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Chile frente al vacío polar: cuando la ciencia antártica deja de ser prioridad PAÍS

Chile frente al vacío polar: cuando la ciencia antártica deja de ser prioridad

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Héctor Cossio López
Por : Héctor Cossio López Editor General de El Mostrador
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Al desfinanciamiento del CR2 se suma la salida del apoyo estatal al Centro de Investigación en Ecosistemas Marinos de Altas Latitudes (IDEAL) y a IDEALBlue, debilitando la ciencia antártica y subantártica que sustenta soberanía, política exterior y capacidad de anticipar impactos climáticos.


Resumen
Síntesis generada con OpenAI
La exclusión de IDEAL e IDEALBlue del financiamiento estatal deja a Chile sin una plataforma estable para investigación en ecosistemas marinos de altas latitudes. En la Antártica, la soberanía se ejerce mediante ciencia, datos y presencia sostenida, en un contexto de creciente inversión internacional. La pérdida de capacidades afecta también la anticipación de riesgos climáticos que impactan pesquerías, puertos y fiordos australes. La discontinuidad, pese a evaluaciones técnicas favorables, expone un vacío estratégico que compromete decisiones de largo plazo.
Desarrollado por El Mostrador

En el extremo sur del mapa, donde el océano Austral regula el clima del planeta y la Antártica define buena parte de las reglas del orden científico global, Chile enfrenta una decisión que va mucho más allá de un concurso de financiamiento.

Al desfinanciamiento del CR2, se suma además la salida del sistema de apoyo estatal del Centro de Investigación en Ecosistemas Marinos de Altas Latitudes (IDEAL) y de su proyecto sucesor IDEALBlue. Esta situación no es solo una pérdida para la academia: es una señal estratégica que deja al país sin una plataforma estable para comprender, anticipar y defender lo que ocurre en sus fronteras más sensibles.

Desde 1940, Chile sostiene una reclamación territorial en la Antártica. Pero a diferencia de otras latitudes, en el Continente Blanco la soberanía no se ejerce con ejércitos ni despliegues militares, sino con ciencia.

La participación en el Sistema del Tratado Antártico, el acceso a la toma de decisiones sobre conservación, pesca y logística, y la capacidad de incidir en las reglas que rigen ese espacio dependen, en la práctica, de quién produce datos, lidera investigaciones y aporta conocimiento verificable. La ciencia ha sido, durante décadas, el principal instrumento diplomático de Chile en la Antártica.

Ese andamiaje se debilita cuando desaparecen los centros que sostienen la investigación en el largo plazo. Sin equipos capaces de medir, modelar y monitorear los ecosistemas polares, Chile pasa de ser un actor que contribuye a definir las reglas del juego a uno que simplemente observa cómo otros las escriben.

Y eso ocurre, además, en un escenario de competencia creciente: Reino Unido, China, Alemania y Corea del Sur están invirtiendo más que nunca en infraestructura, bases, buques e institutos dedicados a entender el océano Austral y la Antártica. En el siglo XXI, la soberanía se construye con series de tiempo, observatorios y publicaciones científicas.

La dimensión estratégica se cruza, además, con una realidad mucho más inmediata. Lo que ocurre en las aguas antárticas y subantárticas no se queda allí. El océano Austral amortigua el calentamiento global, regula corrientes, además de conectar directamente con los fiordos y canales de la Patagonia chilena.

  • Las pesquerías, el turismo y las rutas marítimas dependen de esos ecosistemas. Cuando Chile pierde capacidades en circulación oceánica, biodiversidad o especies invasoras, pierde también la posibilidad de anticipar marejadas extremas, colapsos productivos o crisis sanitarias en su propio mar interior.

En ese contexto, el caso de IDEAL e IDEALBlue adquiere un valor simbólico mayor. Tras una década construyendo capacidades en ecosistemas marinos de altas latitudes, su propuesta para transformarse en Centro de Interés Nacional fue evaluada como de muy alta calidad por paneles nacionales e internacionales. Sin embargo, quedó fuera de la adjudicación por razones esencialmente presupuestarias.

El mensaje es contradictorio: Chile reconoce que la ciencia polar es estratégica, pero no le asigna un lugar estable dentro de su arquitectura de centros de excelencia.

  • Esa discontinuidad es particularmente riesgosa en un momento en que el cambio climático acelera el deshielo, la acidificación del océano y el avance de especies invasoras hacia los fiordos australes.

Sin una institucionalidad científica sólida, el país queda condenado a reaccionar cuando las crisis ya están encima, en lugar de anticiparlas con evidencia. La fragmentación por proyectos cortos y esfuerzos dispersos puede sostener papers, pero no políticas públicas ni decisiones estratégicas de largo plazo.

El costo de mantener equipos consolidados en ciencia polar es mínimo frente al costo de una sola crisis no prevista: una mortandad masiva de salmones, el cierre de un puerto austral, el colapso de una pesquería o una pérdida de credibilidad internacional en materia ambiental.

  • Lo que está en juego no es un ítem presupuestario, sino la capacidad del Estado de proteger sus ecosistemas, su economía y su posición en uno de los espacios geopolíticos más sensibles del planeta.

Chile puede seguir hablando de Antártica en discursos oficiales, pero, sin ciencia, corre el riesgo de quedar ausente allí donde realmente importa: en las mesas donde se decide el futuro del océano Austral y del Continente Blanco.

La verdadera pregunta ya no es si el país puede permitirse invertir en ciencia antártica y subantártica, sino si puede permitirse renunciar a ella justo cuando más la necesita.

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