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Contando Chile: Región de O’Higgins, entre huasos, mineros y surfistas

Contando Chile: Región de O’Higgins, entre huasos, mineros y surfistas

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Miguel Laborde
Por : Miguel Laborde Escritor y director de la Revista Universitaria UC
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Valle Central, cordillera de los Andes, litoral del Pacífico, tres mundos diferentes. Más todavía, en un territorio de historias inesperadas.


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Coopeuch

Esta región es parte de ese largo Valle Central que se estira entre los ríos Aconcagua y Biobío. Pero, como es intensa, fue aquí donde se forjó la más típica imagen humana de Chile, la del huaso. Tal vez porque está justo en medio de Santiago, Valparaíso y la Región del Maule, todas decisivas en el nacimiento del país. También la favoreció su suelo generoso, de frutas, hortalizas, vinos, los sabores del Chile clásico.

Sin embargo, es una imagen que falla por todos lados. Es muy minera. Hace siglos, sus habitantes ya extraían cobre de los Andes, lo que interesó mucho a los incas; algunos historiadores creen que el nombre de los Andes viene de anta, que es cobre en quechua. Y luego a los españoles, que le dieron un nombre sugerente a esa zona: “La Fortuna”.

Ahí mismo creció Sewell, nuestra primera ciudad andina, en 1905. Con sus edificios industriales y residenciales, fundición en Caletones y camiones cargados en dirección a los puertos, en Sewell empezamos a ser modernos. Justo al lado, El Teniente, de Codelco –motor relevante de la economía regional hasta hoy–, es la mina subterránea más grande del mundo. Son 4500 kilómetros de túneles y galerías subterráneas, el mismo largo de todo Chile, un puntal para que Chile siga siendo el mayor productor mundial de cobre.

Es una de las caras ocultas de esta región, aunque muchos se acerquen a practicar montañismo, a las cálidas y medicinales aguas de las Termas del Flaco, o a la Sierra de Bellavista, que es otra sorpresa; un balneario lacustre de casas alpinas, que se define como “un pequeño pedazo de Italia en Chile”.

Suelos y clima marcan la cultura y la historia regionales. Fue aquí donde se instalaron los primeros seres humanos del Valle Central, en San Vicente de Tagua Tagua. Admirados de la flora y fauna, decidieron radicarse; son los primeros habitantes sedentarios de Chile central.

La hacienda chilena, esa donde se aclimatan especies europeas y se conservan las americanas –maíz, poroto, papa, tomate–, rica variedad que permite una sana dieta mediterránea completa, aquí en los valles de Colchagua y Cachapoal propició el cruce de gastronomías y, al tiempo, el mestizaje de sangres, también americanas y europeas. Produjo una cultura total, con música y fiestas, caballos y rodeos, tejedoras de chamantos y artesanos del mimbre, payadores y fiestas religiosas, talabarteros y maestros adoberos.

Aquí no hay dudas identitarias, es región de tradiciones que siguen vivas en los pueblos típicos, Lolol con su Museo de las Artesanías, Peralillo y Nancagua, Zúñiga de arquitectura histórica, Pichidegua con sus trillas a yegua suelta. No hace tanto, mucho santiaguino iba a Codegua a celebrar las Fiestas Patrias.

Aunque la extensión del nombre es excesiva –Región del Libertador General Bernardo O’Higgins–, no es casual que el Padre de la Patria terminara así homenajeado, aquí donde –con el Desastre de Rancagua–, los patriotas demostraron estar dispuestos a dar la vida por la Independencia de este país, de esta tierra de paisajes y frutos privilegiados.

Además de la ciudad capital, Rancagua, San Fernando y Santa Cruz encabezan la vida urbana, esta última con un Museo Colchagua que ha sido un gran impulsor del turismo regional. Otro atributo que ha provocado el nuevo “descubrimiento” de esta región es la Ruta del Vino; con el Tren del Vino, las viñas con sus catas y paseos, los pequeños hoteles asociados, brotó un turismo enológico que atrae tanto a chilenos como a extranjeros.

Brisas en el mar

Los mares de Chile son célebres entre los marinos. Corrientes frías, intensas, de aguas turbulentas, han golpeado esta larga costa por millones de años, dejando muy pocas bahías. Unas olas muy largas, de hasta 8 metros, a veces tubulares, son un fenómeno que ahora tiene proyección internacional, con surfistas que vienen desde el hemisferio norte. Están entre las más famosas y difíciles del país, por lo que la ciudad costera de esta región, Pichilemu, es la capital chilena de este deporte, con Punta de Lobos como su playa icónica. Son una imagen del Chile de hoy.

Ellas también dieron origen a un fenómeno de migración interna, de jóvenes que se han traslado a esta costa –Pichilemu, Matanzas, Puertecillo–, en busca de una vida más natural, lo que se tradujo en la construcción de barrios e incluso colegios cercanos. La gastronomía o’higginiana tiene otro puntal identitario en los productos marinos, un beneficio adicional para quienes han ido a construir su vida junto al Océano Pacífico. La Ruta 5 Sur, y el Metrotren, han favorecido este auge de vida al aire libre.

La montaña siempre

Rancagua, la capital, es el centro estratégico, uno que se perfiló por la cercana mina El Teniente, de 1905. Barrios, escuelas y hospitales surgieron para las familias mineras. El Tren del Cobre –conectado a la bocamina– es inolvidable para ellas. El Museo de la Gran Minería, en Sewell, reforzado desde que el año 2007 la ciudad fuera declarada Patrimonio de la Humanidad, permite conocer ese tren –ahora turístico– que fue una proeza de la ingeniería de la época por sus pendientes, curvas cerradas y desafiante nieve espesa en invierno.

Rancagua tampoco olvida esta historia; sigue siendo un centro logístico y habitacional de las familias del metal rojo, y muchas celebran cada año el Día del Minero. Con tantas generaciones ligadas a la montaña, muchos jóvenes ingresan a carreras relacionadas a la minería en el Duoc, Inacap o la Universidad de O’Higgins. Como sus primeros ancestros, también buscan su destino en la cordillera de los Andes.

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