Opinión
Nuevas prioridades urbanas para una “ciudad cuidadora”
El cuidado no ocurre únicamente dentro de un edificio. Se despliega en secuencias diarias de movilidad, tiempos y relaciones que atraviesan el espacio urbano.
En Chile y el mundo, la crisis de los cuidados es un desafío estructural. El envejecimiento acelerado de la población, la transformación de las familias y la creciente participación laboral femenina han tensionado profundamente los sistemas que sostienen la vida cotidiana. Las proyecciones internacionales indican que hacia 2035 la población mayor de 60 años aumentará cerca de un 60%, intensificando las demandas de cuidado en contextos urbanos.
Sin embargo, en la planificación urbana chilena la “infraestructura de cuidados” sigue asociándose principalmente a equipamientos: salas cuna, jardines infantiles, centros comunitarios, o programas dirigidos a grupos específicos. Esta lógica ha permitido ampliar coberturas, pero aún resulta insuficiente para reconocer cómo se desarrollan realmente las prácticas de cuidado en la ciudad.
El cuidado no ocurre únicamente dentro de un edificio. Se despliega en secuencias diarias de movilidad, tiempos y relaciones que atraviesan el espacio urbano. Las veredas, el transporte público, la seguridad percibida, la calidad de las plazas, los cruces peatonales y la proximidad entre servicios y hogares median directamente la experiencia de quienes cuidan y de quienes requieren cuidados. Cuando estos entornos fallan, la carga cotidiana se vuelve más pesada y desigual.
Desde la economía del cuidado y la geografía urbana crítica se ha propuesto entender la “infraestructura de cuidados” como un sistema territorial integrado, no como un conjunto de activos aislados. Este sistema articula al menos cuatro dimensiones: la demanda de asistencia según características demográficas; la existencia de equipamientos y su accesibilidad; la calidad del diseño urbano que condiciona la experiencia cotidiana; y la capacidad institucional para implementar y sostener políticas públicas.
Integrar estas dimensiones permite identificar territorios donde una alta presión de cuidado converge con déficits de accesibilidad, diseño urbano y soporte institucional. Allí aparecen brechas, pero también oportunidades claras de priorización e inversión pública con enfoque territorial.
Asumir la “infraestructura de cuidados” como un asunto urbano implica además incorporar la percepción ciudadana en los procesos de planificación. La experiencia de quienes recorren a diario los barrios aporta información sobre barreras invisibles para las métricas tradicionales. Escuchar y mapear estas vivencias —cómo se siente un trayecto, qué espacios se evitan, dónde se perciben apoyos o riesgos— se convierte en una variable clave para una planificación basada en evidencia y justicia espacial.
En Chile, el avance del Sistema Nacional de Cuidados, el trabajo de organizaciones como Ciudadanas Cuidando y las discusiones promovidas por el Consejo Nacional de Desarrollo Territorial y el Consejo de Políticas de Infraestructura muestran que este enfoque comienza a instalarse. Incorporar criterios sociales y territoriales en las decisiones de inversión es un paso necesario para avanzar hacia ciudades más equitativas.
Colocar el cuidado en el centro de la planificación no solo mejora la eficiencia de la inversión pública. También promueve entornos más seguros, accesibles y dignos para todas y todos. Si queremos ciudades verdaderamente sostenibles, debemos diseñarlas no solo para producir y circular, sino para sostener la vida cotidiana que las hace posibles.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.