Opinión
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Chile en llamas: ¿Cuántas tragedias más para pasar de la reacción a la prevención?
Si este modelo de autogestión comunitaria y preparación de la interfaz urbano-forestal funcionó en el peor incendio que recordamos ¿por qué no estamos replicando estas experiencias de éxito a nivel nacional?
Nuevamente Chile enfrenta el dolor de ver sus regiones bajo fuego. Como dirigente social que vivió el devastador incendio de febrero de 2024 en Quilpué observo con una mezcla de impotencia y urgencia cómo el patrón se repite: condiciones climáticas extremas, alta carga vegetal (principalmente especies exóticas de pino y eucalipto) y una respuesta estatal que, pese a los esfuerzos, llega tarde.
La Ley de Prevención y Mitigación de Incendios, actualmente en discusión, es una pieza necesaria de este rompecabezas, pero no podemos caer en la ingenuidad de creer que es la solución definitiva. Un instrumento legal, por sí solo, no detiene el fuego si no va acompañado de una reforma estructural en la forma en que habitamos el territorio.
En el incendio de 2024, los barrios de Botania y Cumbres en Quilpué lograron resistir. Esto no fue una coincidencia ni un golpe de suerte; fue el resultado de un trabajo preventivo riguroso. Nuestra agrupación comprendió que no podíamos esperar a que otros resolvieran el problema. Asumimos nuestra vulnerabilidad, conocimos el territorio y actuamos de forma activa antes de la emergencia.
Si este modelo de autogestión comunitaria y preparación de la interfaz urbano-forestal funcionó en el peor incendio que recordamos ¿por qué no estamos replicando estas experiencias de éxito a nivel nacional?
Chile está profundamente atrasado en comparación con estándares internacionales. Seguimos atrapados en un ciclo de reconstrucción infinita, destinando recursos a apagar incendios en lugar de evitarlos. Para romper este círculo necesitamos una “hoja de ruta” seria que aborde dimensiones que hoy están en el aire:
Urbanismo y materialidad: No podemos seguir construyendo con materiales altamente inflamables en zonas críticas. Necesitamos normas de construcción específicas para incendios, tal como las tenemos para terremotos.
Seguridad para la evacuación: La gente teme dejar sus hogares por miedo a los robos. El Estado debe garantizar, mediante un despliegue ágil de las fuerzas de seguridad, que las familias puedan evacuar con la certeza de que sus bienes estarán resguardados.
Fortalecimiento comunitario: Las juntas de vecinos y comités locales son quienes mejor conocen el territorio. Necesitan formación técnica, recursos para desmalezado y sistemas de comunicación directa con municipios y organismos de emergencia.
Ya existe suficiente diagnóstico de la academia y de los expertos en gestión de riesgos. Lo que falta es voluntad para bajar esa información al terreno y transformarla en protocolos vinculantes. No podemos permitir que el próximo verano nos encuentre nuevamente sacando cuentas sobre la leche derramada.
La crisis climática ya está aquí y el fuego no discrimina posturas políticas ni condiciones sociales. Es momento de que quienes toman las decisiones redoblen esfuerzos para encarar este problema desde la vereda de la prevención. Solo así podremos evitar que el daño sea tan profundo la próxima vez que el fuego nos ponga a prueba.
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