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¿Gobierno “de” emergencia o “en” emergencia? Opinión Archivo

¿Gobierno “de” emergencia o “en” emergencia?

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Germán Silva Cuadra
Por : Germán Silva Cuadra Psicólogo, académico y consultor
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Al chileno no le importan los argumentos, sólo las consecuencias y su bolsillo. Al detractor crónico no lo vas a calmar pidiéndole comprensión y paciencia o explicándole como tu padre, en los momentos de crisis, te dejaba sin viajes al extranjero.


Si el análisis que hizo el equipo comunicacional del gobierno, de que se podía importar el modelo político comunicacional llamado flood the zone -inundar la zona-, aplicado en EEUU por Donald Trump, sin ni siquiera adaptarlo a la realidad chilena, definitivamente se equivocaron. Los hechos han dejado esto en evidencia.

En términos simples, una estrategia de copamiento comunicacional consiste en el despliegue de una agenda que intenta saturar los medios, las RRSS, y particularmente, desorientar al rival: la oposición. La avalancha de temas persigue que todos se traten superficialmente, sin importar su trascendencia. Es decir, en la agenda pesa lo mismo que la primera dama sirva la comida en La Moneda que el retiro de 43 decretos ambientales.

De acuerdo con el autor intelectual de esta estrategia, Stephen K. Bannon, cuando se emiten declaraciones controvertidas de manera simultánea, la oposición política y los grupos de interés que se sientan tocados tenderán a dispersarse y a cubrir un frente específico, dejando el control de la agenda global al emisor, en este caso el gobierno.

Pero para entender el diseño estratégico del gobierno de José Antonio Kast, tenemos que separarlo en dos etapas. El primero, lo que en su momento denominamos como “la fase de camarín”, en que el mandatario electo y sus futuros ministros, realizaron un despliegue mediático y territorial inédito para un proceso de transición presidencial. Fue el propio Kast quien, en su discurso del 14 de diciembre, afirmó que empezarían a gobernar a partir del día siguiente; es decir, tres meses antes de lo que le correspondía.

Durante esta fase el futuro mandatario se las ingenió para capturar la agenda, recorrer el país, visitar nueve países, anunciar diversas iniciativas, pero particularmente, logró bajar los decibles del tono agresivo usado en la campaña. En cierta forma, Kast hizo desaparecer del mapa al entonces presidente Gabriel Boric, generando incluso una confusión entre ciertos segmentos de la población.

En febrero ya advertimos que la apuesta era riesgosa, principalmente porque se podía producir un efecto de saturación en la población y hacer perder la novedad una vez que asumieran el 11 de marzo. Con el hándicap en contra del exceso de expectativas sembradas en la campaña y un relato refundacional, fue el propio gobierno el que agotó antes de tiempo el llamado “Desafío 90”. De tanto repetir lo que harían los primeros 90 días, al momento de lanzarlo, perdió efecto.

Habiendo gastado ya varios cartuchos antes tiempo, el gobierno se jugó por el copamiento comunicacional desde el 11 de marzo. No terminaban de hacer un anuncio cuando ya estaban haciendo el siguiente: retiro de 43 decretos ambientales, fin al proyecto de Negociación Ramal, fin a la gratuidad, persecución a los deudores del CAE, inicio de la construcción de la zanja, no apoyo a Bachelet, retiro de la ley de pesca, etc. Máxima velocidad, saturación de la agenda para crear la percepción de un gobierno en movimiento.

Junto al aumento de la velocidad, el gobierno creyó dar en el punto, apostando por un relato que facilitara la decodificación de la población. Sin embargo, ahí comenzaron los problemas. ¿La razón? El discurso debe tener una base de sustento.

A diferencia de los productos comerciales, que utilizan el marketing para vender, la política, los ciudadanos, funcionan con otra lógica: hechos concretos, cumplimiento de promesas. El gobierno intentó salir del concepto “gobierno de emergencia” (exitoso en la campaña, pero imposible de mantener en el tiempo) y lo transformó en “gobierno de reconstrucción” (¿nadie les dijo que Pinochet ya lo usó en 1973?) Pero, además, incorporaron un tercer slogan con el nuevo logotipo del gobierno (vigente desde Piñera I hasta Boric) “trabajando para usted”, para luego volver al relato original, ese de que Boric había dejado el Estado en la ruina.

Por cierto, las definiciones políticas-comunicacionales no son más que un simple ejercicio teórico si no funcionan en momentos de crisis. Y fue lo que le pasó al gobierno en su segunda semana en el poder. Sin seremis en las regiones (pese a todo el tiempo previo que tuvieron para buscarlos y demostrar la eficiencia que se prometió en campaña), con una ministra de Seguridad Pública, quizás el cargo que más altas expectativas de todos, enredada en la destitución de una alta funcionaria de la PDI por razones personales, una vocera confundida y dubitativa en los puntos de prensa y un ministro de Vivienda discutiendo con pobladores damnificados como si estuviera en el programa Sin Filtros.

Y justo cuando empezaban a enfrentar los primeros síntomas de shock de realidad, vendría el paso en falso más complejo de todos, el bencinazo. Por supuesto, este caso tiene una vertiente política y una comunicacional. La política/ideológica es obvia. Aquí, más allá de la escasez de fondos real, La Moneda se jugó por la versión racional del “no hay plata” de Milei. Cuando se tiene la convicción que el Estado no debe intervenir en situaciones como ésta y, por tanto, el alza se debe traspasar a los usuarios, no hay nada que logre convencer a un ministro de Hacienda que se deben agotar las fórmulas para evitar la medida. Nada.

De lo que no cabe duda es que el gobierno pecó de ingenuidad y algo de soberbia para sustentar comunicacionalmente la dura decisión tomada. Apelando a la guerra y justificando la falta de fondos producto del mal manejo del gobierno anterior (incluido el error garrafal del gurú de La Moneda, Cristian Valenzuela y su torpe uso del “Estado en quiebra”), optó por una vocería con escasos rasgos de empatía para el anuncio y una argumentación racional, para pedir comprensión emocional a los ciudadanos ante una medida brutal que afectará directamente sus bolsillos.

Error de diagnóstico y de cálculo. Hace años que los chilenos nos transformamos en detractores crónicos. Lo vivieron en carne propia Bachelet, Piñera y Boric, los que pasaron a tener más rechazo que aprobación en las encuestas a partir del segundo o tercer mes de su mandato. Al chileno no le importan los argumentos, sólo las consecuencias y su bolsillo. Más aún, cuando durante la campaña le prometieron el cielo y la tierra.  Al detractor crónico no lo vas a calmar pidiéndole comprensión y paciencia o explicándole como tu padre, en los momentos de crisis, te dejaba sin viajes al extranjero.

La brutal y rápida caída en las encuestas, inédita desde el regreso a la democracia; las inconsistencias comunicacionales, la falta de empatía para anunciar una medida, el cambio constante del relato, las minutas que se filtran y los enredos políticos, todo antes de completar los primeros quince días de gobierno, deberían hacer reflexionar a la dupla Valenzuela/Sedini que los problemas de fondo, sumados al exceso de expectativas creadas, no se solucionan con frases rimbombantes y relatos que se parecen más a una campaña publicitaria que a una estrategia política comunicacional.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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