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“El palacio de la luna” de Paul Auster: ascensos y caídas de los humanos CULTURA|OPINIÓN Crédito: EFE

“El palacio de la luna” de Paul Auster: ascensos y caídas de los humanos

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Roxana Monsalve González
Por : Roxana Monsalve González Profesora de castellano.
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“El palacio de la luna” en la novela es un restaurante chino común y corriente en la ciudad de Nueva York, sin embargo, es el comienzo de un enjambre de sucesos que de manera circular nos cuenta quizás nuestra propia existencia.


Los libros llegan a los lectores en el momento adecuado o cuando la voz de su pensamiento esté apta para decodificar las palabras y todo el mensaje implícito en ellas. Y esto es justamente lo que me ocurrió: leer en 2026 una novela publicada en 1989 y fue el momento preciso. Por cierto, la literatura de Auster es mundialmente conocida por su pulcritud, su léxico exquisito y por adentrarse en lo más recóndito de las conciencias.

En “El palacio de la luna”, este satélite natural de la tierra, sabe cuándo aparecer para develar secretos y cuándo ocultarse para que a nuestro protagonista, M.S.Fogg, le sea imposible salir del infierno al deconstruir su huérfana existencia, o cuando un apellido o un capítulo de su vida nos cierra la puerta al impedir unir los cabos o desentrañar las relaciones de historias enrevesadas y al instante, cerrar el libro y pensar: muchas muñecas rusas que descubrir. Pero heme aquí nuevamente repasando las últimas páginas para dejarme seducir por sus relatos de la mano esquiva del narrador.

Fogg pasa de la desidia más inoperante al trabajo más compulsivo, es su alma adolescente que lo incentiva al caos, claro que no tanto como cuando se emplea con el viejo y desconcertante Effing quien le da herramientas intelectuales y, a la vez, burdas para enfrentar el universo y casi comprender su origen.

Historias complejas se viven en las mañanas en la casa de Effing, miles de datos, de nombres, de filósofos, pintores y mucho dinero, el que jugará un papel significativo en la paupérrima existencia de nuestro desconcertado protagonista. Cierto es que para el joven Fogg no todo es tragedia y, por cierto, para el lector tampoco, pues Auster nos permite sonreír con historias en Chicago, con aventuras con su tío Víctor o con su amigo Zimmer en la vida universitaria. Existen grandes proezas en el lejano Oeste que trastocan y producen adicción, he aquí que el ritmo narrativo se acelera así como el tragar y tragar la lectura. Auster siempre Auster.

Sin duda que el amor y su miel suavizan el exiguo acontecer existencial, la salvadora y comprensiva Kitty a quien conoce en una fiesta muy freak e intenta que Fogg roce lo que se denomina humanidad. Es ella quien lo acaricia, comprende y alimenta su alma primitiva. Pero Fogg no acostumbra a quedarse en el lado luminoso de la vida, es la densidad lo que lo cautiva y se sumerge junto a su nuevo “amo” o patrón en innumerables pasajes que se insertan cual cajas chinas unos dentro de otros.

Qué léxico delicioso el de Auster, qué sensibilidad para describir los ascensos y caídas que tenemos los humanos, esta vez representados en un estudiante que no logra graduarse de individuo consciente y consistente, quien cada día crece un poquito pero que tiene que subirse a la escalera del conocimiento ajeno para atisbar quién realmente es y cómo los seres humanos nos caemos mil veces en el mismo lugar, con los mismos silogismos para casi volver al primate en que nos hemos transformado.

“El palacio de la luna” en la novela es un restaurante chino común y corriente en la ciudad de Nueva York, sin embargo, es el comienzo de un enjambre de sucesos que de manera circular nos cuenta quizás nuestra propia existencia. El lector ansiosamente recorre las páginas, las abandona, las mira de reojo para luego volver a la carga y sumirse en los episodios más alucinantes y cotidianos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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