Publicidad
La estrategia internacional de Trump y el multilateralismo que viene (Primera Parte) Opinión

La estrategia internacional de Trump y el multilateralismo que viene (Primera Parte)

Publicidad
Héctor Casanueva
Por : Héctor Casanueva Investigador del IAES, Universidad de Alcalá y Coordinador de la Cátedra de Prospectiva y Relaciones Internacionales del IEI, Universidad de Chile
Ver Más

La protección de los propios derechos no puede servir como coartada para tolerar la negación sistemática de la dignidad en otros lugares.


La intervención militar en Venezuela ordenada por Trump y la captura de Nicolás Maduro, constituyen una acción anunciada y plenamente coherente con la estrategia de seguridad nacional (NSS2025) publicada a principios de diciembre por la Casa Blanca. Lo que no significa que lo sea con respecto al derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas. Estas acciones, que se están sucediendo desde la última intervención en Irán, no son sin embargo consistentes con las promesas de campaña de Trump, y la estrategia completa, de mantenerse esta dinámica de intervenciones unilaterales (por ejemplo, pueden seguir ahora Cuba, Nicaragua, etc.), tampoco lo es.

Una estrategia coherente pero insostenible en el largo plazo

La nueva estrategia nacional de seguridad (NSS2025) difundida a principios de diciembre por la administración Trump es coherente y operativamente viable al definir fines alineados con medios, pero no es sostenible en el largo plazo. El entorno global no comparte sus principios, prioridades ni métodos –como ha quedado claro en estas semanas con la reacciones contrarias que ha producido (exceptuando la complacencia de Rusia) en los principales núcleos de poder geopolítico y en su principal competidor, China, y en regiones sistémicamente relevantes como América Latina y África–.

Estados Unidos no es autosuficiente y necesita del mundo, y Trump al preferir la vía del unilateralismo tendrá que imponer su estrategia constantemente para cumplir sus promesas, proteger la economía, la expansión sin regulación de sus empresas, especialmente las tecnológicas conocidas como las “Magnificent Seven” (Meta, Alphabet, Tesla, Microsoft, Nvidia, Apple y Amazon), y asegurar internamente empleos, precios bajos y bienestar social.

Una ecuación basada en la lógica del América First, el pragmatismo y la doctrina Monroe 2.0, puede funcionar temporalmente sin consenso internacional, porque no depende de normas compartidas, no exige cooperación altruista y se apoya en su poder de superpotencia militar, tecnológica y económica. Pero acelera la fragmentación, incentiva la autonomía estratégica de otros, debilita instituciones multilaterales que reducían costes y normaliza la lógica transaccional, multiplicando a la larga los puntos de conflicto.

Contribuye así al surgimiento de un orden global en el que le resultará cada vez más caro sostenerse. EE.UU. pagará siempre el precio de ese orden, porque los demás solo se adaptan tácticamente, o se resisten o compiten. Ese coste es insostenible a largo plazo incluso para una gran potencia. Cuanto más se debe imponer una estrategia, se vuelve menos estratégica y en el largo plazo está destinada a fracasar, no por incoherencia, sino por fatiga. 

El multilateralismo irrenunciable, incluso para la estrategia de Trump

Estados Unidos necesita, por lo tanto, sí o sí de un sistema multilateral basado en consensos básicos, un orden normativo como el que propugna y sostiene la UE, cuyos fundamentos Trump, Vance y Cía. desprecian, pero al que deberá adaptarse. Le resultará difícil mantenerse con solo la lógica del reparto de poderes hegemónicos en zonas de influencia, que Trump tampoco hasta ahora respeta, pues incursiona todos los días en áreas sensibles más allá de su declarada zona de exclusión.

Hay que dar por hecho que Estados Unidos, incluso si el trumpismo no continuara en la Casa Blanca después de Trump, no volverá a asumir el rol que tuvo en el sistema internacional hasta la década pasada. Entraremos en una era de competencia y equilibrios precarios basados en la fuerza. La pregunta es, aún en esta lógica, ¿qué tipo de multilateralismo es imprescindible, necesario y posible, para asegurar que el mundo no termine estallando, ya sea por enfrentamientos de tipo nuclear, por conflictividad social local o transnacional, o por el riesgo existencial del cambio climático? 

Durante décadas, el orden internacional se ha sostenido en una combinación imperfecta pero funcional de poder, normas e instituciones, un equilibrio que ha funcionado y permitido grandes avances en bienestar para la población mundial, faltando por cierto mucho por avanzar.

La lógica de este orden ha sido la responsabilidad compartida por el destino de la humanidad, la cooperación y el desarrollo que produce paz, estabilidad y beneficia directa e indirectamente a todos. Pero esta lógica se ha erosionado paulatinamente y su principal gestor y sostenedor la ha abandonado.

El rasgo central del escenario emergente es el retroceso de lo normativo como eje del orden global, en el que las grandes potencias compiten por asegurar posiciones estratégicas, controlar cadenas de suministro críticas y gestionar riesgos existenciales.

Estados Unidos, China, la Unión Europea, India y Rusia ejercen influencia, pero ninguno puede estructurar por sí solo un consenso global duradero. Incluso la competencia más realista necesita mecanismos de arbitraje, procedimientos compartidos y espacios donde las tensiones puedan ser procesadas antes de escalar. Un mundo interdependiente requiere instituciones capaces de absorber shocks, gestionar riesgos y sostener mínimos compartidos de previsibilidad.

A ello se suma un elemento que no desaparecerá, por más fragmentado que sea el orden internacional: la conciencia moral frente a las violaciones graves de los derechos humanos. En una era de comunicaciones universalizadas, no es posible hacer la vista gorda sin costos políticos, sociales y humanos. La protección de los propios derechos no puede servir como coartada para tolerar la negación sistemática de la dignidad en otros lugares. Más allá de las instituciones y los equilibrios, esta es una cuestión de humanidad que trasciende fronteras y modelos políticos, y cuya negación debilita, en última instancia, la estabilidad del sistema que se pretende preservar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad