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La audacia de pensar en la era de la inteligencia artificial Opinión

La audacia de pensar en la era de la inteligencia artificial

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Edmundo Pablo Leiva Lobos y Eliana Covarrubias Gatica
Por : Edmundo Pablo Leiva Lobos y Eliana Covarrubias Gatica Departamento de Ingeniería Informática - Departamento de Economía Universidad de Santiago de Chile
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El nuevo imperativo “Sapere Aude”.


¿La era digital nos vuelve más inteligentes o más insensatos? Para intentar dar una respuesta a esta pregunta, propongo recorrer brevemente el destino del pensamiento autónomo y soberano: desde la modernidad ilustrada hasta la reciente revolución tecnoeconómica impulsada por un conjunto de avances en diversas áreas: biotecnología, nanotecnología, neurotecnología, robótica, entre otros, sobresaliendo la Inteligencia Artificial Generativa la cual llamaré, desde ahora en adelante, simplemente IA.

En 1784, apenas cinco años antes del estallido social de la Revolución Francesa y a sus 60 años, Immanuel Kant lanzó un grito emancipatorio “Sapere Aude”: atrévete a saber.

En aquellos tiempos, el pensamiento de las personas respondía a cánones externos. Kant invitaba a sacudirse del dogma de la iglesia y la coerción ejercida por la monarquía para adoptar un pensamiento crítico, que según él era el antídoto necesario para superar la estrechez y poca flexibilidad del pensamiento tutelado por la autoridad.

El llamado de Kant no era una simple invitación intelectual, era una provocación para recuperar la auténtica libertad del pensamiento, la misma que hoy en nuestra época está amenazada de muerte.

Esta tutela actual, no proviene de reyes ni de iglesias, sino de nuestra propia inclinación a aceptar la tecnología sin cuestionamiento. La revolución digital nos impone un quiebre epocal comparable al de Kant, pero más encima agravado: ya no podemos señalar ningún ente externo como responsable de esta tutela intelectual. El obstáculo somos nosotros mismos, y la trampa no es la coerción sino la seducción que ejerce esta tecnología sobre nosotros.

Hemos delegado voluntariamente las funciones más altas de nuestra cognición, a cambio de comodidad e inmediatez. Por eso, el imperativo de hoy es rescatar el pensamiento crítico y la ética. Aquello exige algo más difícil que el coraje ilustrado: exige tomar conciencia plena de nuestra propia responsabilidad en la crisis de sentido del mundo actual que se manifiesta en nuestros objetivos inmediatistas y en la ubicua manipulación, expresada en la conocida frase de Maquiavelo: el fin justifica los medios.

Estamos pagando un precio muy alto por la comodidad tecnológica: el desmantelamiento progresivo de nuestra soberanía intelectual. La IA nace como un asistente que responde en lenguaje natural a tareas como buscar información, comparar, inferir y resolver problemas. Todas, funciones ejecutivas de la cognición que antes estaban reservadas exclusivamente a la inteligencia humana.

Mientras muchos celebran cada avance tecnológico como un hito del progreso, ignoramos que estamos delegando las funciones más elevadas de nuestra mente a sistemas que no comprenden – y subrayo, en absoluto – aquello que procesan.

¿Es posible que, en nuestro afán por externalizar el esfuerzo de pensar a los algoritmos, estemos al mismo tiempo desmantelando la esencia misma que nos define como seres humanos?

Ante los “optimistas digitales” que celebran la eficiencia, ignorando la brecha ontológica y cognitiva que se abre día a día, surge la urgencia de una nueva epistemología que no busque competir con los computadores, sino que nos colaboren a evolucionar, conservando nuestra auténtica humanidad. No asistimos meramente a una transición tecnológica, asistimos a una fractura ontológica que lamentablemente ni siquiera nos percatamos de su existencia.

La inteligencia artificial generativa y las distracciones mediáticas digitales actúan como el narcótico perfecto: adormecen el intelecto con una sobredosis de dopamina o cortisol, impulsada por el scroll infinito y los saltos incesantes entre correos electrónicos, videollamadas, redes sociales y notificaciones quienes nos absorben y cautivan nuestra atención  constantemente.

Según los neurocientíficos Adam Alter y Robert Bjork, el esfuerzo no es un obstáculo, sino un requisito para la memoria a largo plazo. Luego, la delegación cognitiva sostenida reduce nuestra capacidad de pensar, hallazgo que resonó ampliamente en los debates del World Cognitive Forum 2025. Ambas perspectivas confluyen en un mismo diagnóstico: habitamos la “paradoja de la eficiencia”. Delegar tareas cognitivas a un agente artificial o IA, nos hace por cierto más rápidos, pero al mismo tiempo nos vuelve menos capaces de pensar por nosotros mismos.

Esta delegación conlleva una serie de efectos colaterales. Nos exponemos a la atrofia del pensamiento crítico, la creatividad y la memoria en favor de obtener una respuesta que nos facilite lograr un objetivo determinado.

Lo más alarmante es que el llamado “Efecto Flynn” – aquel aumento sostenido del Coeficiente Intelectual generacional observado desde los años treinta del siglo pasado – se ha estancado o incluso comenzado a declinar, fenómeno que, aunque multicausal, coincide con la irrupción de los nativos digitales.

Este retroceso no es una anécdota, sino un síntoma de lo que Nicholas Carr llama “el abismo de la superficialidad”, presentado en The Shallows (2010). Carr sostiene que sacrificamos nuestra capacidad cognitiva superior, es decir cambiamos “la concentración profunda” por “la inmediatez indiscriminada” que nos facilitan las herramientas digitales y que de hecho está reconfigurando nuestro sistema nervioso.

La neurociencia contemporánea nos agrega dos puntos claves a considerar. Primero, nuestro cerebro es, por naturaleza, un órgano conservador que evita la sorpresa y la incertidumbre con el fin de ahorrar energía. Segundo, el cerebro no entrenado en la reflexión opera en un “modo defecto”, disperso, saltando de un contenido a otro cual “jaula de monos”.

De hecho, un estudio realizado en Harvard hace más de una década con 2.250 voluntarios encontró que las personas son más infelices cuando sus mentes divagan que cuando están enfocadas en el “aquí y ahora”.

No debería ser una sorpresa que nos encontremos con personas que presentan pereza intelectual, son autocomplacientes y presentan una menor capacidad de reflexión, siendo incapaces de realizar síntesis intelectual propia y con una alarmante atrofia de la curiosidad y de la reflexión crítica.

En este punto aparece con claridad la paradoja central de nuestra época. Hemos delegado voluntariamente las funciones más altas de nuestra cognición a cambio de comodidad e inmediatez. Si la máquina ya tiene la respuesta, ¿para qué enfrentar la angustia de entrar en los laberintos del conocimiento? ¿Para qué asumir el esfuerzo que implica pensar? ¿Para qué embarcarse en la aventura de alto costo cognitivo que despierta la curiosidad y conduce al descubrimiento?

Estamos pagando un precio muy alto por esta comodidad tecnológica: el desmantelamiento progresivo de nuestra soberanía intelectual. Delegar tareas cognitivas a sistemas artificiales nos vuelve más rápidos, pero también menos capaces de pensar por nosotros mismos. La paradoja de la eficiencia consiste precisamente en eso: ganar velocidad mientras perdemos profundidad.

La pregunta incómoda entonces emerge con fuerza: ¿por qué no podemos ver que este proceso puede estar debilitando nuestras propias capacidades cognitivas? ¿Podremos observar y corregirlo a tiempo, o seguiremos ignorándolo todavía cuando lo tengamos frente a nuestras propias narices?

Me inquieta profundamente qué devendrá a nuestra humanidad el día en que nadie vuelva a gritar a todo pulmón ¡Eureka! Se cierne así una amenaza sutil, pero profunda: el reemplazo del asombro por el procesamiento de datos y de la reflexión crítica por el prompt infalible.

El vértigo se produce al reflexionar si hemos sido empujados por el progreso y la tecnología a una ceguera autoimpuesta que paraliza, similar a la que retrata la película Don’t Look Up, donde una humanidad desquiciada por las trivialidades de nuestra sociedad de consumo junto a los vicios de la clase política eligen ignorar una catástrofe inminente, un cometa de grandes proporciones que está en ruta de colisión con nuestro planeta. Éste cae en el océano Pacífico a unos 100 km al oeste de la costa chilena y su enorme fuerza de destrucción y expansión produce la catástrofe: la extinción global. ¿Nuestra ceguera paradigmática en la era de las tecnologías digitales también nos llevará a un punto de no retorno?

El desarrollo tecnológico nos brinda herramientas poderosas, y por cierto que la IA nos ayuda a resolver múltiples problemas y disminuye los tiempos de resolución. Sin embargo, es urgente que en áreas sensibles como la educación de las futuras generaciones, destaquemos no sólo las ventajas de uso de la IA y las tecnologías digitales sino que al mismo tiempo impulsemos el desarrollo del pensamiento crítico y propiciemos habilidades superiores del desarrollo cognitivo. Debemos favorecer los procesos de aprendizaje, orientados a promocionar la sostenibilidad del ecosistema y la equidad social. Somos responsables de construir un progreso tecnológico ético y humanista orientado al desarrollo del bien común de nuestra sociedad.

Frente a este panorama es imperativo rescatar el pensamiento del filósofo y ensayista español José Antonio Marina quien, en su reciente obra La vacuna contra la insensatez (Ariel, 2025), nos recuerda que la máxima expresión de la inteligencia humana no es la resolución de problemas sino la ética.

Para Marina, la inteligencia es la capacidad de dirigir el comportamiento hacia la búsqueda de la felicidad y el bien común. Una noción de inteligencia reducida solo a resolver problemas o a buscar conocimiento, sin visión ética ni sentido de comunidad, nos conduce inevitablemente a la apatía, la insensatez y la soledad.

Lo propiamente humano reside en la capacidad de otorgar sentido y propósito a la vida que nos conecta profundamente con nosotros mismos y nos otorga la sabiduría para dialogar y convivir en comunidad.

Como señala el filósofo Byung-Chul Han en el best-seller La sociedad del cansancio (2012), la era digital nos empuja hacia la fugacidad de la información y el olvido del ser destruyendo el silencio. Nos hemos sumido en una hiperconectividad que devora la reflexión y nos condena al agobio de una productividad enajenante.

No pretendo censurar ni menos desvalorizar a la IA, porque esta tecnología llegó para quedarse y es una herramienta poderosa que requiere de seres humanos que se apoyen en ella con sabiduría.

El uso superficial de la IA – delegar el pensamiento a los algoritmos – es radicalmente distinto del uso profundo como herramienta de amplificación intelectual. La diferencia no está en la tecnología en sí misma sino en la intención y la conciencia del ser humano que la usa como herramienta y no como fin.

La IA con sus máquinas cognitivas pueden ser orientadas para ayudarnos a conservar lo humano y cuidar la convivencia, en lugar de acelerar nuestra propia automatización y robotización.

Al final, el dilema no es qué tan inteligentes serán las máquinas, sino si tendremos la voluntad y la inteligencia suficiente y necesaria para seguir siendo humanos en un mundo que nos invita constantemente a dejar de serlo.

Emmanuel Kant nos pedía coraje para pensar frente al dogma ajeno. Hoy necesitamos algo más exigente: la valentía de atrevernos a pensar por nosotros mismos frente a la comodidad de delegar nuestras facultades y habilidades cognitivas a la tecnología.

¿Tendremos esa sabiduría o seremos cautivados por una tecnología que deja atrás nuestra humanidad?

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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