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Evangélicos, política y Estado Laico

por 23 septiembre, 2018

Evangélicos, política y Estado Laico
La religión puede aportar un discurso útil a la sociedad, interpretando el mundo y al ser humano de formas innovadoras y espirituales que aporten con nuevos significados y dinámicas sociales. Lamentablemente, en Chile el camino que han tomado los grupos evangélicos más mediáticos, matones, sospechas de delitos económicos y nepotismo de por medio, ha sido la crítica dura, la descalificación a quienes piensan distinto y la arrogancia con la que se posicionan como un parámetro moral superior. No han entendido aun que estamos en una modernidad secularizada, en un Estado laico, en un mundo diverso no solo en lo sexual y de género, en un país que a estas alturas se presenta como multicultural y plurireligioso.
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Es un hecho que, aunque existe una separación entre iglesia y Estado en la normativa chilena, la religión sigue estando presente, casi al centro de los debates políticos. Hemos sido testigos de ello no solo en Chile, sino en distintos procesos políticos que han tenido lugar en los últimos años en distintos países de América Latina, como Brasil, Colombia, Perú y Argentina. En estos países y en el nuestro, los grupos catalogados como evangélicos han sido protagonistas de las principales decisiones políticas, especialmente en torno a los llamados “temas valóricos”, los que generalmente están relacionados con cuestiones que directa o indirectamente tienen que ver con el sexo, con la recurrente excusa de la protección de la familia. Como si otro tipo de asuntos, como la corrupción política, la colusión entre grandes empresas, la delincuencia, los problemas en la educación, etc., no dañaran más directamente a las familias que las que más atraen a estos llamados evangélicos. Por supuesto, muchos dirán que esas son también cosas de las que se preocupan las iglesias evangélicas, pero curiosamente no los vemos en los debates públicos si en la prensa haciendo declaraciones sobre esos asuntos con la misma vehemencia y pasión.

Al respecto, quiero destacar tres problemas en esta discusión, entre muchos otros posibles por supuesto:

El primero, es que la expresión “evangélicos” equivale casi a un saco en el que para muchos cabe casi todo lo que no sea católico, lo que lleva a concepciones equívocas no solo respecto del mundo evangélico sino de las distintas expresiones religiosas, no solo cristianas, que conviven legítimamente en nuestro medio, a las que no se les hace justicia.

Una segunda cuestión es la arrogancia con la que algunos se atribuyen arbitrariamente la representatividad de todo el mundo evangélico y protestante por el solo hecho de organizarse, por un lado, en agrupaciones que en su nombre lleven el apellido “nacional”, aunque solo estén compuestas por unos pocos o, por otro, en organizaciones que son económicamente poderosas. Cabe destacar que del panorama religioso nacional, las iglesias evangélicas en su totalidad están un poco más abajo del 17%. De ese porcentaje es que algunos grupos, especialmente pentecostales, se arrogan la representación oficial o verdadera o se atribuyen una supuesta superioridad moral que vaya usted a saber quién les otorgó (con la violencia discursiva que intentan imponerla seguro no fue el Dios al que dicen venerar).

Por supuesto no vamos a caer en el típico discurso extremo y sin sentido, sin más solidez que la que otorgan las redes sociales, con la obsesión con la religión que caracteriza a los no creyentes occidentales, considerándola como una amenaza, llegando así al prejuicio de que el pensamiento religioso es menos racional que el secular, presuposición que tiene tanto una base política como epistemológica. En esta tendencia han caído incluso algunos intelectuales reputados. Si no le gusta la religión, bien; pero no podemos eliminarla del panorama social. El problema es más bien cómo la entendemos o qué hace el Estado con ella. Es un asunto del que los estados modernos y democráticos deben hacerse cargo.

Suele ocurrir que algunos de sus representantes se posicionan a sí mismos como la opción legítima sin mayor análisis, deslegitimando con la misma arrogancia el lugar que otros grupos tienen en el panorama religioso. Frecuente es ya la costumbre de fundamentar esa supuesta superioridad con la adhesión partidista a los gobiernos de turno. Un ejemplo claro de esto es el último Te Deum evangélico del 16 de septiembre de 2018. No voy a entrar aquí en detalles sobre la creación de este Te Deum por Augusto Pinochet en 1975, quien también inauguró la conocida Catedral de Jotabeche (vaya usted a saber por qué en un Estado laico y democrático todavía se celebran estas ceremonias como actividad oficial): las mismas personas que el año 2017 criticaron en duros términos a la presidenta Michelle Bachelet por la ley de identidad de género, hablaron de respeto y de unión frente al presidente Sebastián Piñera a propósito de la promulgación de la misma ley, demostrando una espiritualidad muy conveniente y políticamente bastante sesgada. Si el problema era la Ley de Identidad de Género y no el partidismo político de una institución religiosa ¿por qué no se hizo la misma crítica? ¿por qué se suavizaron los términos del discurso?

El tercer problema, y el más importante creo, es la cuestión relacionada con la participación de estos grupos religiosos en un Estado que se pretende laico. Aparentemente a estos señores no les queda claro que en un Estado laico la religión no es ni la primera ni la última palabra. No por el hecho de que sean religiosos, sino porque ninguna institución de ningún tipo es la primera ni la última palabra. La época en que la religión salió del centro de la vida política comenzó a quedar atrás hace ya unos quinientos años en Europa, proceso que conocemos como el paso a la modernidad. Sabemos que en América Latina el proceso fue distinto; primero porque aquí no hubo Edad Media; segundo, porque en este lado del mundo la modernidad vino acompañada de una enorme diversificación religiosa que se mantiene hasta hoy y en el cual la distintas expresiones y creencias, religiosas y no religiosas, deben convivir y el Estado debe procurar que esa convivencia se desarrolle en armonía.

En esta convivencia se debe considerar la religión como un lenguaje válido en la esfera política, considerando, pero nunca invalidando los otros lenguajes que participan del mismo medio social y político. Pensadores como el estadounidense John Rawls (con su propuesta del “consenso traslapado”) o el alemán Jürgen Habermas, afirmaron en algún momento que, en un Estado neutral, los ciudadanos religiosos deben modificar, o traducir, su lenguaje para que su discurso sea entendido por todos si querían formar parte del debate político. Por supuesto que esto no es del todo necesario; ya es conocido el caso de otro estadounidense, Martin Luther King, pastor bautista, que no necesitó modificar su lenguaje religioso para realizar una potente crítica política.

Es preferible, en este caso, la afirmación del filósofo canadiense Charles Taylor, quien afirma en primer lugar, que es necesario evitar ciertas referencias religiosas en los estados democráticos, pero porque no son compartidas por todos, no por el hecho de ser religiosas, lo que no es razón suficiente para eliminar o traducir el discurso religioso. Un ciudadano religioso o una institución religiosa pueden presentar públicamente su opinión en su propio lenguaje religioso sin problemas, siempre que se entiendan a sí mismos cómo una opción más entre muchas, permitiendo y promoviendo la sana convivencia entre las distintas formas de entender el mundo. Hay que reconocer que en grupos con estas últimas características el discurso religioso ha evolucionado considerablemente, pudiendo aportar con posibles contenidos de verdad. En segundo lugar, Charles Taylor afirma que la neutralidad implica además que el Estado no puede ser ni cristiano, ni musulmán, ni judío, etc. Pero tampoco kantiano, ni marxista, etc. (a propósito de su crítica cómo filósofo), aunque naturalmente terminará aprobando leyes que beneficien a uno u otro, lo que debiera ser bien recibido por todos en un debate en el que todos los discursos sean reconocidos como válidos, como ha ocurrido recientemente en Chile con la Ley de Identidad de género.

Por supuesto no vamos a caer en el típico discurso extremo y sin sentido, sin más solidez que la que otorgan las redes sociales, con la obsesión con la religión que caracteriza a los no creyentes occidentales, considerándola como una amenaza, llegando así al prejuicio de que el pensamiento religioso es menos racional que el secular, presuposición que tiene tanto una base política como epistemológica. En esta tendencia han caído incluso algunos intelectuales reputados. Si no le gusta la religión, bien; pero no podemos eliminarla del panorama social. El problema es más bien cómo la entendemos o qué hace el Estado con ella. Es un asunto del que los estados modernos y democráticos deben hacerse cargo.

En Chile, por ejemplo hay una Oficina Nacional de Asuntos Religiosos, creada en 2007 durante el primer gobierno de la presidenta Michelle Bachelet, a través de la que los gobiernos de turno pueden atender los asuntos antes mencionados. Según su Misión, detallada en su página web, su labor es “Representar al Gobierno frente a todas las entidades religiosas de Chile, con el fin de canalizar y responder las solicitudes o inquietudes que ellas presenten, así como asesorar al Ejecutivo en materias que se relacionen con el ejercicio igualitario de la Libertad de Culto en nuestro país”. Espero que hasta ahora ese rol se cumpla tal como se anuncia ya que las Oficinas de Asuntos Religiosos municipales, suelen convertirse en “Oficinas de Asuntos Evangélicos”, pero ese es otro problema.

Volviendo a la idea del Estado Laico, y las propuestas de Charles Taylor, el problema es, creo, olvidamos que estamos en una época secular, en la que se han diversificado las condiciones y las opciones de creencia religiosa. La modernidad trajo consigo esa pluralidad de pensamiento, posibilidad de elección y de crítica, siendo la creencia religiosa una posibilidad entre muchas, y actualmente no siempre la más elegida. La religión puede aportar un discurso útil a la sociedad, interpretando el mundo y al ser humano de formas innovadoras y espirituales que aporten con nuevos significados y dinámicas sociales. Lamentablemente, en Chile el camino que han tomado los grupos evangélicos más mediáticos, matones, sospechas de delitos económicos y nepotismo de por medio, ha sido la crítica dura, la descalificación a quienes piensan distinto y la arrogancia con la que se posicionan como un parámetro moral superior.

No han entendido aun que estamos en una modernidad secularizada, en un Estado laico, en un mundo diverso no solo en lo sexual y de género, en un país que a estas alturas se presenta como multicultural y plurireligioso (donde están incluidos por supuesto también los maltratados pueblos originarios). Con esta forma de presentarse ante la opinión pública, lejos de evangelizar (que supongo es lo que los motiva), solo consiguen la aversión de quienes piensan distinto y cierran toda posibilidad de diálogo sano, desperdiciando la posibilidad que tienen de opinar en otras materias, como la educación, la corrupción, y otras.

No estaría de más recordarles que, en el relato del evangelio, cuando Jesús expulsa a los corruptos a latigazo limpio, es precisamente a religiosos a los que expulsa y de un templo importante donde decían adorar a Dios, con claras y cerradas normas morales y religiosas.

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