Familias de acogida: cómo funciona el cuidado temporal de niños y niñas
Más de 5.000 niños y niñas viven en residencias del sistema de protección. Marcela Sepúlveda y Rafael Rodríguez abordan los desafíos de fortalecer el acogimiento familiar como alternativa de cuidado temporal.
El derecho de niños, niñas y adolescentes a crecer en un entorno familiar es uno de los principales argumentos para promover el acogimiento familiar en Chile. Esta alternativa permite que quienes no pueden permanecer temporalmente con sus familias de origen reciban cuidados en otro hogar mientras se resuelve su situación.
Sin embargo, su implementación enfrenta desafíos relacionados con el acompañamiento a las familias, los tiempos de los procesos judiciales y los recursos disponibles para sostener esta modalidad de protección.
El cuidado familiar como alternativa a las residencias
Más de 5.000 niños y niñas viven en residencias del sistema de protección, según cifras del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia correspondientes a abril de 2026. Frente a esta realidad, la Alianza por el Acogimiento Familiar, integrada por organizaciones de la sociedad civil, busca visibilizar esta alternativa y promover que más familias conozcan en qué consiste.
En conversación con El Mostrador, Marcela Sepúlveda, trabajadora social y mamá de acogida en dos oportunidades, señala que el punto de partida es reconocer el derecho de la infancia a vivir en familia.
“En el fondo, hay un derecho fundamental que tienen los niños de vivir en familia”, sostiene. Desde su experiencia, el cuidado familiar puede ofrecer vínculos de cariño y protección durante un periodo en que los niños y niñas no pueden permanecer con sus familias de origen.
Rafael Rodríguez, gerente general de Fundación San Carlos de Maipo, organización integrante de la alianza, plantea que el acogimiento familiar debe adquirir mayor relevancia dentro de las políticas públicas de protección especializada.
Cuando un niño pierde los cuidados de su familia de origen, explica, los tribunales de familia pueden determinar medidas de cuidado alternativo. Entre las opciones se encuentran las residencias y las familias de acogida, que pueden ser integrantes de la familia extensa o personas cercanas al niño, así como familias externas.
Rodríguez señala que la evidencia internacional revisada por su organización apunta a que el cuidado en una familia de acogida es preferible a la institucionalización. Según plantea, esta última puede tener consecuencias en el desarrollo neurológico, psicológico, relacional y conductual.
“Sabemos que los efectos que tiene la institucionalización en el desarrollo neurológico, en temas psicológicos también, y relacionales, comportamentales, son reales, existen, y podemos evitarlos, que eso es lo bueno”, afirma.
El representante de Fundación San Carlos de Maipo también advierte que fortalecer esta alternativa requiere decisiones institucionales y presupuestarias que permitan convertir los objetivos de la política pública en condiciones concretas para su implementación.
Los temores frente a una experiencia temporal
Uno de los principales obstáculos para quienes consideran convertirse en familias de acogida es la separación que implica el término del proceso. A diferencia de la adopción, el acogimiento es una medida transitoria: la familia recibe al niño, niña o adolescente mientras se resuelve su situación y se define una alternativa de cuidado permanente.
Sepúlveda reconoce que este aspecto puede generar temor, pero plantea que la temporalidad no resta valor a los vínculos que se construyen durante la experiencia. “Todos los vínculos se transforman, todos los vínculos a veces se rompen, se construyen y se reconstruyen”, reflexiona. En su caso, asegura que mantiene hasta hoy una relación con los dos niños que estuvieron bajo su cuidado.
La trabajadora social también destaca el impacto que el acogimiento puede tener en el resto de la familia. Según relata, la experiencia permite que sus integrantes conozcan otras realidades y desarrollen una mirada distinta sobre la protección de la infancia.
Para afrontar el proceso, considera fundamental contar con redes de apoyo. En su experiencia, el acompañamiento de profesionales y organizaciones fue especialmente importante durante su segundo acogimiento. Las duplas psicosociales, las instancias de orientación y el apoyo de otras familias pueden ayudar a resolver dudas y enfrentar las dificultades cotidianas.
Rodríguez coincide en que comprender el carácter temporal del acogimiento es esencial. “La familia que quiere ser familia acogida tiene que entender y creer y promover que el éxito del acogimiento es una salida a una familia permanente”, señala.
También advierte que los retrasos en la definición del cuidado definitivo pueden prolongar algunos procesos más allá de los plazos establecidos, lo que genera dificultades para las familias y para el propio sistema. Por eso, plantea la necesidad de una mejor articulación entre los programas de acogimiento, los tribunales y las instituciones involucradas.
Quiénes pueden convertirse en familias de acogida
Para quienes evalúan dar este paso, Sepúlveda recomienda comenzar con una conversación al interior del hogar. Si se trata de una familia con varios integrantes, sostiene que todos deben comprender que formarán parte de la experiencia.
“Yo te diría que lo que más pesa, lo que más prima es la convicción y tener esas condiciones que son fundamentales para los niños y niñas”, explica.
La evaluación considera aspectos como las condiciones de habitabilidad y las habilidades de cuidado. De acuerdo con su experiencia, no se trata de contar con una determinada condición socioeconómica, sino de disponer de un espacio adecuado y de las capacidades necesarias para cuidar a un niño o niña.
La información para iniciar el proceso puede buscarse a través de los programas de familias de acogida y de las organizaciones que trabajan en esta materia. Sepúlveda recuerda que el proceso se desarrolla en distintas regiones del país y no está limitado a la Región Metropolitana.
Rodríguez, en tanto, enfatiza que la motivación debe estar centrada en las necesidades del niño o niña, y no en las expectativas de la familia que acoge. “Hay que estar con una expectativa clara de lo que es el proceso y con muchas ganas”, sostiene.
El desafío, concluyen sus planteamientos, no consiste únicamente en convocar a más familias, sino también en asegurar que cuenten con acompañamiento y condiciones adecuadas. El objetivo es que niños, niñas y adolescentes que no pueden permanecer temporalmente con sus familias de origen accedan a un entorno de cuidado familiar mientras se resuelve su situación.