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La tragedia de habitar un planeta dañado

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José J. Nuñez
Por : José J. Nuñez Centro de Humedales Río Cruces & Instituto de Ciencias Marinas y Limnológicas Universidad Austral de Chile
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Habitar un planeta dañado requiere cultivar una resiliencia emocional que no caiga en la negación pero tampoco en la desesperación.


Una familia observa con impotencia cómo un cauce desbordado arrasa con años de esfuerzo y esperanza. Las condiciones que durante siglos sustentaron silenciosamente la vida, ahora la socavan de manera repentina. Es una tragedia que se refleja no solo en las estadísticas de pérdidas mostradas por los medios de comunicación, sino también en el dolor, la ansiedad y la desorientación moral de una sociedad obligada a presenciar el desmoronamiento de sus propios sistemas de soporte vital.

La degradación ambiental describe el deterioro del aire, del agua, de los suelos y de los ecosistemas a causa de la contaminación, el agotamiento de los recursos y la destrucción del hábitat. De acuerdo a National Geographic, más del 75% de las áreas terrestres del planeta presentan una degradación significativa, lo que afecta el bienestar de 3.200 millones de personas. Este daño es acumulativo: la tala de bosques, la contaminación de ríos y el drenaje de humedales reducen la resiliencia de los sistemas naturales y amplifican los efectos de sequías, inundaciones e incendios de gran magnitud.

Desde las emisiones de combustibles fósiles, que calientan la atmósfera, hasta los plásticos y las toxinas que se acumulan en los océanos y en las redes tróficas, la contaminación es una de las caras más visibles de este daño ambiental. La deforestación para la agricultura y el crecimiento urbano acelera el proceso al liberar el carbono almacenado, a la vez que desmantela los complejos hábitats que antaño amortiguaban los climas locales y sustentaban diversas comunidades de organismos. ¿Podemos en nuestras decisiones cotidianas identificar vínculos directos con este daño ambiental?.

Sí. Por ejemplo, el uso de soja para alimentar el ganado es uno de los factores principales detrás de la deforestación masiva en ciertos países. Nuestro consumo local de alimentos de origen animal contribuye a esta demanda. Asimismo, algo tan simple como elegir un vaso desechable de café puede estar conectado a la tala de bosques para la producción de papel y cartón, y muestra cómo decisiones aparentemente inocuas tienen un impacto profundo en los ecosistemas.

Desde un enfoque integral, nuestras decisiones de consumo no son meros actos aislados, sino expresiones de un nivel de desarrollo de la conciencia y de una determinada “visión del mundo” que valora más la acumulación y la inmediatez que la profundidad y la interdependencia. Cambiar de hábitos no solo significa comprar otra marca o reciclar más, sino atravesar una transformación interior que permita sentirnos parte de una red más amplia de vida y reconocer que cada “pequeño” gesto participa de sistemas mucho mayores. Solo así los cambios externos pueden sostenerse en el tiempo y no quedar reducidos a modas pasajeras.

La magnitud de la pérdida de biodiversidad es catastrófica. El Índice Planeta Vivo 2024 informa una disminución promedio del 73% en las poblaciones de vertebrados silvestres monitoreadas entre 1970 y 2020. Estas disminuciones son especialmente extremas en América Latina, donde las poblaciones monitoreadas han disminuido alrededor del 95%, y en África, donde la caída alcanza aproximadamente el 76%. Los ecosistemas de agua dulce se encuentran entre los más afectados, con una disminución estimada del 85% en las poblaciones monitoreadas de peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos durante el mismo período.

Cuando los ecosistemas superan ciertos umbrales, pueden entrar en nuevos estados de degradación difíciles o imposibles de revertir, como la transformación de los bosques en praderas o la conversión de las turberas en fuentes crónicas de carbono. En este sentido, la tragedia no es solo que la humanidad esté destruyendo una belleza inconmensurable, sino que también está desmantelando las mismas redes que hacen posible el florecimiento humano y las raíces mismas de la vida. Cada población perdida representa más que una especie faltante en una lista. Es la desintegración de las relaciones ecológicas que purifican el agua, reciclan los nutrientes, polinizan los cultivos y regulan el clima. El suelo que nos sustenta no es solo un recurso, sino una matriz viviente que requiere nuestra reciprocidad y cuidado.

Por otro lado, las consecuencias de habitar en un planeta dañado no se reparten equitativamente entre las sociedades. Las comunidades con menos recursos (pequeños agricultores, pueblos indígenas, residentes de zonas costeras bajas y asentamientos urbanos informales, entre otros) suelen ser los más expuestos a inundaciones, olas de calor, incendios fuera de control, pérdidas de cosechas y escasez de agua. A medida que los suelos se erosionan y disminuyen los rendimientos, los agricultores más pobres pueden sobreexplotar las tierras restantes solo para sobrevivir, creando un círculo vicioso en el que la pobreza y el daño ecológico se refuerzan mutuamente. Los desastres relacionados con el clima pueden destruir infraestructuras, hogares y redes de seguridad social en cuestión de instantes, empujando a las poblaciones vulnerables al desplazamiento y a la precariedad a largo plazo. Paradójicamente, estas poblaciones tienden a ser la parte de la sociedad que menos ha contribuido a las emisiones de gases de efecto invernadero y a las economías extractivas que impulsan estas crisis.

Esta asimetría no es accidente, sino que emerge de sistemas sociales diseñados históricamente desde visiones de mundo que jerarquizan unas vidas sobre otras. Mientras la conciencia colectiva opera desde niveles que normalizan el extractivismo y la colonialidad, resulta coherente que ciertas comunidades sean tratadas como “zonas de sacrificio”. La injusticia de este desequilibrio forma parte del peso moral de vivir en un planeta dañado, donde algunos se benefician mientras otros pierden sus hogares, sus historias y sus futuros.

La tarea ética urgente es entonces, no solo reformar políticas, sino facilitar un salto de conciencia en el que se vuelva inaceptable que el bienestar de algunos dependa de la devastación de otros seres humanos y de otros seres vivos.

Y… los impactos del daño planetario no son solo procesos biofísicos, sino que penetran en mundos internos de emociones y de significado. Investigaciones recientes en salud mental muestran tasas crecientes de ansiedad, estrés y síntomas depresivos relacionados con el clima, especialmente entre las generaciones más jóvenes que anticipan vivir crisis cada vez más intensas.

El “duelo ecológico” y el “duelo climático” aparecen como respuestas naturales a la pérdida de especies valiosas o ecosistemas diversos, y que pueden abarcar tristeza, ira, ansiedad, insensibilidad y muchas veces una sensación de traición del “sistema”. Las personas reportan que ver cómo se blanquean los arrecifes de coral, cómo se queman los bosques o cómo desaparecen humedales y las especies que en ellos habitan puede sentirse como llorar a un ser querido o perder una parte de uno mismo.

El filósofo Ken Wilber señala que ninguna crisis es solo “exterior”, solo técnica o solo biofísica: toda situación humana tiene dimensiones internas y externas, individuales y colectivas.

La tragedia de vivir en un planeta dañado no se agota en la pérdida de bosques, especies y estabilidad climática sino que también implica un empobrecimiento de nuestra vida interior, de nuestras culturas y de las estructuras sociales que organizan la economía y el poder. Desde esta mirada integral, la catástrofe ecológica es al mismo tiempo una crisis de significados, de valores y de conciencia.

Habitar un planeta dañado requiere cultivar una resiliencia emocional que no caiga en la negación pero tampoco en la desesperación. Está claro que esta condición exige nuevas orientaciones éticas, en las que la responsabilidad se entienda no solo cómo reducir la huella personal, sino también cómo participar en esfuerzos colectivos para transformar instituciones, economías y narrativas culturales.

La tragedia de nuestro momento es real y medible, pero no es el final de la historia. Es el contexto histórico en el que los humanos debemos aprender a vivir, a recordar y a actuar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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