El Mostrador
Contando Chile: Región de Antofagasta, ancha y amplia
Todo es grande en este territorio, incluso en el mapa. Es la región donde está el río más largo, la mayor mina del mundo a tajo abierto y el observatorio astronómico más importante del planeta. Es la rica “capital minera de Chile” y surgió el nombre del “Norte Grande”.
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La imagen del desierto con sus riquezas mineras – plata, salitre, cobre, litio-, se impone en el imaginario chileno. Pero, y con razón, los lugareños reclaman porque también es importante la montaña misma en su historia, con sus alturas andinas de varios 6 miles y el segundo volcán más alto del país, el Llullaillaco, tan sagrado como el Licancabur para las culturas indígenas. Sabias, estas cuidaban ese escenario donde nacen las aguas que dan vida al desierto, con sus largos y escasos ríos, como el Loa – capaz de cruzar el desierto más seco del mundo-, y los salares; aquí está también el más grande de Chile, el Atacama.
El Altiplano andino, en un entorno intocado por el tiempo, conserva pueblos antiquísimos, ricos en tradiciones: Caspana, Toconce, Chiu Chiu… Gracias a un jesuita belga, conocido como Padre Le Paige, comenzó a difundirse la cultura de San Pedro de Atacama, hoy de fama internacional. El mismo pueblo, el Valle de la Luna, los géiseres cercanos, y más arriba los poblados y lagunas andinas, se transformaron en un destino del turismo internacional, con hoteles de notable arquitectura. El ecoturismo, el astroturismo, el arqueológico, completan la oferta.
Arriba de todo está Ollagüe, el pueblo habitado a mayor altura del país, a 3660 metros de altura. El heroico ferrocarril de Antofagasta a Oruro (Bolivia), de casi mil kilómetros de recorrido, hasta hoy operativo como medio de carga, en 1888 llegó hasta Ollagüe.
En el desierto mismo, en las angostas riberas fluviales, junto a los salares, en los inesperados oasis, supo prosperar la Cultura Licanantai – de San Pedro de Atacama-. De hábiles negociantes, precursores del pensar en grande, sus caravanas de llamos establecieron intercambios con territorios lejanos, hoy de Brasil y Paraguay. Con las invasiones tiwanaku e inca, fueron parte activa del mundo andino.
En la Colonia, el sur de esta región – con centro en Paposo-, estuvo siempre ligado a Chile, en tanto el centro y norte eran del Virreinato de Lima y luego de Bolivia. Era un territorio de frontera, lo que generó roces y guerras.
Emprendedores chilenos se establecieron cuando aún era boliviana en su mayor parte. Juan “Chango” López, de Copiapó, fue un pionero del salitre, en 1845, así como José Santos Ossa desde 1866. El primer cuerpo municipal de Antofagasta lo formaron seis chilenos y tres europeos, y para el censo anterior a la guerra, de 5.384 habitantes, 4530 eran chilenos. Al interior, el mineral de plata de Caracoles hizo millonarios a varios chilenos, como el descubridor José Díaz Gana, en 1870. La invasión del ejército chileno, de 1879, tuvo un ambiente favorable a ella.
El salitre, ideal para renovar las gastadas tierras del Viejo Mundo, concitó el interés mundial. En su auge, se formaron colonias de croatas, ingleses, chinos, griegos, y árabes, junto a las familias bolivianas que permanecieron tras la guerra. Fue región cosmopolita por medio siglo, hasta 1929, cuando comenzó su decadencia.
Después vino el resplandeciente turno del cobre, con capitales de Estados Unidos, hasta la nacionalización de las minas mayores, en 1971, por parte del gobierno de Salvador Allende, las que pasaron a ser administradas por una corporación chilena, CODELCO.
El oasis de Calama, cerca de Chuquicamata – la mina principal por décadas-, se transformó en ciudad rectora del cobre. En la de Antofagasta también se radicaron familias mineras, las que se sienten parte de una misma comunidad de orgulloso pasado, una que sabe trabajar duro, pero también celebrar la vida.
Tras el golpe de Estado, cuando cerca del 75% de las exportaciones eran cobre, comenzó la apertura a capitales privados, para explotar yacimientos nuevos. Estos, en expansión en este siglo, aportaron para que Chile se transformara en el mayor productor mundial del metal rojo, por lo que comenzaron a pagar royalties e impuestos adicionales.
Con el PIB más alto de Chile, en sus rutas y calles es alto el porcentaje de vehículos de alta gama. Ahora, aunque comenzó en los años 60, el litio despierta un interés que va en aumento.
El litoral, que siempre fue un espacio vital – por miles de años con los changos pescadores- por el auge salitrero vio brotar varios puertos ajetreados, en la propia capital regional Antofagasta, Tocopilla, Taltal y Mejillones. Sus brisas marinas y playas, por otra parte, han generado numerosos desarrollos residenciales, así es que el mar está cada vez más presente en la imagen regional. El gobierno nacional, con el Gran Hotel de Antofagasta de 1953, había intentado impulsar la llegada de visitantes, pero demoró cerca de medio siglo que ese sueño del turismo se hiciera realidad. Entretanto, la pesca aportó a la economía regional, con sus altibajos, la misma que enriquece la gastronomía regional.
Andrés Sabella, el mismo poeta que le dio su nombre al Norte Grande, con una novela de la pampa, también fue el alma de la Hermandad de la Costa, la que promueve la navegación. Uno de sus miembros, Jorge Salgado, logró la hazaña de hacer un velero con sus propias manos para llegar a la Polinesia. Dijo que era fácil, que los vientos soplan a favor, mar adentro, más allá… Como un homenaje a los relatos de mar y pampa de Sabella, el aeropuerto regional lleva ahora su nombre.
El cielo es lo que atrajo a los astrónomos porque los factores climáticos, concertados, ofrecen las mejores condiciones para los observatorios. De ahí que se haya instalado el más importante del mundo, Paranal, y el radiotelescopio más potente del mundo, el de ALMA. Todo en grande.
El turismo, por San Pedro y el desierto, ha puesto en valor otros destinos y atraído nuevas inversiones, como las realizadas para restaurar el Barrio Histórico de Antofagasta y transformar las ruinas de Huanchaca en museo y gran centro cultural; los hermanos Concha y Toro, Melchor y Enrique, habían crearon ahí la fundición de plata más moderna de Sudamérica.
Pionera también, esta región logró coordinar a sus industrias (85), universidades (Católica del Norte y de Antofagasta), medios y sociedad civil, con apoyos de CORFO y el Gobierno Regional, con el propósito de hacer de Antofagasta la capital del emprendimiento y la innovación en Chile. La Gran Minería y los observatorios cuentan con capital humano de vanguardia, para despegar. Energía y agua, además de minería y astronomía, son las áreas en desarrollo. Ya son un referente su Parque Eólico Horizonte, su planta fotovoltaica (solar), los más grandes del continente. Del consumo en energía, el 25% ya es renovable.