Contando Chile: Región de Los Ríos, lugar de ensueños
La imagen oficial, –muy alemana-, es casi demasiado perfecta. Como si sus casonas de madera, con balcones labrados y flores colgantes, fueran parte de una escenografía fílmica. Es mucho, sin embargo, lo que hay tras esa pulcra fachada. Historias nada de típicas.
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Valdivia seduce. Más de una vez, ha figurado como la ciudad más hermosa de Chile. Es la portada de un conjunto de ríos, bosques y lagos que todo chileno espera conocer alguna vez; incluyendo sus gráciles cisnes de cuello negro. Ojalá en primavera, cuando el Festival de la Cerveza – Oktoberfest- y el Festival de Cine se celebran uno junto al otro. La alternativa clásica, es llegar al fin del verano, cuando la Semana Valdiviana culmina en un desfile de barcos iluminados frente a la ciudad. Pero después, cuando se van los foráneos, aparece otro paisaje; es la ciudad más lluviosa de Chile.
El comienzo histórico de esta región fue cinematográfico. En una costa austral turbulenta, Pedro de Valdivia -que venía de tierra dura y algo seca- valoró la bahía de Corral y la red de ríos generosos que atraviesa este territorio, ideal para un puerto marítimo y una ciudad fluvial. Al interior, admiró los fértiles valles y llanos agro-ganaderos, óptimos para alimentar a una gran población.
No llegó a despegar. Con la decadencia del imperio español, se disparó la insolente piratería de ingleses y holandeses, financiada por comerciantes muy interesados en operar en el Océano Pacífico. La Corona hispana se vio obligada a defender la zona, cuyo control encargó al gran virreinato del Perú – casa matriz de Sudamérica-, y no a la modesta Capitanía General de Chile. Se construyeron cuatro castillos y tres fuertes, el complejo militar más imponente a este lado del mundo. Un valdiviano, el monje historiador Gabriel Guarda, hizo notar que, con más de 250 fuertes y fortines a lo largo de Chile, contra “araucanos” y piratas, esa pudo haber sido nuestra imagen, nuestro sello de origen; el país de la guerra y las construcciones defensivas
Los huilliches, hacia el interior, eran otro riesgo más. Prácticos, siempre dispuestos a negociar, podían aliarse a holandeses o ingleses si les prometían mejores beneficios. A pesar de todo, se logró una tradición de acuerdos.
Tuvo que llegar Ambrosio O’Higgins para que ese enclave militar, al trazar caminos hacia el interior y asentar colonos, se transformara en una región habitada por civiles. Fue por entonces – 1786-, cuando recién se integró por completo a la Capitanía General de Chile, como una provincia más.
Con la República apareció un nuevo ensueño civil. Ante los ojos sorprendidos de los huilliches, llegaron unas familias extrañas, rubias muchas de ellas, de otras costumbres. No eran los típicos campesinos hambrientos de una Europa en crisis, sino liberales que habían soñado con repúblicas democráticas en 1848, durante la épica “Primavera de los Pueblos”. Indignados cuando la realeza se reafirmó en toda Europa, se vinieron aquí para vivir, de una vez por todas, en una sociedad libre. Sin mirar atrás.
Querían ser parte de una vida republicana, con el misterioso paisaje de la selva valdiviana, de bosques nobles y anchos ríos. Se llevaron bien con los huilliches porque, portadores de una cultura romántica, los exóticos indígenas despertaron su interés. Ni unos ni otros confiaban mucho en “los chilenos”.
Los colonos, con industrias, agricultura, ganadería, navegación e incluso deportes – pioneros del velerismo y el remo-, prosperaron. Al finalizar el siglo lideraban una región de avanzada en Chile, en especial por los Altos Hornos de Corral – la primera siderúrgica moderna del Cono Sur-, para aportar el hierro que necesitaba el país para industrializarse. Hacia el interior, en los alrededores de Río Bueno, las cooperativas lecheras impulsaron lácteos de calidad.
Nada fue fácil, pero los colonos, de religión luterana – es una fe concreta, que llama a transformarse en lo personal-, eran portadores de una cultura de orden y rigor. Fundadores de colegios y escuelas, de diarios y lugares de encuentro, irradiaron esa cultura en todo el territorio. No parece casual el que los evangélicos, que también son de religión protestante, tengan en Los Ríos su más alto porcentaje en Chile.
El gran terremoto, el mayor en la historia de los registros mundiales, en 1960, fue un golpe brutal; vidas, viviendas, caminos y puentes, la infraestructura vial y portuaria, todo debió rehacerse a un altísimo costo. Mucha industria mediana y pequeña desapareció, en tanto la de mayor escala se vio obligada a rehacerse con nuevas tecnologías. Fue el fin de una época.
Sueños inesperados
Al avanzar el siglo XX, a los pies de la cordillera y donde se extendían densos bosques, surgió una dinámica industria forestal. Ambiente del primer ensueño “chileno”, obra de Salvador Allende, quien vio posible – en la zona de Panguipulli-, el corazón de un sur industrial y próspero, estatal y exportador a gran escala de muebles y viviendas, con obreros participando en sindicatos y asambleas; comenzaron las expropiaciones. Tras el Golpe de Estado, algunos jóvenes obreros de esa industria, de sueños revolucionarios, huyeron arriba del lago Maihue, a una zona boscosa y sin senderos. Ocultos, en pequeños lagos remotos, esperaron unas instrucciones que no llegaron nunca.
Llegó entonces el golpe militar de 1973, y más de 400 mil hectáreas de bosques – un tercio de la provincia de Valdivia-, fueron devueltas a los dueños expropiados, o vendidas, o aportadas para impulsar proyectos forestales.
Los lagos, en especial el Panguipulli y el Ranco, han concentrado ahora último un turismo de lujo que aprovecha ese impecable entorno de orden y limpieza que caracteriza a Los Ríos. Con grandes casas, condominios y hoteles temáticos, muchos visitantes llegan en aviones privados o helicópteros a este “otro Chile”.
Los huilliches ahora reclaman. Algunos han emprendido proyectos turísticos, pero los cambios recientes de la región han sido, para muchos de ellos, de un impacto excesivo, que altera la región que sueñan. Las forestales de monocultivos, los proyectos hidroeléctricos y los balnearios lacustres amenazan su futuro.
La Universidad Austral – creada por médicos chilenos apoyados por filántropas alemanas-, en su hermosa Isla Teja con casas museo y ciclos de conciertos, es la que ha liderado los estudios por una región más sustentable. Un aporte a las familias, para que los jóvenes no sigan emigrando a Concepción o Santiago y, en cambio, participen en el desarrollo local.
La fusión de nativos e inmigrantes se completó en el siglo XX. A la fecha, los habitantes de Los Ríos están orgullosos de su región, que ya no es un enclave importado, un ensueño ajeno – el “sur alemán”-, sino un territorio diferente, rico en diversidad humana y natural.
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