Opinión
Las cañoneras y el gran garrote
Son siglos de historia. En estos, el derecho internacional ha visto el auge y caída de toda clase de líderes y de imperios. Trump y el suyo solo pasarán a engrosar este listado.
Muchos se preguntan qué pasó en Venezuela y qué va a ocurrir en los meses venideros. Es una interrogante más que razonable, que encuentra su respuesta en los nada glamorosos libros de historia. Particularmente, en los que tratan sobre las relaciones entre EE.UU. y Latinoamérica. Donald Trump y sus secuaces no han ocultado sus motivaciones ni las fuentes que las inspiran.
En el caso de Venezuela, lo han dicho con toda claridad: su objetivo es tomar el control del petróleo venezolano, en lo inmediato, y sacar a China del vecindario, en lo mediato. Todo, por medio de la diplomacia de las cañoneras y la política del gran garrote, de tan triste recuerdo en la historia de América Latina.
Trump ha resucitado la Doctrina Monroe, donde lo de “América para los americanos” siempre se refirió a los estadounidenses, no a lo que nosotros entendemos por dicho gentilicio. Y lo ha hecho doblando la apuesta que Theodore Roosevelt hiciera hace más de un siglo, con el corolario que lleva su apellido. Casualmente, pronunciado a raíz del bloqueo de las costas venezolanas por buques de guerra alemanes, británicos e italianos, que en 1902 fueron a cobrarse una deuda soberana impaga.
En esta, como en otras ocasiones, los latinoamericanos alzaron su voz en contra de la intervención armada estadounidense, apenas disfrazada de derecho.
Hoy Trump redobla esta apuesta, diciendo que no necesita del derecho internacional, añadiendo que el único límite que reconoce a su accionar es su propia moral. Pero este inusual absolutismo del actual presidente de EE.UU. no se restringe al derecho internacional.
La problemática relación que ha tenido con el derecho interno de su país no es algo nuevo. Ni siquiera la moral queda bien parada con su particular visión normativa, expresada en tan insólito comentario. En lo que se refiere al derecho internacional, llama la atención el apuro que han mostrado varios comentaristas en enterrarlo, posintervención en Venezuela. Incluso sin extremaunción, en algunos casos. Y es que unos pocos han llegado a deslizar que este derecho es un asunto de izquierdistas o de zurdos.
Lo anterior se debe, en parte, a que muchos todavía confunden las normas relativas a la prohibición del uso de la fuerza con la totalidad del derecho internacional. Sin embargo, dichas normas son posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Esto, a pesar de tener antecedentes que son previos a dicho conflicto. O sea, en la larga historia del derecho internacional, se pueden calificar como recientes.
Tanto estas, como las otras normas que lo conforman, han sido violadas y lo seguirán siendo. La misma suerte han corrido los distintos derechos internos de los Estados que, junto a otros sujetos, constituyen la sociedad internacional. No por existir un poder centralizado y sanciones institucionalizadas, el derecho siempre se cumple. Ni todos los que lo incumplen son castigados.
En efecto, como disciplina, el derecho internacional existe desde el siglo XVI, cuando los teólogos morales de la Escuela de Salamanca tuvieron que hacerse cargo de las difíciles preguntas que planteaba el descubrimiento de América, y su conquista.
Ahora, si por derecho internacional entendemos a las normas que lo componen, tenemos tratados que anteceden a tal escuela por muchos siglos. Como el de Kadesh, celebrado entre egipcios e hititas en el año 1259 a. C. Desde entonces, son innumerables las normas consuetudinarias y convencionales que han sido cumplidas e incumplidas por los diferentes actores que han entrado y salido de la escena internacional.
¿Violó EE.UU. el derecho internacional al secuestrar a Nicolás Maduro en Venezuela? No hay duda. Basta con reiterar lo ya dicho por la Sociedad Americana (léase “estadounidense”) de Derecho Internacional, o la declaración conjunta de la Asociación Argentina, la Sociedad Brasileña, la Academia Colombiana y la Sociedad Peruana de Derecho Internacional. Nada justifica el ataque armado en contra de Venezuela y el secuestro de Maduro. Menos, los motivos explícitamente manifestados por Trump y Cía.
Esto no debe leerse como un apoyo al aberrante régimen chavista en Venezuela. No, al menos, por dichas sociedades, con las que concuerdo plenamente. El Papa León XIV también ha insistido en la importancia del respeto de las normas e instituciones del derecho internacional. Incluidas, por cierto, las relativas a la prohibición del uso de la fuerza.
Con Trump, han regresado las cañoneras y el gran garrote a América Latina. Hemos vuelto a ser el patio trasero de EE.UU., como en los peores momentos de nuestra convulsa historia moderna. Van a ser tiempos recios, como los calificara Mario Vargas Llosa, en la novela homónima que escribiera a propósito de la caída del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala, defenestrado por Estados Unidos a mediados del siglo pasado. Las reacciones que este tipo de situaciones produjo en la región nos traen al recuerdo infaustos episodios de una Guerra Fría que en Latinoamérica se transformó en guerrilla, y que de fría no tuvo nada.
¿Se acaba con esto el derecho internacional? Considerando que sus normas siguen permitiendo que usted me lea por internet en algún computador, tablet o teléfono probablemente importado, en cualquier lugar del mundo, adonde llegó a través de algún medio de transporte producido en los lugares más variados, movido por combustibles provenientes de otros puntos del globo, pareciera que no.
Con sus incontables normas, que cubren las más diversas áreas de interés de la sociedad internacional, este derecho continuará como siempre: magullado, pero entero. Son siglos de historia. En estos, el derecho internacional ha visto el auge y caída de toda clase de líderes y de imperios. Trump y el suyo solo pasarán a engrosar este listado.
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