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Región de La Araucanía: la tierra más soñada

Región de La Araucanía: la tierra más soñada

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Miguel Laborde
Por : Miguel Laborde Escritor y director de la Revista Universitaria UC
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Esta región concentra la más larga lista de sueños de futuro, como si fuera un paraíso perdido al que muchos quisiéramos llegar; un lugar donde la felicidad nos está esperando, esa que nos habían prometido.


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No se sabe cuándo llegaron los primeros habitantes a la zona, ni qué buscaban o de qué huían, pero una tradición mapuche dice que llegaron desde el norte siguiendo los pasos y la voz del Gran Antepasado: ¡Huilli! ¡Huilli! (¡Al sur! ¡Al sur!)…

Quizás con qué promesas los guio por desiertos y cordilleras, cómo les pintó esta tierra prometida, pero debieron agradecerle en el alma cuando vieron que ahí los bosques eran más verdes, los ríos más caudalosos, más blancas las montañas tutelares. Esas cuatro caídas de agua que conocemos como el “Salto del Laja” parecieron ser una señal, el aviso de una tierra cercana que sería sagrada. Luego los esperaba majestuoso el Biobío, y ya siguieron adelante, seguros de que este era el lugar prometido.

Se especializaron, grupos en el valle central –nagche–, cordilleranos –pehuenche– y de la costa –lafkenche–. El agua los unía, desde el cielo en la nieve blanca de los volcanes, la que luego se derramaba en esteros y al fin en ríos para llegar al Gran Océano que, al fondo, volvía a tocar el cielo, su origen. Los mapuches, dirían los españoles, a veces preferían morir antes que ser llevados lejos, a una tierra desconocida.

La expansión de las potencias de Europa, por África y América, puso fin a ese tiempo y marcó el inicio de otro, cuyas pestes y guerras de conquista cambiaron la historia. La resistencia “araucana”, excepcional, mantuvo libre este rincón de América.

Pedro de Valdivia también cayó seducido por su belleza. Pudo quedarse al norte del Maule, o del Biobío, hacerse fuerte ahí, pero los relatos lo hicieron seguir –¡Al sur!–, ansioso por ver si era como la había deseado; y lo era, “rica y abundosa de mantenimientos”, según escribe al rey. Eso sí, le comenta, “los indios de aquella tierra son los más belicosos y valientes de todos los que se han visto en estas Indias”.

Entusiasmado por el paisaje, consideró ubicar en ella la capital del país, por sus ríos y bosques y también porque la cordillera –más baja en esa latitud– permitiría el cruce andino con facilidad.

Iba a ser una ciudad fluvial, junto a un río entonces navegable, y su grandioso nombre iba a rendir tributo al emperador, La Imperial. Estaba cerca de la actual Carahue, pero se abandonó cuando comenzó la resistencia mapuche, hacia el 1600.

Juan de Barrenechea escribirá la que sería la primera obra de ficción americana –según el religioso José Anadón–, suerte de utopía ambientada ahí mismo, de una joven mapuche que se vuelve cristiana; era su sueño, de mercedario.

En el siglo XIX, la República de Chile ocupó el territorio bajo el pretexto de “civilizarlo”. El país sufría una crisis económica estructural y esa zona pareció ser la solución, esa riqueza “inexplotada, más fértil y tan hermosa”. El racismo justificó todo, que el país mestizo necesitaba ser refundado bajo los parámetros modernos de Inglaterra, Francia y Alemania.

Un ingeniero alemán, Teodoro Schmidt Weichsel, será el encargado de trazar caminos, definir la ubicación de ciudades y hacer trazados urbanos, en especial de Temuco, donde se instaló; era, para él, la ciudad del futuro. Asignar tierras para “reducciones” indígenas, y otras para atraer colonos europeos –“los civilizadores”–, fue parte de su misión.

Junto a un colega chileno intervino los ríos Biobío, Malleco, Duqueco para conducir aguas para el regadío. Iba y venía, escoltado por dos soldados armados de carabinas, en tanto las autoridades lo perseguían para saber si era cierto, si La Araucanía era como en los relatos.

Todos los países del continente –así Estados Unidos, Brasil, Argentina–, en ese fortalecimiento del Estado, querían precisar sus fronteras, ocupar las regiones remotas, administrar sus recursos y volverlos más productivos; por ello se asedió a los pueblos indígenas y se atrajo a migrantes de Europa.

En el caso de Chile, se hizo fuerte la “pigmentocracia”, la valoración de los individuos cuya tez, ojos, pelo, revelara sangre europea, esa que poseía la clave del progreso. Como ha escrito el Premio Nacional Jorge Pinto, para construir una nación de culturas diversas se tuvo que fortalecer el Estado y “la identidad nacional”. Controlar La Araucanía, y las actuales regiones de Los Ríos y Los Lagos, y luego Aysén y Magallanes, fue tarea de ese Estado centralista y unitario, dueño de un poder concentrado en Santiago.

A La Araucanía llegaron los colonos vascos franceses, italianos, alemanes, suizos, de una Europa empobrecida que vio en América el sueño de una mejor vida. Vicente Pérez Rosales y otros agentes de inmigración, con afiches y folletos, alimentaron ese proyecto de vida, que ellos vinieran a apoyar la “civilización” en esta tierra remota que parecía deshabitada.

No estaba vacía. Abusos varios, cercos corridos, marginaciones, trucos legales, acorralaron al pueblo mapuche ante la indiferencia de una sociedad europeizante que descalificó a “las razas inferiores”. Intelectuales locales, como Manuel Manquilef y Pascual Coña, elevaron su voz, y también poetas como Samuel Lillo –será toqui honorario– o músicos como Eliodoro Ortiz de Zárate –el creador de la ópera Lautaro, de un final feliz y multicultural–, pero la sociedad estaba sorda.

La belleza de la zona, a la hora de abrir el país al turismo internacional –1929–, fue la escogida para representar a Chile con un sesgo europeizante, “La Suiza de América”, para hacer notar que no éramos negros ni indios. El lago Villarrica, con el Gran Hotel Pucón, le dieron forma –una postal clásica– a ese imaginario helvético; fue la propuesta del Estado para una zona que aún permanecía al margen de la industrialización de Concepción, Valparaíso o Valdivia.

Era la región de los sueños olvidados, sin construcción de identidad: ¿quién dice ser de La Araucanía, como lo hace un pampino, un chilote, un porteño, un magallánico? Europeos, “chilenos” y mapuches compartían una geografía, pero no una historia.

Las ciudades fueron los puntales de la penetración, representantes del Estado: Temuco, Angol, Traiguén… La educación pública fue crucial para chilenizar costumbres y establecer la lengua oficial única, pero, empobrecidos los mapuches y reducidos a tierras que no podían manejar a su manera, muchos comenzaron a migrar. Será la diáspora mapuche hacia las grandes ciudades, en las que fueron dolorosamente discriminados mientras La Araucanía se despoblaba de jóvenes.

Trabajos de historiadores mapuches, y también huincas como Jorge Pinto o José Bengoa, han desvestido la “Pacificación de La Araucanía”, ese drama nacional. Hubo grandes esperanzas en el retorno a la democracia, en el Acuerdo de Nueva Imperial que Patricio Aylwin firmó como candidato en 1989 –con agrupaciones mapuches, huilliches, aymaras y rapanui–.

Hubo, en efecto, avances por la creación de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi), pero no fue suficiente y otros fenómenos se tomaron el escenario actual, como el crimen organizado y el contrabando de madera.

El Gobierno de Chile buscó atraer inversión extranjera para desarrollar la región, con modelos que han violentado a las comunidades locales. En las últimas décadas los predios forestales crecieron a costa de la pequeña y mediana agricultura, donde se habían refugiado los mapuches; su pobreza aumentó.

En México, relatos sobre La Araucanía hicieron nacer sobre otros sueños para este territorio, que podía ser una zona operativa para el narcotráfico; la violencia aumentó. Grupos mapuches radicalizados, agricultores acosados, camioneros asaltados, viven la inseguridad como noticia en progreso.

¿Es posible crear nuevos sueños en torno a La Araucanía? Las universidades regionales, en especial la Universidad Católica de Temuco y la Universidad de La Frontera, han hecho aportes relevantes para construir un imaginario compartido. En ellas se han formado intelectuales mapuches influyentes, como los de la Comunidad de Historia Mapuche, en tanto un gran poeta pasó al primer plano nacional, Elicura Chihuailaf, por su Premio Nacional de Literatura.

La Comisión para la Paz y el Entendimiento, con su informe del año 2025, ha abierto, una vez más, la posibilidad de otro sueño para esta Araucanía, tan deseada.

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