Opinión
La estrategia de la negación: el nuevo realismo geopolítico de Estados Unidos de América
El orden internacional liberal no se sostiene solo en valores o normas, sino en equilibrios materiales de poder. La política internacional sigue siendo trágica, competitiva y conflictiva. Sin una estrategia clara, Estados Unidos corre el riesgo de sobreextenderse o, peor aún, de quedar paralizado.
La operación de extracción de Maduro es un mensaje nítido de Estados Unidos hacia América Latina y hacia el sistema internacional en su conjunto: capacidad operativa intacta, alcance global y disposición a actuar cuando lo considera estratégicamente necesario. Más allá del episodio puntual, el gesto reordena percepciones de poder, disuasión y credibilidad en un escenario marcado por la competencia sistémica. Para la región, recuerda que la geopolítica no es retórica sino acción; para los actores globales, que Washington sigue trazando líneas rojas y sabe hacerlas visibles, rápidas y efectivas.
Este episodio no es aislado: permite iluminar el marco estratégico más amplio en el que hoy se mueve USA. Como es sabido, en noviembre de 2025, la Casa Blanca publicó su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, cuyos ejes centrales pueden resumirse así: búsqueda de estabilidad estratégica con Rusia; competencia confrontacional no militar con China; redefinición del vínculo con Europa; renovado foco en el hemisferio occidental bajo una lógica cercana a un neomonroísmo hacia América Latina; y abandono explícito de las guerras largas y costosas del tipo Irak o Afganistán.
Leída en conjunto, la estrategia expresa un giro deliberado hacia el realismo geopolítico, la priorización de teatros decisivos y la aceptación explícita de límites en la proyección del poder estadounidense.
Este giro no es abstracto ni espontáneo. Detrás de él se encuentra una constelación de estrategas que, desde hace más de una década, vienen cuestionando la lógica de la supremacía global heredada de la post Guerra Fría. Entre ellos destaca una figura especialmente influyente –aunque relativamente invisible para el gran público–: Elbridge A. Colby.
Formado en Harvard y Yale, y nieto de William Colby, director de la CIA en los años setenta, Colby se ha consolidado como uno de los principales arquitectos intelectuales del viraje estadounidense hacia la competencia entre grandes potencias. En la actual administración de Donald Trump ocupa el cargo de subsecretario de Defensa para Política, una de las posiciones civiles más relevantes del Pentágono, desde donde se define la orientación estratégica, doctrinaria y operativa de la política de defensa.
El libro de Colby, The Strategy of Denial: American Defense in an Age of Great Power Conflict (Yale University Press, 2021) , en algún sentido o en muchos, podría ser considerado como una auténtica hoja de ruta intelectual de este giro estratégico. Más que un texto académico, se trata de una obra programática que responde a una pregunta incómoda pero ineludible: ¿cómo puede Estados Unidos preservar su posición global en un mundo donde ya no goza de supremacía militar absoluta?
La tesis central del libro es clara y deliberadamente provocadora. Colby sostiene que Estados Unidos ya no puede –ni debe– aspirar a la dominación militar global propia del período posterior a la Guerra Fría. En su lugar, propone una estrategia de “negación”. Esta no busca derrotas aplastantes ni control total de los teatros de conflicto, sino impedir que un adversario estratégico alcance sus objetivos clave, incluso si ello no se traduce en una victoria total estadounidense. No se trata de conquistar, sino de bloquear.
El foco de esta estrategia es inequívoco. Para Colby, el principal desafío estratégico de Estados Unidos no es el terrorismo ni los conflictos periféricos, sino China. El escenario decisivo no es Medio Oriente ni Europa Oriental, sino el Asia-Pacífico, particularmente Taiwán, el Mar del Sur de China y la arquitectura de alianzas con Japón y Corea del Sur. La conclusión es dura: si Estados Unidos no logra impedir que China se imponga militarmente en Asia Oriental, su condición de potencia global queda estructuralmente comprometida.
Esta visión obliga a asumir decisiones políticamente incómodas. La estrategia de negación exige priorizar, aceptar riesgos y redistribuir recursos. Europa y Medio Oriente sin dejar –obviamente– de ser importantes, pasan a ocupar un lugar secundario relativo, bajo el supuesto de que los aliados deben asumir mayores responsabilidades en su propia defensa.
Asimismo, la disuasión que propone Colby no es simbólica ni declarativa. Requiere capacidades militares reales, sobre todo nuclear, pero además, ciertamente, preparación para guerras convencionales de alta intensidad y un abandono consciente de la lógica de las intervenciones humanitarias, el nation building y los conflictos de baja intensidad prolongados.
En este marco, la defensa creíble de Taiwán emerge como una línea roja estratégica: perderla sería un golpe estructural para el poder estadounidense. Así es como se ha conjeturado geoestratégicamente que, en tal caso, el paso siguiente podría ser Filipinas.
El mensaje de fondo es profundamente realista. El orden internacional liberal no se sostiene solo en valores o normas, sino en equilibrios materiales de poder. La política internacional sigue siendo trágica, competitiva y conflictiva. Sin una estrategia clara, Estados Unidos corre el riesgo de sobreextenderse o, peor aún, de quedar paralizado frente al ascenso chino.
Teniendo per natura el espíritu anglosajón una buena porción de realismo, no sorprende, entonces, que The Strategy of Denial se considere un texto influyente del realismo estratégico contemporáneo, marcando el debate en Washington y moldeando decisiones que hoy están definiendo el rumbo de la política global.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.