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Pensiones y brecha de género: qué pueden hacer hoy las mujeres que siguen trabajando BRAGA

Pensiones y brecha de género: qué pueden hacer hoy las mujeres que siguen trabajando

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Las mujeres siguen llegando a la jubilación con pensiones autofinanciadas considerablemente menores que los hombres. La reforma previsional comenzó a reducir parte de esa diferencia, pero las brechas salariales, los períodos dedicados al cuidado y las lagunas laborales continúan influyendo.


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Jubilarse siendo mujer en Chile todavía significa, en promedio, recibir una pensión menor que la de un hombre. Entre las personas pensionadas por vejez de 65 años o más, la pensión autofinanciada promedio de las mujeres es un 42,6% inferior: aproximadamente $213 mil mensuales, frente a $372 mil entre los hombres, según el último informe de género de la Superintendencia de Pensiones.

Pero la diferencia no comienza al momento de jubilar. Se construye durante toda la trayectoria laboral. Las mujeres presentan, históricamente, menores remuneraciones, períodos más extensos fuera del trabajo remunerado y una menor continuidad en las cotizaciones. Las tareas de cuidado de hijos, personas mayores o familiares dependientes, que todavía recaen mayoritariamente sobre ellas, pueden traducirse en meses o incluso años sin aportes previsionales.

A esas diferencias se suma una característica propia del sistema: la edad legal de pensión por vejez es de 60 años para las mujeres y de 65 para los hombres, mientras que una mayor expectativa de vida implica que el ahorro acumulado debe financiar potencialmente más años de jubilación.

La reforma previsional comenzó a corregir parcialmente algunas de estas diferencias. Desde enero de 2026 entraron en funcionamiento el Beneficio por Años Cotizados (BAC) y la Compensación por Diferencias de Expectativa de Vida, mientras la Pensión Garantizada Universal también contribuye a disminuir la brecha entre hombres y mujeres.

Con la PGU, la diferencia promedio observada entre las pensiones de hombres y mujeres mayores de 65 años baja desde 42,6% a cerca de 27%; al incorporar además los beneficios del Seguro Social Previsional, se reduce a aproximadamente 22%.

Pero eso no significa que las decisiones que se toman durante la vida laboral hayan dejado de importar.

Las lagunas previsionales siguen pesando

Para una mujer que actualmente trabaja, una de las variables relevantes es la continuidad de las cotizaciones.

Las llamadas lagunas previsionales corresponden a períodos en que una persona no registra cotizaciones. Pueden producirse por desempleo, informalidad, períodos de cuidado, trabajos sin contrato u otras interrupciones laborales.

“Cada mes sin cotizar significa que no se está ahorrando para la pensión, lo cual puede generar efectos en el monto final que se recibirá”, explica Loreto Barril, jefa comercial de Rentas Vitalicias de AuguStar Seguros.

Por eso, recomienda revisar periódicamente si las cotizaciones están siendo efectivamente pagadas y, cuando las circunstancias económicas lo permitan, evaluar alternativas de cotización voluntaria durante períodos sin empleo formal.

La recomendación, sin embargo, tiene un límite evidente: no todas las mujeres tienen capacidad financiera para seguir cotizando cuando dejan de percibir ingresos. En especial cuando la interrupción laboral está asociada precisamente a tareas de cuidado.

Cotizar por la renta efectiva

Otra variable es el monto sobre el cual se realizan las cotizaciones. Esto cobra particular importancia entre las trabajadoras independientes. Cotizar sobre una renta imponible menor permite disponer de más ingresos en el presente, pero también reduce el ahorro destinado a la futura pensión.

La decisión, por tanto, supone un equilibrio entre necesidades actuales y seguridad financiera futura.

Mantener cotizaciones también puede resultar relevante para acceder a los beneficios incorporados por la reforma previsional.

El Beneficio por Años Cotizados entrega mensualmente 0,1 UF por cada año cotizado, con un máximo de 25 años. Durante 2026 y 2027 las mujeres pueden acceder a él con al menos diez años de cotizaciones, continuos o discontinuos. Ese requisito aumentará gradualmente hasta llegar a 15 años.

La diferencia respecto de los hombres —a quienes se exigen al menos 20 años cotizados— reconoce precisamente que las trayectorias previsionales femeninas tienden a ser más discontinuas.

Una compensación específicamente dirigida a las mujeres

La reforma incorporó además la Compensación por Diferencias de Expectativa de Vida, diseñada para reducir el efecto que genera la mayor longevidad femenina sobre el monto de las pensiones.

La lógica del beneficio es que una mujer que se pensiona a los 65 años pueda recibir una pensión equivalente a la de un hombre que haya llegado a esa misma edad con igual ahorro y una composición familiar equivalente. El beneficio tiene un piso mensual de 0,25 UF para quienes cumplen las condiciones establecidas.

Las mujeres que se pensionan entre los 60 y los 65 años pueden recibir una proporción de esta compensación, dependiendo de la edad a la que se pensionen.

Es una distinción relevante: jubilar a los 60 continúa siendo un derecho para las mujeres, pero postergar el retiro puede tener efectos tanto sobre el ahorro acumulado como sobre algunos beneficios previsionales.

Ahorrar voluntariamente, cuando sea posible

Otra herramienta disponible es el Ahorro Previsional Voluntario (APV). No sustituye a la cotización obligatoria, pero permite complementar el ahorro previsional para quienes cuentan con capacidad económica para hacerlo.

Existen dos regímenes tributarios principales. En el denominado régimen A, el Estado entrega una bonificación equivalente al 15% del ahorro destinado a incrementar o adelantar la pensión, con un máximo anual de 6 UTM y sujeto a los requisitos establecidos.

En el régimen B, los aportes pueden rebajarse de la base imponible para efectos tributarios, con los límites establecidos por ley. El conjunto de aportes acogidos a estos regímenes tiene un máximo de 600 UF anuales.

El APV puede contratarse a través de AFP y otras instituciones autorizadas. También existen productos que combinan seguros de vida y ahorro previsional.

Pero tampoco es una alternativa neutra desde una perspectiva de género: la posibilidad de ahorrar adicionalmente depende del ingreso disponible, y precisamente las brechas salariales y la mayor carga económica asociada a los cuidados pueden reducir la capacidad de ahorro de muchas mujeres.

No todas las pensiones funcionan igual

Cuando llega el momento de jubilar, otra decisión importante es la modalidad de pensión.

En términos generales, una persona puede optar, entre otras alternativas, por retiro programado, manteniendo sus fondos administrados dentro del sistema de AFP, o por una renta vitalicia, en la que los recursos son transferidos a una compañía de seguros que entrega una pensión en UF durante toda la vida.

En el retiro programado, el monto se recalcula periódicamente según variables como el saldo existente, la rentabilidad y las expectativas de vida. En la renta vitalicia, en cambio, se establece una renta bajo las condiciones contratadas.

“No hay una solución ideal para todas las mujeres. Depende de la situación personal, sus necesidades, preferencias, ahorro acumulado y tolerancia al riesgo”, sostiene Barril.

Por eso, antes de tomar una decisión resulta relevante comparar alternativas y no limitar el análisis al monto inicial de la pensión.

Una desigualdad que comienza mucho antes de jubilar

La reforma previsional introdujo mecanismos específicos para disminuir parte de la brecha entre hombres y mujeres. Sin embargo, el problema de fondo excede al propio sistema de pensiones.

Las jubilaciones reflejan lo que ocurrió durante décadas en el mercado laboral: cuánto ganó una persona, durante cuántos años pudo trabajar de manera remunerada, cuánto tiempo cotizó y cuántas veces tuvo que salir del empleo para asumir labores de cuidado.

Por eso, planificar, revisar cotizaciones y ahorrar adicionalmente cuando sea posible puede mejorar la futura pensión de una mujer, pero difícilmente puede resolver por sí solo una desigualdad construida a lo largo de toda la vida laboral.

La planificación previsional puede ser una herramienta de autonomía económica. La reducción definitiva de la brecha, en cambio, depende también de cuánto logren disminuir las desigualdades entre hombres y mujeres antes de llegar a la jubilación.

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