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¿A quién le importa Luisa Durán?
Bajo la corteza de las apariencias duermen fuerzas que ningún orden superficial puede contener para siempre. No lo digo con ánimo profético, sino histórico: si nadie despierta, despertará el pueblo. Y cuando este despierta, los meros rostros se desvanecen, a veces condenados a la mueca del horror.
La vida política del país pasa por una crisis. Se acumulan los signos de la decadencia, que, repitiéndose, ya operan como advertencias que nadie parece querer advertir. Aquí van algunos:
- La legitimidad de las instituciones se halla en el suelo (con el Congreso a la cabeza).
- La productividad del país viene estancándose desde hace décadas.
- El aumento en la inseguridad y la presencia de delitos de alta violencia.
- La desaparición del pensamiento más reflexivo y profundo en los partidos políticos, junto a su fragmentación y al privilegio de proyectos personales.
- Una crisis migratoria que se vuelve inmanejable.
- El deterioro del sistema educativo, que se expresa en un magisterio que, salvo excepciones, va de mediocre a pésimo. Carecemos de cuadros preparados para enseñar a extraer del mundo su encanto, a transformar la realidad con eficacia
- La corrupción que se expande por las diversas instituciones.
- Para detener aquí la lista, que es más larga (sino, piénsese en la sequía, el centralismo, el sistema de salud público): las candidaturas presidenciales se limitan a plantear series de medidas, gestos, pero carecen de una visión nacional diferenciada. Ahora último, al show electoral se le ha sumado una nueva moda: de las reuniones de apoyo.
- Quizás me equivoque, pero tiendo a pensar que es altamente probable que las reuniones que están teniendo Kast y Jara con figuras políticas o simbólicas (como Frei, el clan Piñera, Bachelet o ahora Luisa Durán), no se destaquen particularmente por la profundidad política de las conversaciones, por su densidad ideológica o por la integralidad y pertinencia de visiones comprehensivas de la República y su futuro.
Tal vez estoy pensando mal. Pero nada de eso se deja descifrar de entre lo que percibimos. Al menos, nada de eso ha sido destacado por los candidatos y la prensa y los involucrados. Lo que parece eminente es la foto, el puro y simple hecho de estar juntos dos individuos para ser registrados por cámaras y micrófonos. Las “comidas de adhesión” del pasado son, posiblemente, mucho más provechosas que estos encuentros desaliñados, que se realizan incluso en horarios improbables.
Una parte meramente anecdótica es la que se lleva la parte más importante del hecho descrito. Y, claro, la imagen o el registro con el “rostro”, para subirlo a las redes y darle likes y expandir el vacío que crece y crece arrasando esperanzas de un futuro bienaventurado.
Si la TV cayó en su época la horrible tentación de los “rostros”, la política ahora muestra su decadencia, quedando reducida, en un modo importante, al “rostro”. Algo parecido hizo Parisi y el “rostro” de “La abuela”, en su tiempo también “rostro” de TV. Claro que, en este caso, el “rostro” posee capacidades de exhibición destructiva que, probablemente, Parisi desestimó.
Así estamos.
Pasamos, de pronto, de la política ideológica a la política de “rostros” y de expresidentes y expresidentas y parejas o viudas de expresidentes que se prestan gratuita y graciosamente para el show que desde el otro lado arman candidaturas que han caído al nivel rasante.
Después surge la preocupación por la pérdida de adhesión a los partidos y liderazgos políticos.
Sin quererlo, los candidatos presidenciales contribuyen con lo que debieran estar preocupados de superar: la banalización de la política, la falta de pensamiento político diferenciado, la distancia creciente entre las fallidas élites (la oligarquía) carentes de una visión nacional robusta, y el pueblo, el conjunto de los ciudadanos y ciudadanas que debiesen brindar su apoyo, más allá de las diferencias, a un sistema político responsable.
En las épocas ascendentes de nuestra política (las décadas de Prieto, Bulnes, Montt o de los liderazgos presidenciales de Pinto a Balmaceda; la época de la Concertación), rigió la sobriedad en las formas y el argumento en el fondo. Adquirían más importancia los contenidos que las exterioridades, la sustancia que los accidentes, la visión del país respecto de las anécdotas. En cambio, para las épocas de crisis priman la frivolidad, la cháchara, el escándalo, lo estruendoso, la pachotada, el “rostro”, al final, el “rostro” como momento eminente de las formas o apariencias.
Gabriel Boric es un síntoma en sí mismo. El joven revolucionario o proto-revolucionario, que iba a perseguir al presidente saliente, que venía a cambiar de raíz las cosas, el orden burgués, termina su gobierno de tal suerte que lo que prevalece de él son los pañales, su hija y su nueva casa. No hay nada malo en eso, en principio, sino al contrario. Pero tanta humanidad privada del presidente no es lo que se desea cuando el orden político, social y económico se hunde. Me viene a la cabeza la “Canción en harapos” de Silvio Rodríguez y pienso en los jóvenes que ya perdieron la juventud que nos gobiernan y en la suma de síntomas, en la desazón general.
Hay un aire que debe ser parecido a cuando la oligarquía parlamentaria vociferaba mientras el país acumulaba rabia y presión; a cuando las grandes familias exhibían sus lujos en sus mansiones de Santiago o París, cuando afuera de sus casas a la fuerza que se agregaba, y no sólo en las ciudades con sus crecientes barriadas pobres, también en las minas del norte. ¿Qué resulto de todo aquello, de la llamada Crisis del Centenario?
Preguntarlo no es baladí, porque las consecuencias fueron dolorosas y extensas. Hubo estallidos, en el norte, en Santiago. Estallidos sociales con muertos, decenas, centenares de muertos. Y estancamiento productivo y frivolidad en la base de un deterioro general del país. De él sólo se consiguió salir gracias a Alessandri (con sus muchos muertos a cuestas) e Ibáñez (y una fuerza creadora y reformista que resulta apabullante para nuestro presente).
Cabe preguntar, entonces: ¿quién nos sacará de la Crisis del Bicentenario? ¿Cuánto queda para su final? ¿Dos décadas de revueltas e inestabilidad? ¿Vendrá un nuevo estallido? ¿Tendremos que esperar hasta que se acumulen los muertos, para que el sistema político recién consiga parir las ideas, las grandes reformas y los liderazgos nacionales que logren poner a la institucionalidad, al país, a la altura de la época presente?
Bajo la corteza de las apariencias duermen fuerzas que ningún orden superficial puede contener para siempre. No lo digo con ánimo profético, sino histórico: si nadie despierta, despertará el pueblo. Y cuando el pueblo despierta, los meros rostros se desvanecen, a veces condenados a la mueca del horror.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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