Opinión
AgenciaUno
Qué se hace ante la fatiga del relato, la conducción y los recursos
Conducir exige mirar allende el círculo de los propios. Gobierna quien busca lo que necesita más allá de los límites conocidos, de su pequeño credo. “Relato” merece decirse recién cuando puede convertirse en destino compartido.
Al gobierno le está faltando lo imprescindible en un período de alta inestabilidad: relato y conducción. Una visión nacional reconocible y la capacidad de llevarla a los hechos.
Tras siete meses, del presidente, sus ministros políticos y del segundo piso no se obtiene respuesta a la pregunta elemental: ¿qué Chile construir?
Hay balbuceos, consignas de coyuntura, pero no consta una comprensión del país, la ciudadanía y su territorio.
El grupo que supo ganar elecciones exhibe ineptitud severa al gobernar. Su encierro social es un límite intelectual exasperante: cree entender a la nación porque reconoce los intereses de su propio medio.
El pueblo, su vida, sus trabajos, sus provincias, sus angustias desbordan esa comodidad.
Los registros de costos jamás han engendrado por sí solos un destino.
Hubo un semestre entero en el cual todo fue Hacienda. La seguridad se diluyó entre el silencio de Steinert y los crasos errores de Arrau. La frivolidad de jóvenes ricos aparenta devolvernos una mueca del Frente Amplio: desenvoltura para jugar con consecuencias que otros padecen.
Aquella etapa se concentró en las cuentas públicas, hasta que también allí la escasez de dinero nos sume en la parálisis.
Sin proyecto político, sin agenda, sin recursos económicos, entramos en una zona de alto riesgo.
Es prudente saberlo. Importa a todos que la institucionalidad se sostenga y acierte. Su fracaso lo pagan todos, primero, quienes carecen de refugios ante el desastre. Y es en todos los sectores donde faltan relato convocante, capacidades conductoras y recursos disponibles.
Evitar la ingobernabilidad demanda apurar el abandono del cálculo. Probablemente harán falta nuevas alianzas, reemplazos de personal y renuncias previamente a lo pensado.
Ya no se ve suficiente siquiera un cambio de gabinete: la fatalidad del gobierno se ciñe incluso sobre los ministros sectoriales más competentes, como De Grange y Poduje, hostigados agotadoramente.
Este octubre no será el de 2019. Pero, sin correcciones, 2027 puede volverse otro año de temer. Un riesgo real por Chile.
El patriotismo más básico exige adelantar los planes de colaboración y deponer pretensiones menores: de levantar pre-campañas o partidillos sobre las ruinas del vecino; o de perseguir rastreras prebendas.
Consta una existencia común que preservar antes de repartir sus despojos. Ella es, en muchos sentidos, nuestro único -apaleado pero hermoso- lugar en el mundo.
Hoy corresponde completar decentemente la reforma política: reducir la fragmentación con un umbral electoral de al menos el 5 por ciento, quizás mayor aún; asegurar partidos disciplinados y fortalecer los medios de acción recíproca entre los tres poderes. La dispersión parlamentaria convierte cada urgencia en oportunidad de chantaje o corrupción.
La República necesita instituciones eficaces. Hoy, hoy urgen acuerdos transversales de Estado: en seguridad, defensa y productividad. Los manda un patriotismo mínimo, pues la paz ha de ser asegurada, protegido el trabajo y sostenido aquello que nos da de comer.
Patria deviene fórmula cuando se desatienden las bases materiales de su autarquía.
Hoy, hoy es menester modificar la miserable Escuela que malforma a nuestros niños y reproduce una desigualdad irredimible. Aprender a leer, pensar y transformar fructíferamente el mundo constituye una exigencia tan primordial como vivir con sentido. La ignorancia estriñe la consciencia y la existencia.
Y en este momento, justamente a esta hora, debe abrirse el gobierno a colaborar con quienes poseen aquello de lo que él carece: una visión nacional densamente consciente de la historia, del momento epocal dramático que transitamos; atenta al pueblo y al territorio. Conducir exige mirar allende el círculo de los propios. Gobierna quien busca lo que necesita más allá de los límites conocidos, de su pequeño credo. “Relato” merece decirse recién cuando puede convertirse en destino compartido.
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