Opinión
¡Hostias! y ahora Trump arremete contra el idioma español
Paradójicamente, el destino del español está íntimamente ligado a Estados Unidos, que ya cuenta con unos 65 millones de hispanohablantes (entre nativos y hablantes de segunda lengua), lo que lo convierte, en la práctica, en el segundo país con más hispanohablantes del mundo, detrás de México.
A estas alturas, del actual presidente de Estados Unidos podía esperar cualquier cosa en el terreno militar, estratégico, comercial, político, institucional, diatribas y ninguneos incluidos a tirios y troyanos de dentro y de fuera. Pero, ¡coño!, ahora agrega a este repertorio una arremetida en contra del segundo idioma más hablado del mundo, lanzada delante de once jefes de estado que eran sus invitados y que hablan ese “idioma maldito”(algunos hasta rieron celebrando la salida del anfitrión. ¡Plop!). El presidente dice que no está dispuesto ni tiene tiempo para aprenderlo. Claro que mientras tenga a Marco Rubio al lado, hispanohablante de nacimiento, no lo necesita. Después de todo Rubio solo traduce en sus propias palabras, allí donde va, todo lo que el jefe dice y quiere.
Es conveniente ver algunos datos sobre este maldito idioma. Por ejemplo, es una de las seis lenguas oficiales de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y un idioma de trabajo indispensable en organismos como la Unión Europea y la Organización de los Estados Americanos (OEA). Es el tercer idioma en internet, una de las lenguas con mayor crecimiento y actividad en la red. Es relevante asimismo su hegemonía cultural, pues la música en español, las producciones audiovisuales en plataformas de streaming y la literatura están rompiendo barreras, consumiéndose masivamente en países no hispanohablantes. Vamos dando la batalla en el terreno cultural, consumiendo y exportando cultura a niveles sin precedentes. La música urbana y el pop en español coronan las listas de reproducciones globales, y nuestras ficciones rompen los algoritmos de las plataformas de streaming.
Y claramente en literatura universal llevamos la delantera. 11 Premios Nobel de Literatura de hispanohablantes nativos (desde Echegaray, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, hasta García Márquez y Vargas Llosa). Esta cifra nos sitúa frente a frente con EEUU, la mayor superpotencia cultural y económica contemporánea, que tiene en este campo 12 premios literarios, pero hay un matiz importante: de la lista estadounidense, cuatro de sus premiados son en realidad extranjeros nacionalizados cuyo idioma materno no era el inglés, y otro, como el gran poeta, T.S. Eliot, renunció a su nacionalidad estadounidense para hacerse británico, de hecho cuando recibió el Nobel lo hizo como británico. Hago esta comparación solo a efectos ilustrativos, ya que ni el inglés ni el español son idiomas malditos, y tienen su reconocimiento en las letras universales.
Paradójicamente, el destino del español está íntimamente ligado a Estados Unidos, que ya cuenta con unos 65 millones de hispanohablantes (entre nativos y hablantes de segunda lengua), lo que lo convierte, en la práctica, en el segundo país con más hispanohablantes del mundo, solo por detrás de México. El español en la gran potencia ya no es la lengua de los recién llegados, sino el idioma de una fuerza social y económica capaz de redibujar el país desde sus cimientos. Porque el idioma no es solo una forma de nombrar las cosas, sino una manera particular de relacionarse con el entorno, creando y recreando la cultura, una forma de cultivar el mundo.
En plena revolución algorítmica, ahora cabe asegurar que el español sea también el idioma en el que se investiga, se publica ciencia y, sobre todo, se programa la inteligencia artificial. El futuro digital lo exige. Si logramos que los algoritmos piensen en español con la misma brillantez con la que han escrito nuestros once Nobel y siguen creando los futuros Nobel hispanohablantes, los cantantes, cineastas, actores, habrá una revolución de la ‘ñ’ que será verdaderamente imparable.
Tal vez sería bueno que los hispanohablantes del entorno del presidente, senadores, diputados, asesores, además de Rubio, le recordaran estas cosas, y a lo mejor cambia de opinión (le ocurre a veces) y cuando le llegue el momento de dejar la Casa Blanca, y le digan “hasta la vista, baby”, dedique tiempo a aprender el idioma de Cervantes. Capaz que le guste como suena la “ñ”.
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