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Yo, humano
Si no actuamos ahora para anticipar y distribuir de manera equitativa sus costos y beneficios, la IA puede convertirse en un potente catalizador de descontento social. En ese vacío prosperarán discursos populistas anti-IA, que encontrarán en esta tecnología un enemigo ideal.
Arturo era un ser humano que se crió y se desarrolló en la época dorada de la inteligencia artificial. Con una inclinación natural por las matemáticas, cargaba, sin embargo, con un defecto: era perfecto. Su capacidad intelectual le permitía ejecutar cualquier tarea con una precisión absoluta, sin error ni vacilación. Tal vez por eso pasó toda su vida intentando que el mundo lo reconociera como lo que no era: una inteligencia artificial.
Suena absurdo, ¿no? Pero la historia original es exactamente la inversa. Andrew, el androide defectuoso imaginado por Isaac Asimov y popularizado décadas más tarde en el cine como El hombre bicentenario, dedicó su existencia a demostrar que, pese a haber sido creado como máquina, merecía ser considerado humano. En esa inversión –un robot que anhela humanidad, un humano que aspira a ser máquina– se revela una pregunta que Asimov planteó hace más de medio siglo y que hoy vuelve con una urgencia inédita: ¿qué es, en último término, lo que nos hace humanos?
Durante décadas, la respuesta parecía obvia. La creatividad, el error, la emoción, la imperfección eran territorios exclusivos de lo humano. Hoy, sin embargo, ese valor diferencial se encuentra cada vez más en disputa. A medida que les delegamos a las máquinas la opción de crear y decidir, la frontera que separaba lo humano de lo artificial deja de ser nítida y se transforma en un espacio borroso y profundamente político.
Nuestro país enfrenta desafíos inéditos en múltiples dimensiones. En la reciente elección presidencial, los temas que dominaron la agenda pública fueron, sin duda, la seguridad y la migración. Sin embargo, si desplazamos la mirada hacia el mediano y largo plazo, resulta importante tomarnos en serio el cambio sociopolítico que provocará la inteligencia artificial. Se trata de una transformación que va mucho más allá de la proliferación de textos con guiones largos o emojis fuera de lugar. Su adopción es, en gran medida, inevitable, dado su potencial para reconfigurar prácticamente todas las áreas de la vida social y política.
Si no actuamos ahora para anticipar y distribuir de manera equitativa sus costos y beneficios, la IA puede convertirse en un potente catalizador de descontento social. En ese vacío prosperarán discursos populistas anti-IA, que encontrarán en esta tecnología un enemigo ideal sobre el cual proyectar frustraciones económicas y políticas largamente acumuladas.
Es plausible que este malestar emerja primero en territorios rurales o con industrias altamente especializadas, donde la dependencia de una sola matriz productiva –como la forestal o la agrícola– es particularmente marcada. Allí, quienes han dedicado su vida a un oficio verán cómo una máquina con capacidad de resolución de tareas que rozan la perfección comienza a reemplazar aquello que durante generaciones definió su identidad y su lugar en la sociedad.
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