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Guerra en Irán y subdivisión sexual del trabajo: un funesto 8M Opinión Imagen referencial, Irán marzo 2026

Guerra en Irán y subdivisión sexual del trabajo: un funesto 8M

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 La subdivisión sexual del trabajo atraviesa todas las actividades humanas, incluida la guerra.


En el conflicto recientemente iniciado por Estados Unidos e Israel contra Irán, observamos nuevamente el drama de los hombres —de uno y otro bando— enrolados para destruirse mutuamente. La guerra, como actividad organizada de destrucción, ha sido históricamente liderada y ejecutada predominantemente por varones. Esta configuración no es azarosa: responde a determinantes sociales, culturales, políticos y económicos que, a lo largo del tiempo, han asignado a los hombres el frente de batalla.

Pero ¿qué ocurre con las mujeres en este escenario?

El drama de las mujeres no es menor, aunque ha sido sistemáticamente invisibilizado. Podría pensarse que su sufrimiento es menor por no participar directamente en el trabajo remunerado de la destrucción. Sin embargo, esta aparente distancia constituye una ilusión. La subdivisión sexual del trabajo en contextos bélicos desplaza a las mujeres hacia el trabajo no remunerado de cuidados, intensificando una carga histórica que precede y sobrevive a los conflictos armados.

En la guerra, las mujeres quedan mayoritariamente relegadas a la atención de heridos, mutilados y sobrevivientes; al cuidado de niños huérfanos; y a la ardua tarea de recomponer la vida cotidiana devastada. Se trata de una división del trabajo sombría, que las sitúa cara a cara con el dolor concreto, corporal y persistente. No operan misiles a distancia ni pilotan aeronaves de combate —aunque existan excepciones—, sino que enfrentan las consecuencias materiales y emocionales de la violencia.

En este sentido, el avance tecnológico de las guerras contemporáneas no ha alterado sustantivamente la lógica de la subdivisión sexual del trabajo: mientras la destrucción continúa siendo una actividad masculinizada, la restauración de la vida sigue recayendo desproporcionadamente en el trabajo femenino no remunerado.

El trabajo de cuidados en contextos bélicos no es sino una extensión intensificada del trabajo reproductivo que las mujeres realizan en la vida social cotidiana: un trabajo invisibilizado, no remunerado y persistentemente desvalorizado. Además, dado que las labores de cuidado se prolongan por años —e incluso décadas— tras el fin formal de un conflicto, los costos reales de la guerra se trasladan silenciosamente a los hogares y comunidades. En términos estructurales, las guerras terminan siendo subsidiadas por el trabajo gratuito de las mujeres.

En este 8M, denunciamos no solo la violencia bélica, sino también la persistente desigualdad estructural que reproduce la división sexual del trabajo en escenarios de guerra. Más allá de su nacionalidad —norteamericana, israelí, iraní o de cualquier otro territorio afectado—, las mujeres continúan asumiendo una responsabilidad histórica de cuidados que sostiene la vida en medio de la devastación.

Visibilizar esta realidad no es un gesto simbólico, sino, una condición necesaria para comprender que la guerra no solo se libra en los campos de batalla, sino también en la organización desigual de la vida social.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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