Opinión
imagen referencial
Protección infantil efectiva
Una protección infantil efectiva – además de la billetera del hogar – se juega en la capacidad de las familias de ejercer su rol primario en el desarrollo de sus hijos.
A propósito del reciente estudio del Centro de Estudios Públicos (CEP), a partir de los datos de la CASEN 2024, y del debate en torno a una eventual transferencia base por presencia de niños y un impuesto negativo al ingreso laboral, vale la pena volver a poner el foco donde la pobreza se concentra con más fuerza en Chile: en la infancia y en las familias que cuidan.
La CASEN 2024 muestra que un 22% de los hogares con niños vive en situación de pobreza por ingresos. Detrás de ese porcentaje hay una realidad estructural que se repite: hogares monoparentales vulnerables donde, aun cuando la madre logra insertarse en el mercado laboral, el ingreso no alcanza para superar la línea de la pobreza cuando hay dos o tres hijos a cargo. La pobreza en Chile tiene rostro de infancia y se vive en familia.
En contraste, el fortalecimiento del pilar solidario y los cambios al sistema de pensiones han permitido reducir significativamente la pobreza en los adultos mayores. Esa asimetría debiera interpelarnos: hoy el Estado logra amortiguar mejor el riesgo de pobreza en la vejez que en la niñez, pese a que es en los primeros años donde se juegan trayectorias que marcan el resto de la vida.
Las propuestas que surgen desde el CEP —transferencias sin condiciones por presencia de niños y un impuesto negativo al ingreso laboral— apuntan en la dirección correcta: asegurar un piso mínimo de protección y, al mismo tiempo, fortalecer la formalización del empleo. Reconocer que criar niños en contextos vulnerables tiene un costo que el mercado laboral no compensa adecuadamente es un paso necesario si se quiere hablar en serio de protección infantil.
La evidencia internacional agrega un matiz relevante. El ensayo experimental “Baby’s First Years”, liderado por Kimberly Noble en Estados Unidos, evaluó transferencias mensuales incondicionadas durante cuatro años en hogares bajo la línea de pobreza. Si bien los resultados muestran aumentos en el ingreso familiar y mayores inversiones parentales, no se detectaron efectos estadísticamente significativos en lenguaje ni en funciones ejecutivas a los cuatro años. El ingreso es condición necesaria, pero no suficiente por sí solo para modificar trayectorias de desarrollo infantil en el corto plazo.
La conclusión entonces es mejorar las transferencias, diseñarlas mejor y entender que, en hogares con niños, la vulnerabilidad es estructural. Avanzar hacia un piso de protección por presencia de niños es un alivio económico y por sobre todo, una señal institucional de que la infancia merece una prioridad equivalente a la que como país hemos construido para la vejez. El empleo —cuando es precario o intermitente— no corrige por sí solo la pobreza infantil.
Chile ya tiene una base. El Ingreso Ético Familiar avanzó en transferencias directas y el desafío hoy es simplificar, ampliar cobertura y alinear la protección económica con trayectorias reales de movilidad laboral para familias con niños.
Una protección infantil efectiva – además de la billetera del hogar – se juega en la capacidad de las familias de ejercer su rol primario en el desarrollo de sus hijos. Padres, madres y cuidadores son el primer entorno formativo. En el vínculo cotidiano, en el lenguaje compartido, en el juego y en la estabilidad emocional se construyen las bases cognitivas y socioemocionales. La política pública debiera reconocer y fortalecer ese rol, combinando apoyo económico, estabilidad laboral y oportunidades concretas de desarrollo infantil temprano.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.