Opinión
Manuel Montt
De Montt a Kast: en busca de la legitimidad histórica
Tras dos guerras civiles Manuel Montt entregó el poder a un candidato que no pertenecía a sus filas, José Joaquín Pérez, quien inició un ciclo de modernización de signo progresista, al menos hasta 1891. El monttvarismo no fue solo autoridad y represión, sino también transición y apertura controlada.
Toda coalición que accede al Gobierno enfrenta una tarea inmediata: legitimarse más allá del resultado electoral. Para ello no basta con un programa ni con la promesa de eficiencia administrativa, pues se requiere un relato histórico que otorgue sentido, continuidad y proyección al proyecto político. Gobernar es también narrar: inscribirse en una herencia, entroncar en una tradición y fijar un horizonte de normalidad.
La coalición que asumirá el poder en marzo parece haber encontrado esa figura muy atrás en la historia republicana, al vincular su idea de “Gobierno de emergencia” con Manuel Montt. El paralelo, señalado por Gonzalo Rojas Sánchez en diversas intervenciones, busca tender un puente entre el programa de José Antonio Kast y un presidente decimonónico asociado al orden, la autoridad y la reconstrucción institucional tras el conflicto.
Más allá del talante conservador compartido, el punto de convergencia radica en una noción específica: la libertad en el orden. Esta fórmula vuelve a entusiasmar a sectores que perciben el presente como un tiempo de amenaza y descomposición. Que esta derecha mire tan lejos en el pasado no es erudición, sino una decisión política: el siglo XX resulta incómodo como fuente de legitimación.
No pueden –ni quieren– presentar a Kast como un nuevo Sebastián Piñera, su gran antagonista, ni tampoco vincularlo directamente con Pinochet, asociación que cerraría cualquier aspiración de mayoría. Los presidentes Alessandri quedan igualmente fuera del panteón simbólico, demasiado ligados a una cultura de acuerdos parlamentarios que hoy es presentada como signo de debilidad. Tampoco el período del auge salitrero resulta útil: su parlamentarismo deformado es leído como decadente e ineficaz.
En ese descarte sistemático, Manuel Montt emerge como una figura funcional: un gobernante fuerte, capaz de imponer el orden sin romper del todo los marcos de la legalidad institucional. Montt ofrece así una fuente de inspiración histórica para una derecha que aspira a un gobierno autoritario, pero cuidadosamente inscrito en la institucionalidad republicana.
Sin embargo, aquí se abre una paradoja que puede desvirtuar totalmente el paralelo buscado. Manuel Montt no fue solo un conductor del orden, sino también un constructor de un Estado fuerte: amplió la educación pública, fortaleció la administración, sentó las bases de los ferrocarriles, impulsó grandes proyectos de desarrollo regional e industrial. Todo ello bajo la coherencia y estabilidad del nuevo Código Civil de Andrés Bello. Nada de ese estatismo modernizador aparece en el programa de Kast, mucho más inspirado en la motosierra destructiva de Javier Milei.
Si ese es el relato que se intenta instalar, surge la pregunta por sus otros protagonistas. ¿Quién será el Antonio Varas de Kast, el arquitecto institucional del nuevo ciclo? ¿Y qué lugar ocupará la oposición dentro de este guion?
Recordemos que los grandes antagonistas de Montt fueron Francisco Bilbao y Santiago Arcos. La literatura los reinterpreta en Martín Rivas, la novela de Blest Gana, que muestra a una juventud rebelde que desafía el Gobierno de emergencia monttvarista. Martín sobrevive al fracaso insurreccional y se incorpora a la movilidad social mediante su matrimonio con Leonor Encina, símbolo de la aristocracia. Muy distinto es el destino de quienes no transaron, como Rafael San Luis, el líder exaltado que persiste en la revuelta y sucumbe en las calles, aplastado por la represión oficialista.
Conviene recordar que tras dos guerras civiles, Manuel Montt entregó el poder a un candidato que no pertenecía a sus filas, José Joaquín Pérez, quien inició un ciclo de modernización de signo progresista, al menos hasta 1891. El monttvarismo no fue solo autoridad y represión, sino también transición y apertura controlada.
Esa dimensión resulta incómoda para quienes hoy invocan a Montt como emblema de un Gobierno de excepción permanente. La historia, incluso cuando se la instrumentaliza, no se deja reducir del todo. Y quizá allí resida la mayor tensión del relato actual: en la dificultad de controlar los límites que el pasado impone al presente.
Porque gobernar desde la historia implica siempre un riesgo: que el pasado, convocado para legitimar el poder, termine recordando aquello que se preferiría olvidar.
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