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Derecho Internacional o coartada moral Opinión

Derecho Internacional o coartada moral

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Manuel Razeto Barry
Por : Manuel Razeto Barry Abogado de la Universidad de Chile
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En este marco, la captura de un presidente extranjero –dictador o democrático– deja de percibirse como una ruptura del orden jurídico internacional y se presenta como un acto de justicia moral.


  1. La acusación moral como tecnología de exclusión

La traducción moral del conflicto convierte al adversario en una figura del mal antes que en un actor político. En el caso venezolano, la etiqueta de “narcoterrorismo” aplicada a Maduro no describe hechos verificables, sino que lo desplaza del campo de la soberanía estatal y lo sitúa en el imaginario reservado para amenazas criminales. Este movimiento despolitiza la disputa y clausura la posibilidad de reconocer al otro como interlocutor legítimo, instalando una lógica binaria donde cualquier matiz aparece como complicidad con el mal.

Una vez que el conflicto ha sido traducido al registro moral, las instituciones que median desacuerdos –diplomacia, sanciones graduadas, foros multilaterales– pierden legitimidad. Negociar con un actor presentado como criminal absoluto se percibe como traición ética y la proporcionalidad deja de ser relevante. El multilateralismo aparece como un obstáculo frente a la urgencia moral, lo que favorece acciones unilaterales y una política exterior orientada al castigo más que a la regulación jurídica.

  1. La excepción permanente como horizonte operativo

La traducción moral del conflicto habilita un régimen de excepción que deja de ser temporal y se vuelve estructural. Bajo la premisa de que el enemigo no respeta ninguna norma, se justifica la flexibilización o suspensión de límites jurídicos. La transgresión deja de ser excepcional y se normaliza como herramienta legítima. La excepción se institucionaliza y redefine lo que se considera aceptable en la acción exterior, desplazando la legalidad hacia un plano secundario.

El debate público se reorganiza en torno a la pregunta moral sobre lo que el adversario “merece”, desplazando la discusión jurídica. La evaluación normativa es sustituida por juicios sobre la esencia moral del enemigo, lo que anestesia la sensibilidad hacia las normas y convierte cualquier defensa del derecho en sospecha de indulgencia. La complejidad del derecho internacional es reemplazada por la claridad emocional de la condena moral, facilitando la aceptación de medidas que serían vistas como violaciones graves en otro contexto.

  1. Reconfiguración de la captura como acto de justicia moral

En este marco, la captura de un presidente extranjero –dictador o democrático– deja de percibirse como una ruptura del orden jurídico internacional y se presenta como un acto de justicia moral. La retórica moral transforma una acción jurídicamente controvertida en un gesto heroico destinado a “restaurar el orden” o “liberar al pueblo venezolano”. Esta traducción moral oculta la fractura jurídica y legitima la intervención como cumplimiento de un deber ético superior, desplazando la discusión sobre jurisdicción o soberanía.

La desjuridificación resultante es una estrategia que permite actuar fuera del derecho sin reconocerlo abiertamente. Al redefinir la soberanía ajena como criminalidad, la intervención unilateral se presenta como obligación moral. El derecho internacional queda reducido a referencia formal, mientras la práctica efectiva lo rebasa mediante una lógica de excepción legitimada moralmente.

El resultado es un orden internacional donde la fuerza se reviste de moralidad y la legalidad se vuelve instrumental, subordinada a la narrativa del mal. Y la narrativa del mal siempre se construye desde el poder: Groenlandia como escondite de los enemigos o Colombia como nuevo narcoestado. 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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