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Caso Epstein y el círculo que sostuvo el poder Opinión

Caso Epstein y el círculo que sostuvo el poder

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Susana Sierra
Por : Susana Sierra Ingeniera comercial. Socia y CEO de BH Compliance
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El caso Epstein expuso cómo operan las redes invisibles del poder: favores, lealtades y silencios que terminan blindando lo indebido. Cuando la cercanía pesa más que la ética, la impunidad se normaliza y el escándalo ya no arrastra a uno, sino a todos quienes miraron hacia otro lado.


A raíz del caso Epstein y del círculo que sostuvo el poder estos días, no he dejado de pensar en cómo opera realmente el poder. No en el sentido visible o institucional, sino en esa red silenciosa de favores, lealtades y conveniencias que lo rodea, lo valida y, muchas veces, lo blinda.

No me refiero al poder como algo negativo. Este es necesario, porque permite liderar, influir, abrir espacios, articular decisiones y generar impacto. El problema surge cuando se desvirtúa, cuando deja de ejercerse con propósito y comienza a utilizarse para justificar lo indebido; cuando la influencia se confunde con impunidad y el poder se vuelve un imán que atrae a quienes buscan beneficiarse de él.

Eso es precisamente lo que sucedió con Epstein. Un hombre de una familia de esfuerzo, que no contaba con títulos profesionales, pero que logró amasar una gran fortuna creando diversas empresas de inversión, llegando a relacionarse con personalidades de renombre.

Su estatus se elevó al de un símbolo de acceso y conexión, y alrededor de él se formó una imponente red de conveniencia, donde la sola cercanía era una ventaja.

En el caso de Epstein el trasfondo es mucho peor. Acá no hablamos de rumores, sino de hechos acreditados, y no de cualquier hecho. En 2008, tras ser denunciado, él mismo se declaró culpable ante un tribunal estatal en Florida por dos casos de delitos sexuales que involucraban a menores. Hubo condena y cumplimiento de pena, aunque en condiciones ampliamente cuestionadas. En 2019, una década después, volvió a ser arrestado por nuevos cargos vinculados a abusos sexuales a menores. Pero ¿qué pasó en el intermedio?

Eso es lo más increíble. Después de la primera condena de Epstein, la red siguió en funcionamiento aun conociendo sus crímenes. Personas con altos cargos, poder propio, reputación consolidada y criterio suficiente para dimensionar la gravedad de lo ocurrido, decidieron mantener la cercanía. La pregunta es: ¿por qué?

La respuesta puede estar en el círculo vicioso que genera la red de favores, como si estos fueran una deuda que se debe pagar. Cuando alguien nos ha abierto puertas, nos ha dado acceso o ha facilitado oportunidades, cuesta tomar distancia. Es como una lealtad intrínseca, una sensación de deber algo. Y es ahí, en esa especie de tolerancia social, donde ocurre un fenómeno preocupante: la ética, la moral y los valores se postergan, y lo que debería encender las alarmas, se relativiza porque “me ayudó”.

Por eso, cuando finalmente estalla el escándalo, el problema ya no es solo de Epstein, del poderoso que cruzó la línea, sino de la cantidad de personas que, por conveniencia, costumbre o una deuda, dejaron de verla.

Uno de los riesgos evidentes en estos círculos es que, cuando esa figura cae, arrastra consigo a quienes lo sostuvieron. Hoy la llamada “lista de Epstein” –que no implica necesariamente la responsabilidad de sus integrantes– está bajo escrutinio público. La sola mención ha afectado reputaciones e incluso ha significado la pérdida de cargos. Así ocurrió con Thomas Pritzker, quien dejó su cargo como presidente ejecutivo de los hoteles Hyatt por sus vínculos con Epstein, buscando proteger el nombre de la cadena hotelera.

O el caso de Kathy Ruemmler, exdirectora jurídica de Goldman Sachs, quien abandonó su posición tras revelarse que recibió millonarios regalos del pederasta.

Así lo hemos visto en Chile con el caso Hermosilla, que –según las investigaciones– también habría acuñado un círculo de poder. No se trata únicamente de un abogado con influencia, sino de una red que habría intercambiado favores al margen de los canales formales.

De esta forma, muchas personas sin redes ni influencia terminan elevando a otros a un sitial casi monárquico por el solo hecho de sacar una ventaja o de pertenecer a un círculo que da estatus y parece intocable. Es como si la cercanía bastara para compartir esa relevancia. Y es en esos círculos de privilegio y tolerancia donde la impunidad se perpetúa.

Sin intención de ser un ejemplo de moralidad, escribo esta columna pensando en algo más básico: recuperar el sentido común. Debemos cuestionarnos como sociedad por qué esos círculos siguen teniendo cabida en la actualidad, por qué nos hace sentir bien burlar el sistema o tomar atajos para lograr ventajas. Debemos dejar de obnubilarnos ante el poder mal ejercido. El sentido común debiera ser nuestra principal arma para detectar que muchas veces los favores no son inocuos.

El poder necesita contrapesos. Por eso es esencial que quienes lo rodean no normalicen lo indebido y que, como sociedad, entendamos que quien actúa al margen de la ética no debiera ejercer poder ni menos capturar el nuestro. Quienes lo utilizan para fines indebidos no son la regla, sino las manzanas podridas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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