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Del duelo al concierto
Un sistema que aprovecha todo su talento rinde más que uno que deja parte de él fuera. Entre 2022 y 2026, la Orquesta Sinfónica Nacional pasó de una a seis directoras, y los programas dirigidos por mujeres en las orquestas profesionales de Santiago subieron de 2 a 14.
En 1995 asistí en Beijing a la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de Naciones Unidas, donde 189 países acordaron la agenda de igualdad de género que, tres décadas después, sigue siendo la referencia en el mundo. Un año después fui una de las organizadoras de Las Cuatro Caras de la Mujer, un encuentro en India que prolongó esa conversación y reunió durante una semana a 300 mujeres de 42 países. Llegamos con idiomas, oficios y biografías muy distintas, y al cabo de esos días habíamos construido algo que ninguna habría alcanzado por su cuenta, una manera común de mirarnos y de reconocer nuestras capacidades. De esa semana nació el modelo del mismo nombre, con el que he trabajado desde entonces en más de 60 países, y también una convicción que la experiencia me viene confirmando porfiadamente. Cuando las mujeres trabajan juntas, el mundo se alivia, ya que aflora el instinto más humano, la competencia cede y brota la colaboración.
Hay transformaciones que mejoran la vida de todos y que, sin embargo, no ocurren por inercia o casualidad. Requieren voluntad, inteligencia y creatividad para desplegarse. La presencia de mujeres en la dirección orquestal pertenece a esa categoría de cambios. El talento existe desde hace mucho tiempo y necesita espacios suficientes para formarse, mostrarse y proyectarse.
En los años que he vivido en Chile he aprendido que el talento responde a las condiciones en que se desarrolla. Cuando los lugares disponibles son pocos, quienes aspiran a ocuparlos tienden a medirse entre sí, y esa lógica, comprensible en un medio estrecho, lleva a que muchas personas valiosas trabajen aisladas o se queden en el camino. Cuando esos espacios crecen, las mismas personas descubren que pueden aprender unas de otras y que el logro de una abre camino a la siguiente. La tarea, entonces, consiste en ampliar lo que el medio puede ofrecer, para que nadie tenga que disputar lo poco que hay.
Con esa idea creamos en Vibra Clásica, en 2022, el HUB de Directoras de Orquesta, liderado por Alejandra Urrutia. El programa ofrece formación de excelencia en dirección, y su diseño atiende con el mismo cuidado a la convivencia. Durante una semana, directoras de distintos países ensayan juntas, observan el trabajo de las demás y discuten sus decisiones musicales con la franqueza que solo permite la confianza entre colegas. Las participantes trabajan conmigo el liderazgo, la seguridad y la presencia escénica, conversan con figuras internacionales de la dirección y, al terminar, dirigen -entre todas- un mismo programa en un concierto abierto al público. Esa experiencia compartida deja vínculos que continúan cuando el programa termina, y hoy más de 30 egresadas de más de 12 países forman una red profesional que prolonga lo vivido en esa semana.
La colaboración tiene además un sentido musical preciso. Quien dirige una orquesta trabaja sin instrumento, y su oficio consiste en lograr que decenas de músicos se escuchen entre sí y respiren a la vez. La autoridad en el podio se construye con preparación, escucha y confianza, cualidades que se aprenden mejor en un entorno donde las colegas comparten lo que saben en vez de guardarlo. Una directora que se formó en colaboración lleva esa experiencia a cada ensayo, y la orquesta lo percibe en la manera de trabajar la música.
La investigación sobre desarrollo muestra desde hace décadas que la formación de las mujeres beneficia también a sus familias y comunidades ya que ellas tienden a reinvertir en su entorno aquello que recibieron. En mi trabajo con mujeres de distintos países he visto que tienden a volcar en su entorno lo que aprenden, de modo que la formación de una termina por beneficiar a su familia, a sus colegas y a su comunidad. En la música vemos algo parecido: los beneficios de una mayor presencia de mujeres en la dirección alcanzan a todo el ecosistema musical. En nuestra experiencia vemos cómo los beneficios de una mayor presencia de mujeres en la dirección alcanzan al ecosistema musical por completo. Las orquestas pueden elegir entre más directoras preparadas, lo que eleva la exigencia y, con ella, la calidad de lo que se programa. Los músicos trabajan con estilos de liderazgo más variados, y esa variedad enriquece su propia formación. El público encuentra en el escenario una imagen más cercana a la sociedad a la que pertenece, y las niñas y niños que asisten a un concierto incorporan como algo natural que una mujer pueda estar en el podio. Cada una de esas ganancias se suma a las otras y fortalece la vida musical del país.
Un sistema que aprovecha todo su talento rinde más que uno que deja parte de él fuera, y las cifras empiezan a mostrarlo. Entre 2022 y 2026, la Orquesta Sinfónica Nacional pasó de una a seis directoras, y los programas dirigidos por mujeres en las orquestas profesionales de Santiago subieron de 2 a 14.
La palabra concertar viene del latín concertare, que significaba disputar o rivalizar. Con los siglos, el español la convirtió en sinónimo de acordar, y el diccionario la usa también para nombrar el ajuste entre voces e instrumentos que suenan juntos. Su historia contiene el camino que propone el HUB de Directoras de Orquesta, que va de la competencia por un lugar al acuerdo que permite que muchas voces se escuchen a la vez. A ese acuerdo lo llamamos concierto.
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