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Las máscaras Opinión

Las máscaras

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Fredy Cancino
Por : Fredy Cancino profesor de historia
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Es tiempo de dejar las máscaras de la intransigencia política, de la dureza impostada para el aplauso de tu galería. Chile necesita de grandes acuerdos construidos con la sinceridad de aquellos que aman los valores de la República y la democracia.


Se trata de la pintura Cobertura de retrato, atribuida al renacentista Rafael Sanzio. En ella se figura una máscara rodeada de alegorías bajo una bien visible frase en latín: Sua cuique persona, es decir, “Cada uno tiene su propio personaje”. Ahora que ya ha pasado el tiempo de la saga comunicacional que se hizo de las ceremonias fúnebres dedicadas al expresidente Piñera, podemos escribir sobre aspectos no tocados, ciertamente no escondidos, que incitan nuestra reflexión. 

Rememorando las imágenes que profusamente la televisión –al unísono– descargó esos cinco días, hemos centrado la atención en los singulares personajes que en uno u otro momento fueron rostros en el velatorio, en el funeral, en la sepultación del exmandatario y en los variados lugares donde fueron interpelados por las cámaras de, a menudo, ansiosos periodistas. ¿Qué fue todo ese despliegue comunicacional?

Fue una exhibición de la política, en su más pura representación hecha de símbolos y personajes.

No podía ser de otra manera. Sebastián Piñera fue uno de los protagonistas estelares de la política posdictadura, moldeando la derecha acorde con los nuevos tiempos de la democracia, impulsando su personal agenda liberal y, sobre todo, protagonizando desde La Moneda los momentos más álgidos –y peligrosos– de la vida democrática e institucional de Chile. A excepción del homenaje de los mineros rescatados en 2010 y de otras manifestaciones ajenas a la política, fueron hombres y mujeres de todo el espectro político quienes ocuparon las pantallas y páginas de los medios chilenos.

Pensamos en ellos como personajes y máscaras para la ocasión. Entendámonos, no hacemos un juicio peyorativo y menos moralista; la máscara es un objeto significativo, indispensable en la vida social, en la política, en la diplomacia, hasta en la vida familiar y laboral. La máscara puede disimular pasiones corrosivas o mostrar empatía y comprensión, aunque ello no sea la esencia de quien la porta. De otro modo, la convivencia entre naciones y seres humanos sería aún más espinosa de lo que ha sido y es.

Pensamos en Camila Vallejo, y en las ministras FA-PC, y en cuán incómodo fue para ella el personaje que debió, por razones de Estado, interpretar cuando hacía la guardia junto al féretro del otrora detestado político. Y comprendemos su repentina dolencia al otro día que explicó su ausencia en el funeral. Ese fue su momento más sincero. 

No osamos, sería irresponsable, nombrar máscaras de pesar en los tantos políticos de derecha que se alternaron ante los micrófonos y cámaras, pero es razonable pensar en legítimas segundas intenciones ante el vacío de poder que deja la partida del líder natural del conglomerado, aquel que aun sin cargo alguno podía ordenar la derecha, elevar dirigencias, influir de algún modo en el próximo escenario de la política nacional. ¿Quién o quiénes recibirán su decisivo legado político? Es una pregunta que seguramente comenzará a agitar el debate en la derecha y que inquietará al Socialismo Democrático, visto el rol facilitador que Piñera jugó en la política de los acuerdos.

En los sectores radicalizados de todas las pintas, no hubo máscaras, más bien pintura de guerra ante la muerte del exmandatario. Su tam-tam se repitió profusamente en las redes sociales, repitiendo una y otra vez memes caricaturescos y a veces ruines, como situar en una balanza las muertes de los incendios de Valparaíso y la de Sebastián Piñera; aunque también hubo ponderados razonamientos que se levantaron frente a lo que consideraban un exceso de alabanzas mediáticas, olvidando las zonas de sombras que sin duda tuvo Sebastián Piñera en su larga vida política y empresarial.

El Presidente Boric, como habría hecho cualquier mandatario, vistió los paños de la máxima autoridad en el trance de funerales de Estado; sin embargo, fue más allá de la recta vestidura protocolar. El largo abrazo a la viuda y el caminar junto a ella tras el féretro recién arribado a la capital, no fue una máscara ocasional. En innumerables ocasiones Boric ha demostrado una genuina empatía con el dolor (o la alegría), al contrario de tantos que hacen de la empatía más una virtud políticamente correcta que un sincero sentimiento propio. Su discurso posterior en la ceremonia de velatorio en el ex Congreso fue una notable pieza de aprecio de los valores democráticos del otrora adversario y de reconocimiento de errores en la oposición de los suyos que “fue más allá de lo justo y razonable” frente al exmandatario en los días del estallido social. Concluyó expresando que el sentarse en el sillón de O’Higgins (fue la expresión suya) comprendía mejor el respeto y la tolerancia por las ideas de los otros. Sin duda fueron palabras honestas, pues fueron pronunciadas a sabiendas de que abrirán riesgosos flancos en su propia coalición de gobierno. 

De ese mensaje se desprende que es tiempo de dejar las máscaras de la intransigencia política, de la dureza impostada para el aplauso de tu galería o los likes (“me gusta”) de tus seguidores en las redes, actos que atizan conflictos infértiles. Chile necesita de grandes acuerdos construidos con la sinceridad de aquellos que aman los valores de la República y la democracia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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