tipo de alternancia. Es un mes cenizo, sin que se lo afirme por los habituales incendios forestales que ocurren en esta parte del año, sino por un motivo que no consigo explicar.

Lo que tampoco logro explicar es que, hípico como soy, sienta indefectiblemente que el verano ha llegado a su fin la noche en que se corre la última carrera del Derby de Viña del Mar, esto es, el primer domingo del mes de febrero, una fecha que está bien lejos como para dar por terminada la temporada estival. No lo sé: es como si la fiesta hubiera terminado y no quedarán ya más de esos días de vino y rosas, como solemos decir. No sé.

Ese primer domingo de cada mes de febrero es como si me bajaran el telón y me dejaran a la intemperie en un lugar que no atino a reconocer y en el que me siento extraviado. Sí, es muy probable que en la jornada del Derby me vaya mal con las apuestas, pero no es esa la razón por la que me siento al descampado después de corrida la última carrera de tan vibrante jornada. Tal vez en un momento como ese solo consiga recordar la parte de la canción de Joan Manuel Serrat que anuncia: “vamos bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta”.

Febrero, ya en su segunda quincena, adquiere algo de dinamismo. Cierto es que deprime ver aparecer los uniformas escolares en las grandes tiendas, pero, a la vez, los estudiantes que tendrán que volver a la universidad en marzo, sienten que algo promisorio les espera y que dispondrán de un año más para obtener su título profesional o licenciatura.

Creo que al terminar las vacaciones se vuelve más animado a la universidad que cuando se lo hace al colegio, quizás porque en aquella es más lo que se encuentra en juego. La enseñanza media, al menos durante su último año, se parece no poco a un preuniversitario en el que nos han matriculado antes de tiempo.

Febrero tiene también algo provinciano, quizás porque entonces vamos por gusto a alguna de nuestras provincias –generalmente la propia, cuando la tenemos-, puesto que la mayoría se queda en los lindes de la seca y sofocante Región Metropolitana

Que pase febrero, entonces; o, mejor, que transcurra. Que se vaya dejando caer lentamente, como si se tratara de un reloj de arena, y sin contar los días que le puedan faltar y sin importar demasiado que al término del mes nos hayan restado alguno.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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