CULTURA|OPINIÓN
Matar a un presidente
Lo interesante, desde el punto de vista de la intriga o lo que esta oculta, es la presencia de la verdadera amenaza, constituida por un personaje supuestamente ligado a organismos de seguridad norteamericanos.
Bajo el título de Matar al presidente, y con el pretexto de una entrega estrictamente policial en que la trama se organiza en torno a la intervención de un temeroso de los fantasmas de la Unidad Popular, Antonio Rojas Gómez aporta la perspectiva del tiempo consumido y los necesarios aprendizajes que deja el recorrido de una vida.
Dos antiguos conocidos de sus anteriores entregas -el comisario Mauricio Mandiola y el periodista Pepe Ortega, quienes nacen a la literatura en la novela Río arriba y aparecen después en Crimen de semana santa– desarrollan una singular investigación en la que las organizaciones encargadas de llevar al cabo la encuesta del crimen quedan más bien en segundo plano.
Como en toda novela de género, el policial en este caso es una manera de entrar en temas si no mayores, sí más trascendentes.
Y es que Pepe Ortega, y como la novela está ambientada en la época de la pandemia, ha visto la posibilidad del fin y es esta una experiencia que enriquece y da espesor a la simple intriga en la que unos jóvenes más o menos insustanciales se suman a una rara conspiración que tiene por objeto terminar con la vida del recién electo Gabriel Boric, ante la amenaza de que este, una suerte de reencarnación de Salvador Allende, dirija al país al despeñadero, para ellos ciertamente.
Lo interesante, desde el punto de vista de la intriga o lo que esta oculta, es la presencia de la verdadera amenaza, constituida por un personaje supuestamente ligado a organismos de seguridad norteamericanos, quien es el ejecutor de la idea, pero cuyos vínculos, y a diferencia de lo que fue la experiencia de la Unidad Popular permanecen más bien en las sombras.
Así, y si bien en las páginas de Matar al presidente existe un cadáver, lo cierto es que el crimen narrado es una interpretación de otro, especialmente cuando los ejecutores están caracterizados como otros perfectamente reconocibles: jóvenes, de situación económica acomodada e inteligencia más bien desajustada, los perfectos lacayos para introducir la bomba en una sociedad. En otras palabras, la novela de Rojas Gómez, aun jugando con la ficción nos llama la atención respecto de un fantasma que no ha sido suficientemente retirado de la casa embrujada.
En este sentido la historia de Rojas constituye una interpretación de fenómenos políticos plenamente reconocibles, pero que está situada en un segundo nivel, casi como un paisaje de sombras. Y ello porque esta historia también puede verse como ya lo anticipara, en un pretexto para entregar la voz a Pepe Ortega y a lo que este tiene que decir. Con simpleza, sin aspavientos ni ruido de fondo, Ortega va tirando unas reflexiones que el lector no dejará pasar. Véase, entre otros, los capítulos 3 y 18 en los que el periodista se hace las preguntas que todos los seres humanos nos hemos hecho o nos haremos en algún momento y arriba a su interrogatorio las respuestas más simples que son siempre las verdaderas.
En cuanto a la intriga o la resolución del conflicto, y como muchas de las mejores novelas policiales, no debe esperarse, pues no lo hay, un final en que el asesino es conducido esposado a la prisión porque no lo encontrará. La solución está, pero la verosimilitud de este tejido está en otro elemento que Rojas no deja pasar por alto, y es que en nuestra sociedad hay víctimas que son más víctimas que otras aunque todos seamos iguales ante la ley.
La soltura de la pluma de Antonio Rojas Gómez no sorprende. Pero, y además de la buena redacción, que siempre se agradece, merece reconocimientos en esta historia la construcción de la trama, el despliegue de la intriga a través de la voz fuertemente contenida de dos narradores; así, el que va desarrollando la historia policial lo hace con la distancia que ponen muchos de los clásicos del género, en tanto las palabras de Ortega dicen como quien deshoja margaritas, despoblando la experiencia vital de toda la grandilocuencia de la que carece.
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