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El día después de Dominga

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¡Hola, queridos lectores! Juego Limpio está a punto de cruzar el umbral de su tercer año. No ha sido solo un ejercicio informativo, sino también un intento persistente por leer –con ustedes– las señales de un tiempo donde el medio ambiente dejó de ser telón de fondo y pasó a ser protagonista. Hemos seguido avances, retrocesos, promesas y contradicciones, tratando de entender no solo cuáles son las reglas del juego, sino además si ese juego, tal como está planteado, permite todavía un equilibrio posible entre el desarrollo y los límites del planeta.

Porque de eso se trata, en el fondo: de sostener una pregunta incómoda pero necesaria. ¿Es viable conciliar las urgencias económicas y tecnológicas del presente con la obligación –cada vez menos postergable– de frenar el deterioro ecológico y climático? En ese borde se mueve este newsletter. Y también en esa tensión se construye, semana a semana, una forma de esperanza que no es ingenua, aunque tampoco resignada.

La temporada 2026 ya asoma. Estamos afinando detalles, ajustando tuercas, calibrando el pulso de lo que viene. Pero incluso en esta pausa breve, hay preguntas que no esperan. Y hay historias que no admiten silencio.

Dominga es una de ellas.

Porque, más allá del fallo, más allá del titular, lo que queda flotando es una sensación conocida: la de estar siempre frente a un “día después” que nunca termina de serlo. Entonces, la pregunta vuelve, inevitable:

¿Y ahora qué?

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El día después de Dominga

El fallo cayó como un golpe seco. No hizo ruido inmediato, pero reordenó el tablero completo. La Segunda Sala de la Corte de Apelaciones de Antofagasta asestó probablemente una de las estocadas más duras que ha recibido Dominga en los últimos años. No porque haya resuelto el fondo –no lo hizo–, sino porque desarmó una de las piezas clave de la estrategia judicial de Andes Iron: el intento de forzar, por la vía del cumplimiento incidental, la aprobación administrativa del proyecto.

  • La Corte fue clara. Ese camino no existía en la ley. No había una sentencia que reconociera derechos suficientes para exigir su ejecución. Y, más aún, el Tribunal Ambiental de Antofagasta había ido más allá de sus atribuciones al ordenar, en los hechos, que el proyecto se aprobara. Ese gesto, que parecía técnico, terminó siendo decisivo. Porque en Dominga, como pocas veces, la forma es fondo.

El efecto es concreto. Hoy, el proyecto vuelve a figurar como “rechazado” en el sitio del Servicio de Evaluación Ambiental. El tiempo retrocede hasta el segundo rechazo del Comité de Ministros, durante el Gobierno de Gabriel Boric. La resolución que abría una rendija para el avance del proyecto queda invalidada. Y con ello, se agota –al menos por ahora– la vía administrativa y ministerial bajo este diseño legal.

Para Andes Iron el escenario se estrecha. No es una herida de muerte, pero sí una que obliga a recalcular.

La empresa ha intentado instalar que Dominga es hoy el símbolo de la “permisología”, un caso donde la burocracia bloquea la inversión. Pero la trayectoria del proyecto cuenta otra historia: en casi todas las instancias previstas por la ley, la evaluación ambiental ha sido desfavorable. Ha sido la judicialización –impulsada por la propia compañía– la que ha mantenido vivo el expediente.

Y es precisamente ahí donde recibe el golpe más profundo.

¿Qué viene ahora? En el horizonte asoma la Corte Suprema, como tantas otras veces. Es probable que la empresa recurra de casación, buscando revertir el fallo. Pero el máximo tribunal ya ha sido consistente: mientras existan recursos pendientes, no se considera a sí mismo como la última instancia. La puerta está entreabierta, pero no necesariamente conduce a una resolución definitiva.

El problema es más estructural. Dominga no es solo un proyecto en disputa; es también el reflejo de un sistema que permite que los conflictos se prolonguen indefinidamente. La secuencia se repite: rechazo, judicialización, anulación, retroceso. Un loop donde cada fallo parece decisivo, hasta que deja de serlo.

  • En Punta de Choros, en Isla Damas y en Chañaral de Aceituno –donde late el corazón del Archipiélago de Humboldt– el fallo se siente como un respiro. No es celebración, es alivio: una bocanada de aire limpio en un lugar donde se temía, hace no tanto, que entrara humo.
  • En las oficinas de Andes Iron, en cambio, se lee como un revés que obliga a recomponer la jugada, a volver a mirar el tablero. Y en los tribunales, Dominga sigue siendo lo que ha sido por años: un expediente abierto, una historia que aún no encuentra cierre.

Porque si algo deja claro este “día después” es que Dominga sigue en juego.

No está muerto. Pero tampoco está avanzando.

Está, como ha estado por más de una década, suspendido. Entre el mar y la minería. Entre la institucionalidad ambiental y sus grietas. Entre decisiones que parecen finales y procesos que, una y otra vez, vuelven a empezar.

La pregunta ya no es qué dijo este fallo.

La pregunta es cuánto más puede sostenerse esta historia. El triunfo parece estar en quién resiste más.


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