“Dos euros, two euro, due euro…”. La frase se repitió una y otra vez este lunes frente a la Fontana di Trevi, mientras trabajadores municipales intentaban ordenar el ingreso al monumento más famoso de Roma. Desde ahora, acercarse a la emblemática fuente para observarla de cerca, fotografiarla o lanzar la tradicional moneda ya no es gratuito: la capital italiana comenzó a cobrar una tarifa inédita de 2 euros, desatando confusión, sorpresa y una inmediata polémica entre los visitantes.
La Fontana di Trevi amaneció, como de costumbre, rodeada de viajeros que aprovechan las primeras horas del día para evitar las multitudes y contemplar con calma la escultura de Océano conduciendo su carro en forma de concha. Sin embargo, esta vez, el ritual cambió. Mientras algunos turistas alcanzaron a entrar sin pagar, otros —apenas minutos después— debieron desembolsar la nueva tarifa, generando reclamos y preguntas en un lugar históricamente entendido como un espacio público abierto.
Del turismo masivo al turismo tarifado
El cobro se implementó como parte de una estrategia municipal para manejar el exceso de visitantes, ordenar los flujos y financiar la conservación de uno de los monumentos más visitados de Europa, que llegó a recibir más de 10 millones de visitantes en el último año.
Las autoridades esperan recaudar alrededor de 6,5 millones de euros al año con esta tarifa, que se suma a otras medidas para regular el turismo dentro de la ciudad.
Desde las primeras horas, los comentarios se dividieron: para algunos, dos euros es un precio justo si eso significa menos tumulto y más respeto por la obra barroca del siglo XVIII. Otros lo ven como una mercantilización de lo público: un símbolo colectivo que ahora tiene precio.
Pero también grupos de turistas han tratado de eludir la tarifa lanzando monedas desde detrás de las barreras o negándose a pagar, lo que obligó a las autoridades a aumentar la vigilancia alrededor del monumento para asegurar el orden.
Además, se establecieron horarios específicos para el cobro: durante el día, el acceso al borde de la fuente —donde se toma la foto clásica— será de pago, pero después de cierta hora por la noche el ingreso vuelve a ser gratuito.
Un país que vive del turismo
El debate sobre la Fontana di Trevi no ocurre en un vacío. En Italia, el turismo representa una parte enorme del PIB, con millones de empleos y cientos de ciudades que dependen de la llegada constante de visitantes internacionales y locales. El desafío no es solo conservar monumentos: es encontrar un equilibrio entre el bienestar de los residentes, la preservación del patrimonio y los beneficios económicos del turismo masivo.
En ese contexto, cobrar por el acceso a la fuente es visto por algunas autoridades como un paso natural hacia un “turismo más sostenible”.
De hecho, este ajuste no es único en Italia. En los últimos años, varias ciudades han probado distintas formas de regular y monetizar el acceso a espacios tradicionales:
En algunas playas italianas, la presión turística ha llevado a concesionarios privados a cobrar por servicios y, en algunos casos, por el acceso a zonas organizadas cerca del mar.
Ademas, lugares históricos como el Pantheon en Roma también introdujeron tarifas para no residentes. Y ciudades como Venecia aplican desde hace tiempo un impuesto de entrada para quienes visitan el centro histórico durante periodos de alta demanda.
La discusión no es menor: para muchos italianos es una manera de proteger espacios que no dan abasto frente a la saturación, mientras que para otros se corre el riesgo de perder la idea de patrimonio como bien común y accesible.