Juego Limpio
Ecológo Jaime Hurtubia anticipa el costo oculto de las llamas
Un análisis del ecólogo Jaime Hurtubia advierte que el costo real de los incendios forestales en Chile supera ampliamente el gasto en combatir el fuego y expone pérdidas productivas, ambientales y sanitarias que el país sigue sin incorporar en su toma de decisiones.
En la última década, nuestro país se ha convertido en un laboratorio aterrador de cómo el cambio climático, sumado a profundas fallas estructurales en la gestión del territorio, puede generar una tragedia recurrente y devastadora.
Por años, el debate sobre los incendios forestales en Chile se ha concentrado en una cifra: las hectáreas quemadas. Sin embargo, ese indicador apenas roza la superficie de una crisis cuyo impacto económico, social y ambiental es mucho más profundo.
Jaime Hurtubia, ecólogo y experto en cambio climático, elaboró una estimación integral del costo de los incendios forestales que revela una realidad inquietante: el país está enfrentando pérdidas estratosféricas que superan con creces el gasto en apagar las llamas. En Juego Limpio haremos un adelanto de sus conclusiones, cuyo texto completo estará disponible en la sección Opinión de El Mostrador.
- Según Hurtubia, el error estructural ha sido reducir el problema a los costos operativos del combate del fuego –aviones, brigadistas, logística–, que en promedio superan los US$ 100 millones por temporada. “Ese monto es apenas la punta del iceberg”, sostiene. El verdadero impacto económico se despliega en múltiples dimensiones que rara vez se contabilizan de manera conjunta.
Pérdidas productivas e infraestructura destruida
- Uno de los componentes más visibles del cálculo corresponde a las pérdidas productivas directas. Plantaciones forestales, viñedos, frutales y cultivos agrícolas quedan arrasados en cuestión de horas. Solo durante la temporada de incendios de 2017, el sector forestal perdió alrededor de US$ 170 millones en madera, sin considerar los años necesarios para recuperar esa capacidad productiva.
A ello se suma la destrucción de infraestructura crítica: viviendas, caminos, sistemas de riego, tendidos eléctricos y obras públicas. La reconstrucción de la localidad de Santa Olga, tras los megaincendios de 2017, demandó una inversión estatal superior a los US$ 40 millones. “Cada incendio de gran magnitud deja una estela de gasto fiscal que no se refleja en los balances anuales”, explica Hurtubia.
Turismo. El impacto económico también se extiende al sector servicios. Regiones como Maule, Ñuble y Valparaíso han visto afectada su actividad turística por meses, con cancelaciones masivas, pérdida de empleos temporales y un daño persistente a la imagen de los destinos. Estas pérdidas indirectas, difíciles de cuantificar con precisión, forman parte del costo oculto que rara vez entra en la discusión presupuestaria.
Daño ambiental y costos en salud: lo incalculable
Para Hurtubia, el componente más grave del cálculo es aquel que no tiene precio de mercado. La pérdida de biodiversidad –flora y fauna endémica– es, en muchos casos, irreversible. A esto se suma la degradación de los suelos, la contaminación del aire con efectos respiratorios en millones de personas y la emisión de millones de toneladas de CO₂, que intensifican el mismo cambio climático que vuelve más frecuentes e intensos los incendios.
- Un estudio del Banco Central de 2021 estimó que los desastres naturales le han costado a Chile, en promedio, un 1,2% del PIB anual entre 1970 y 2016. Para Hurtubia, esa cifra es hoy claramente conservadora. “Con el escenario climático actual y la magnitud de los megaincendios recientes, es razonable proyectar que ese porcentaje será considerablemente mayor en 2026”, advierte.
El análisis económico conduce inevitablemente a una pregunta política: ¿por qué fallamos? Hurtubia apunta a un modelo de gestión centrado en la reacción y no en la prevención. La política climática carece de financiamiento estable y de traducción efectiva en el territorio; Conaf opera con recursos insuficientes frente a un modelo forestal dominado por plantaciones altamente inflamables; y la planificación urbana ha permitido la expansión de viviendas en zonas de interfaz urbano-forestal sin criterios de riesgo vinculantes.
A esto se suma una fragmentación institucional que diluye responsabilidades y dificulta una estrategia de largo plazo. “No existe una autoridad con poder real para integrar la gestión del riesgo de incendios en todas las políticas sectoriales”, subraya el experto.
- Los incendios forestales, concluye Hurtubia, no son desastres naturales inevitables, sino desastres socionaturales construidos por décadas de decisiones cortoplacistas. Cada temporada es más larga, más cara y más mortífera que la anterior. Chile gasta fortunas en apagar incendios, pero invierte poco en evitar que se inicien.
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