CULTURA|OPINIÓN
Concierto por la Hermandad
Raíces y alas para comenzar el año
Reunirnos a comienzos de un nuevo año en un lugar tan simbólico como la Estación Mapocho para escuchar música clásica es una buena señal para Chile. Nos recuerda que aún queremos estar juntos, escuchar juntos y construir espacios de belleza compartida.
Hace siete años nos atrevimos a hacer algo que entonces parecía improbable: llevar la música clásica fuera de sus espacios tradicionales y, al mismo tiempo, proponerla como un lugar donde se encuentran las personas en medio del ruido. Se trataba de crear una experiencia común y de hermandad en tiempos de fragmentación y estridencia, además de ampliar públicos y ocupar nuevos escenarios.
Antes, abrieron camino Teatro a Mil y otros pioneros que entendieron que el acceso a la cultura no es un lujo, sino una necesidad profunda de la vida en sociedad. Hoy, ver una agenda cultural de enero llena de propuestas diversas, cuidadas y ambiciosas es motivo de alegría. Algo se ha movido en la dirección correcta. Y estamos contentas de haber contribuido.
Por eso, llenar una vez más la Estación Mapocho con un público diverso -que proviene de todo Santiago e incluso de fuera de la ciudad, de distintas edades e intereses- tiene un significado especial. Más de cinco mil personas asistieron al estreno mundial de la sinfonía Raíces y Alas, creada por un chileno e interpretada por más de cien músicos y cantantes -adultos y niños-, un lunes de enero. Y más significativo aún fue la respuesta de un público visiblemente conmovido, unido por una experiencia de hermandad que solo el arte, en momentos así, es capaz de despertar.
El éxito del Gran Concierto por la Hermandad ayuda a despejar una pregunta que con frecuencia se formula al revés: ¿hay pocos espectáculos porque no interesan, o el público no asiste porque no existe una oferta atractiva, inclusiva y suficiente? En nuestra experiencia, cuando se cuida la propuesta artística y se invita con honestidad, la respuesta parece clara: el público está, escucha, reflexiona, se emociona y experimenta lo colectivo.
Este concierto no pertenece a una sola institución ni a un solo nombre. Es el resultado del trabajo generoso de músicos y cantantes que participan de manera voluntaria, de auspiciadores que creen en la cultura como bien público, y de una red amplia de aliados que hacen posible lo que muchas veces no se ve: la logística, la producción, el trabajo silencioso y persistente. Por eso es un logro de todos, lo que refuerza la idea de hermandad.
Reunirnos a comienzos de un nuevo año en un lugar tan simbólico como la Estación Mapocho para escuchar música clásica es una buena señal para Chile. Nos recuerda que aún queremos estar juntos, escuchar juntos y construir espacios de belleza compartida. Nos vamos con raíces más firmes, con alas desplegadas y la certeza de que esto continúa.
Y nos reencontramos en el Festival de Portillo. Raíces y alas para comenzar el año
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