Fernando Gómez: “La amenaza al empleo no es la IA, sino quien sepa usarla mejor que yo”
En este nuevo capítulo de Diálogos de El Mostrador, el inversionista conocido como Mr. Chips aborda la revolución tecnológica, sus efectos en el empleo y las oportunidades para Chile. Su advertencia: la competencia entre trabajadores y capital cambiará mucho antes de que las máquinas nos reemplacen.
Fernando Gómez fue uno de los primeros inversionistas chilenos en apostar fuerte por el boom de la inteligencia artificial. Hace más de ocho años, el fundador de DVA Capital viajó a Silicon Valley, descubrió el potencial de la industria de semiconductores y decidió apostar por las compañías que fabricarían las palas y picotas de esta nueva fiebre del oro.
- La apuesta resultó extraordinariamente rentable. Pero hoy su mirada va más allá de los mercados: ¿qué pasará con el empleo, los salarios y la distribución de la riqueza?
Su respuesta desafía parte del relato apocalíptico sobre la IA. “Mi mayor problema no es la inteligencia artificial. Es alguien como yo, que esté postulando a mi mismo puesto, que use la inteligencia artificial mejor que yo”, advierte en este nuevo capítulo de Diálogos de El Mostrador.
- Para Gómez, la revolución ya comenzó, pero no necesariamente de la manera que muchos imaginan. “Hoy día la inteligencia artificial reemplaza tareas. Todavía no reemplaza individuos, prácticamente en ninguna de estas funciones”.
Eso no significa que no haya perdedores. Gómez reconoce que los primeros impactos ya comienzan a sentirse entre los trabajadores más jóvenes que buscan ingresar al mercado laboral, particularmente en empleos de oficina.
- “Donde más indicios hay de que esto podría tener algún impacto negativo es en los niveles de entrada de posiciones intelectuales, de escritorio, de jóvenes”.
La paradoja es que algunos oficios técnicos podrían terminar siendo más resistentes que profesiones universitarias tradicionalmente bien remuneradas.
Y hay una advertencia para las empresas: quedarse atrás puede ser fatal. Gómez sostiene que la IA está cambiando las reglas de la competencia. Ya no basta con preguntarse cuánto puede ahorrar una empresa automatizando procesos. También importa qué está haciendo el competidor.
- “Si mi competidor las automatiza todas, me va a quebrar igual”, señala. La adopción tecnológica deja de ser una ventaja competitiva para transformarse en una cuestión de supervivencia.
Pero quizás sus declaraciones más provocadoras apuntan a los propios gigantes tecnológicos. Gómez sospecha de algunas de las advertencias sobre los peligros de la IA que vienen desde Silicon Valley.
- “Cuando veo a la gente, sobre todo en la industria, explotar nuestros temores […] y pidiendo que los regulen, creo que también es un reflejo del temor de ellos de que esta competencia les va a hacer más difícil rentabilizar las grandes inversiones que han hecho”.
Su argumento es que la regulación también puede convertirse en una barrera de entrada. “La gran mayoría de las veces, cuando se regula una industria, se hace pensando en las grandes compañías. Y si bien eso les sube los costos, básicamente elimina la posibilidad de que los más chicos se metan a la industria”.
- No se opone a establecer salvaguardas frente a los riesgos tecnológicos, pero advierte que una regulación mal diseñada podría consolidar el poder de un puñado de empresas.
¿Y qué pasa con la histórica tensión entre capital y trabajo? Aquí Gómez plantea una tesis que rompe con la lógica tradicional de ganadores y perdedores. “Estos no son dos equipos. No es como la U y Colo-Colo. Hoy día todos, no sé si todos, pero al menos todos los trabajadores formales de Chile, somos de ambos”.
- Su argumento es que, a través de los fondos de pensiones, los trabajadores también son propietarios de capital y pueden participar de las ganancias de esta revolución.
De ahí su apuesta por democratizar la propiedad. “Creo que esa propiedad, que llamamos la propiedad distribuida, es un gran antídoto para controlar muchos de los problemas sociales que eventualmente podría haber”.
- Gómez cree que ampliar la participación en el capital puede ser parte de la respuesta a una revolución tecnológica que amenaza con concentrar todavía más la riqueza.
Y Chile, asegura, tiene una oportunidad. El boom de la IA exige enormes inversiones en centros de datos, infraestructura eléctrica, cobre y otros minerales estratégicos.
- “Chile está súper bien posicionado para aprovechar esto, al menos en esta etapa de crecimiento de infraestructura”, sostiene. Una ventana que, a su juicio, podría extenderse por otros 20 años. El desafío será convertir esa ventaja en crecimiento y prosperidad más allá de quienes controlan el capital.
La conversación deja una pregunta abierta: si la inteligencia artificial permite producir mucho más con menos trabajo, ¿quién se quedará con esa riqueza? Gómez confía en la competencia, la adaptación y una propiedad del capital más distribuida. Pero reconoce algo que no siempre se escucha de quienes han ganado millones apostando por esta revolución: “Creo que lo primero que hay que decir es que la realidad es que nadie sabe”.
Una conversación sobre tecnología, poder y desigualdad que invita a mirar más allá de las acciones de Nvidia y las ganancias de Silicon Valley. Porque la verdadera discusión no es solamente sobre cuánto valor creará la inteligencia artificial, sino quién tendrá acceso a él.
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