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Estudio revela por qué algunos jóvenes dejaron de justificar la violencia tras el estallido de 2019 CULTURA Crédito: U. de Chile

Estudio revela por qué algunos jóvenes dejaron de justificar la violencia tras el estallido de 2019

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El desgaste emocional, los costos personales de la violencia y la frustración ante los resultados de las movilizaciones fueron factores relevantes en este proceso, más que los cambios ideológicos.


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Un estudio reveló por qué algunos jóvenes dejaron de justificar la violencia tras el estallido de 2019, informó la Universidad de Chile.

Una de las mayores olas de movilización ocurridas en Chile desde el retorno a la democracia se vivió en octubre de 2019, cuando multitudes salieron a las calles impulsadas por el malestar acumulado frente a abusos, desigualdad y un modelo social calificado como injusto. Los episodios de violencia -incendios, saqueos y el uso excesivo de la fuerza policial- marcaron la agenda pública durante meses.

Fue en este contexto que muchos jóvenes justificaron las tácticas disruptivas o violentas como una forma legítima de presión social, pero un estudio realizado por académicos de la Universidad de Chile y de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso analizó la desradicalización de las opiniones de algunos jóvenes y vinculó este proceso principalmente con el desgaste emocional, los costos personales de la violencia y la frustración ante los resultados de las movilizaciones, más que con cambios ideológicos.

La investigación, de carácter cualitativo, se basó en entrevistas a 25 jóvenes: 13 que habían dejado de justificar la violencia y 12 que continuaban haciéndolo. Sus resultados corresponden a este grupo específico y no pueden generalizarse automáticamente a toda la juventud chilena.

El académico del Departamento de Sociología de la Universidad de Chile, Rodrigo Asún, uno de los autores del artículo titulado “La gente no cambia. ¿Estás seguro? Desradicalización de la opinión entre los jóvenes” (“People don’t change. Are you sure? Deradicalization of opinion among young people”), explicó que la “radicalización” se define como el “aceptar medios violentos para lograr algún objetivo político” y que en el caso de lo ocurrido en Chile en 2019 es lo que se denomina “radicalización de masas”, donde un conjunto grande de la población comienza a considerar que es legítima la utilización de la violencia para lograr algún fin político o transformador de la sociedad.

Pero ¿qué ocurrió para que los jóvenes participantes del estallido cambiaran de opinión y dejaran de justificar la violencia? Rodrigo Asún asegura que “hubo varios factores, pero el central es que el proceso de radicalización de masas que nosotros descubrimos y describimos es un proceso que depende fundamentalmente de lo que podríamos denominar la energía social, que se genera cuando muchas personas conviven en un espacio físico cercano y se traspasan, unas a otras, emociones, ideas, es decir, esa radicalización solo es posible cuando la gente está saltando al lado de una barricada, muchas personas saltando, gritando lo mismo”.

“Cuando ese contacto se rompe y la gente se aleja unas de otras, esa energía se disipa, porque lo que te mantenía convencido que eso era lo que había que hacer eran las masas, ver a otros diciendo lo mismo. Entonces yo diría que un elemento clave es la pandemia, la pandemia corta ese contacto, pero no es el único, de ninguna manera, y por eso nuestro artículo, señala tácitamente que hay otro elemento que probablemente también habría terminado cortando el proceso si no hubiera habido pandemia”, señala Asún.

El sociólogo Rodrigo Asún añade que “en el contexto de un estallido social también se producen costos a nivel personal, la gente está feliz en general, está contenta, está luchando por lo que cree, ve a los otros al lado suyo y pensando lo mismo. Hay una especie de fiesta colectiva. Pero esa fiesta también tiene costos, por ejemplo, la violencia aumenta, la violencia de carabineros, de los manifestantes, los saqueos aumentan. Segundo, tienes que abandonar tu vida cotidiana, porque tu vida pasa a girar en torno a este fenómeno, y se te dificulta tu vida cotidiana, por ejemplo, no hay micros, no hay PSU, tú empiezas a pelearte con tus papás porque piensan distinto. Entonces, aparecen una serie de costos, a los que se suma el tema de la salud mental. Las personas que están en esto, sobre todo algunos grupos de jóvenes particulares, empiezan a tener costos de salud mental porque se está viviendo un fenómeno emocionalmente muy intenso, tanto para lo bueno, como para lo malo”.

“Es como un proceso de burnout, como el burnout profesional, pero burnout de movilización social”, detalla Asún.

“Veían en la violencia una herramienta de presión”

La académica Karina Navarro, del Departamento de Sociología de FACSO de la Universidad de Chile, también autora del artículo, agrega que esta desradicalización se debe a que “dejaron de legitimar la violencia básicamente porque ellos veían en la violencia una herramienta de presión ante el gobierno y no como un fin en sí mismo, los jóvenes veían en la violencia una herramienta defensiva ante una autoridad que estaba tratando de evitar que ellos expresaran su descontento con determinadas medidas. Por ello, cuando se llegó a un acuerdo sobre otra forma de resolución que parecía atender a las demandas, muchas de esas personas empezaron a desengancharse del uso de la violencia. Entre los que quedaron, comenzó un proceso de desgaste principalmente por los costos personales que implica mantenerse movilizado por un período tan extenso y por demasiada exposición a la violencia a través de distintos medios. Todo eso genera una especie como de agotamiento generalizado dentro de los manifestantes”.

“Los que se quedan hasta el final dentro del movimiento son personas que tienen toda una trayectoria de movilizaciones que les permite aguantar más el ritmo de la movilización constante”, asegura la académica.

Consultada sobre la posibilidad de que este domingo 18 de octubre, cuando se cumplen siete años del estallido social, haya masivas movilizaciones en el país, Karina Navarro plantea que “una cosa es comprender qué es lo que está ocurriendo y lo que ocurrió y otra cosa es tratar de predecir qué es lo que va a pasar en el futuro. Yo creo que en este momento los jóvenes tienen muchísimo descontento con una serie de políticas del gobierno, con el tema de los recortes especialmente en educación. Sin embargo, de ahí a pensar que este próximo 18 de octubre va a redundar en un estallido social como el que vivimos el 2019, creo que hay un salto bastante importante”.

“Claudia fue una investigadora extraordinaria y profundamente comprometida”

El artículo fue realizado además por los académicos Jacqueline Espinosa-Ibacache, de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; José Isla, del Departamento de Antropología de la Universidad de Chile, y la académica Claudia Zúñiga (1973–2026), del Departamento de Psicología de la Universidad de Chile.

“Claudia fue una investigadora extraordinaria y profundamente comprometida con su trabajo, pero para mí, era más que eso, para mí Claudia era una amiga. Compartir con ella en lo académico y personal fue un privilegio. Me queda la tristeza de su ausencia, pero también me siento agradecida de haber compartido con ella una parte del camino”, destaca Karina Navarro.

Por su parte, el profesor Rodrigo Asún reveló que “Claudia fue la que nos impulsó a meternos a escribir este artículo sobre radicalización y desradicalización porque ese era su tema preferido. Ella era una ferviente creyente de la democracia y estaba muy preocupada por lo que estaba pasando en Chile y en el mundo con respecto a la democracia. En consecuencia, le interesaba por qué la gente se radicalizaba y sobre todo si había alguna manera de desradicalizarla, de que volvieran a creer en la democracia y no en la violencia como medio para obtener sus objetivos”.

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