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Contando Chile: Región de Valparaíso, desde la cordillera hacia el mar abierto

Contando Chile: Región de Valparaíso, desde la cordillera hacia el mar abierto

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Miguel Laborde
Por : Miguel Laborde Escritor y director de la Revista Universitaria UC
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Si fuera un país, sería el más exótico de América; se extiende desde los faldeos del Monte Aconcagua –la cumbre más alta de América– hasta la isla de Rapa Nui, la más remota del continente. Los excesos son lo suyo…


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Coopeuch

En medio, entre el mar y la cordillera, está el soleado Valle de Aconcagua, para los incas el más deseado entre sus conquistas australes; cerca de la desembocadura de su río se esconde la bahía de Valparaíso, hogar del que fuera el puerto principal del océano Pacífico. En su vecindad se refresca Viña del Mar, la Ciudad Jardín, el balneario por excelencia en Chile, el más carismático. Mar afuera se dispersan las islas del Archipiélago Juan Fernández, entre ellas, la mítica Robinson Crusoe, cuyo nombre evoca al náufrago más célebre en la historia de la literatura mundial.

Es una constelación de lugares icónicos, algunos de ellos reconocidos como Patrimonio de la Humanidad, por lo que tiene atributos más que suficientes para ser un país –extraño, eso sí, casi imposible– ante los ojos del mundo.

Pero es solo una región. Por siglos tuvo que conformarse con ser solo un valle y un puerto útiles para la ciudad de Santiago, la capital del país; las islas parecían estar en otra dimensión, fuera de la geografía nacional. Se ha sentido estrecha, incómoda. Como si anhelara extenderse, estirarse, echar a andar o irse mar adentro y seguir su vocación aventurera.

Esta región de bello nombre, Valparaíso, siente que el resto del país no la reconoce en todos sus méritos, se queja porque se olvidan de ella, porque la maltratan, piensa, lo que tiene algo de cierto. Cuidado, ojo, cualquier día puede despertar y descubriremos que ya no está ahí, que se fue en busca de un amor correspondido. En bares de Valparaíso, en festivales viñamarinos, en playas desoladas en invierno, canta sus desventuras, pero sigue estando ahí.

En los mares del sur

Si historia es tan exótica como su geografía. En el Valle de Aconcagua hay un pueblo que se llama Cariño Botado, un buen nombre en ese territorio que también se siente postergado, en relación con la costa y las islas de la región; es tan fuerte la imagen de Valparaíso, de Viña, de Rapa Nui, que pasa inadvertida la perfección de su ambiente natural, de clima mediterráneo y suelos fértiles. Los incas pensaron ubicar ahí su capital austral, como un eco del Cusco andino, en una versión paradisíaca. 

Hoy en día, la calidad de sus vinos de alta gama, de sus aceites de oliva premium, así como el sabor de sus chirimoyas, paltas, tomates y nueces, en unos campos que aparecen dispersos entre Limache, Quillota y San Felipe, prueban que los incas no se equivocaron.

De tanto en tanto se oyen rumores en el valle, aparece un texto en un diario de la zona, de tono indómito. El valle tiene otros sueños, ahí, tierra adentro y lejos de la costa, los que miran hacia la cordillera. Son ideas de independencia, de región propia, para construir su destino bajo ese sol privilegiado, lejos de las lloviznas y vientos de las vaguadas costeras.

Lo cierto es que la región completa ha tenido infortunios, no solo el valle. Primero llegaron los incas que, encantados, quisieron quedarse y para siempre. Luego, con los españoles, la costa y las islas no volvieron a conocer la paz, por los piratas ingleses y holandeses que, soñando con los oros y platas de América, se desquitaban saqueando y quemando todo a su paso. No pudieron prosperar las localidades costeras, por siglos. En el año 1810, todavía, Valparaíso no contaba con un muelle decente.

Vino entonces la Independencia y el puerto pudo alcanzar su alto destino. Fue la ciudad más dinámica de Chile en el siglo XIX, la más próspera con sus casas comerciales y bancos, la primera en conocer las nuevas tecnologías, la adelantada hacia una primera modernidad. En esta región, era donde Chile respiraba el mismo aire del resto del mundo.

Desde ella se organizó la exploración de las riquezas del norte, la colonización del sur y la integración de la Isla de Pascua, Rapa Nui. Fue la nave madre de la República de Chile, y mantuvo esa posición hasta el aciago año de 1914. Entonces se inaugura el Canal de Panamá, comienza la Primera Guerra Mundial y Chile perdió centralidad. Esta región, especialmente, quedó en la orilla de la historia. Se vio obligada, desde ese año, a buscarse destinos nuevos. Una tarea nada de fácil, ni siquiera para un territorio encabezado por un gran puerto.

El valle logró lo suyo, entre frutas y frutos, y también como aduana cordillerana desde la ciudad de Los Andes; el puerto de Valparaíso, gracias a las exportaciones y los cruceros, logró volver a andar, aunque ahora con la competencia creciente de su hermano menor, San Antonio; a su favor pesa ser un importante polo universitario, y la sede del Congreso Nacional.

Viña del Mar, con su Casino, hoteles y playas, es reconocida como un destino turístico clásico en América del Sur, aunque también enfrenta rivales internos, dentro de la región, pero cada vez más al norte, pasando de Algarrobo o El Quisco hasta Maitencillo, Cachagua y Zapallar. Mar afuera, la gastronomía y el turismo han puesto a las islas en el mapa de las rutas mundiales, y ahora ellas tienen una vida nueva, más propia, sin tener que esperarlo todo del continente.

Si esta región fuera un país, tendría un Poder Ejecutivo capaz de liderar una estrategia que integre tanta diversidad, pero, por ahora, cada provincia, cada comuna incluso, avanza a su manera. Como puede, sin un futuro compartido.

Es el desafío de muchas regiones, administrar la diversidad, pero ninguna lo tiene más difícil que Valparaíso. Entre la precordillerana y andina ciudad de Los Andes, por ejemplo, y la polinésica isla de Rapa Nui, hay más de 3.700 kilómetros. La distancia entre París y Moscú, para dimensionar esa magnitud, no llega a los 2.500 kilómetros.

Esta es, realmente, una región-país. Nadie dijo que iba a ser tarea fácil habitar la diversidad.

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