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Trump y el primer año de su segundo mandato ANÁLISIS Archivo

Trump y el primer año de su segundo mandato

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Alberto Rojas
Por : Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales, Facultad de Humanidades y Comunicaciones, Universidad Finis Terrae. @arojas_inter
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En su primer año, Trump no solo gobernó Estados Unidos. Redefinió el marco en que se ejerce el poder global. Y una vez que ese marco se rompe, volver atrás puede ser mucho más difícil de lo que parece.


Bastó un año. Desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca el 20 de enero del año pasado, Estados Unidos no solo ha cambiado de prioridades: ha cambiado de lógica. En apenas doce meses, el segundo mandato de Trump ha remecido los cimientos del sistema político internacional, acelerando la erosión del orden mundial basado en reglas y empujando al planeta hacia un esquema mucho más crudo: el de las esferas de influencia de las grandes potencias.

De hecho, sería imposible abordar en un solo análisis todos los aspectos -tanto de política interna como externa- en los de Trump ha irrumpido de manera intempestiva y demoledora.

No se trata de una suma de decisiones aisladas, sino de un patrón coherente. En el plano económico, Trump reactivó la política comercial como instrumento de presión estratégica. Es que el pasado 2 de abril, en el llamado “Día de la Liberación”, anunció una serie de nuevos aranceles “recíprocos” con un piso del 10%, tanto a países aliados como a rivales. El mensaje fue inequívoco: el libre comercio dejó de ser un principio y pasó a ser una variable negociable.

La relación con China confirma esa deriva. Pese a una tregua comercial alcanzada a fines de 2025, el déficit comercial estadounidense con Beijing sigue siendo monumental. En enero del año pasado EEUU registró un déficit en bienes con China de US$ 31.737 millones. A la vez, la inversión extranjera en China cayó 7,5% en los primeros once meses del año, reflejando una interdependencia cada vez más tensa y politizada. No es desacople total, pero sí una economía global bajo amenaza permanente.

En materia de seguridad, el giro es aún más delicado. Desde la invasión rusa de febrero de 2022, Washington había entregado US$66.900 millones en ayuda militar a Ucrania. Sin embargo, durante el primer año del segundo mandato de Trump, el respaldo dejó de ser un compromiso estratégico y pasó a ser una ficha de negociación.

Las presiones públicas a Europa para asumir mayores costos y los mensajes ambiguos hacia Kyiv han abierto grietas que Moscú no ha tardado en explotar. El principio de disuasión colectiva quedó condicionado a cálculos transaccionales y el fin de la guerra en Ucrania se sigue viendo muy lejano.

A su vez, el caso de Venezuela ilustra con crudeza la nueva doctrina hemisférica. El pasado 3 de enero, una operación estadounidense de fuerzas especiales terminó con la captura de Nicolás Maduro y -luego- su traslado a Nueva York.

Paralelamente, Washington ha convertido a la Venezuela aún gobernada por Delcy Rodríguez en una especie de protectorado, tras lo cual intensificó el control sobre el comercio petrolero venezolano. No fue solo un golpe político: fue la reafirmación de una esfera de influencia directa sobre un nodo estratégico clave del hemisferio.

Punto aparte merece el caso de Groenlandia, que no solo ha enemistado a EE.UU. con Dinamarca y la mayoría de los países de la Unión Europea. La sola idea de que la presión de Washington pase de las palabras a los hechos, abre la posibilidad clara de que la OTAN deje de existir; al menos, tal como la hemos conocido desde 1949.

El hilo conductor es evidente. Aranceles, sanciones, control energético, acceso a mercados, ayuda militar: Trump ha tratado el poder estadounidense como un conjunto de palancas para forzar alineamientos. Las instituciones multilaterales, los acuerdos y la previsibilidad han quedado en segundo plano frente a una diplomacia transaccional de costos y recompensas inmediatas.

El problema es que este método deja cicatrices duraderas. Los aliados aprenden a desconfiar y a buscar autonomías propias; los adversarios entienden que la paciencia puede rendir frutos; y los países medianos -como Chile- quedan atrapados entre presiones cruzadas. Cuando las reglas dejan de ser el idioma común, lo único que ordena el sistema es la fuerza.

En su primer año, Trump no solo gobernó Estados Unidos. Redefinió el marco en que se ejerce el poder global. Y una vez que ese marco se rompe, volver atrás puede ser mucho más difícil de lo que parece.

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