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La unidad progresista no es suficiente Opinión Imagen referencial Oficialismo

La unidad progresista no es suficiente

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Mauro Basaure
Por : Mauro Basaure Director Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual UNAB.
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Los ciclos electorales empujan a respuestas rápidas; los cambios en la cultura política exigen procesos largos de análisis y reflexión.


La discusión sobre el quiebre del oficialismo está mal planteada desde el inicio. No es que la izquierda esté en problemas porque se pelea; se pelea porque algo mucho más profundo dejó de funcionar. Las disputas entre partidos, los reproches cruzados y las amenazas de ruptura no son la causa de la crisis: son su manifestación visible, casi inevitable, cuando una alianza pierde su anclaje social. Dicho de otro modo, si no hubiera sido el caso de Gustavo Gatica, habría sido otro hecho el detonante de la crisis del oficialismo.

Estas crisis de superficie son ruidosas, pero relativamente fáciles de administrar: Una reunión, un gesto de unidad, una nueva coordinación política pueden recomponer el clima. Eso ordena la escena, pero no repara el daño estructural. Lo que está fallando no es la convivencia entre partidos, sino la relación entre el progresismo y una parte decisiva de la ciudadanía.

Durante años, la alianza oficialista siguió hablando desde una cultura política que ya no es mayoritaria. Mientras el progresismo insistía en un lenguaje centrado en lo colectivo, lo estatal y lo simbólico, amplios sectores sociales se desplazaban hacia otra gramática: más énfasis en el esfuerzo individual, en el mérito, en la responsabilidad personal; menos disposición a aceptar discursos morales que no se traducen en protección concreta. Las personas apuestan poco a las soluciones colectivas y ha crecido —en sentido técnico— el egoísmo, tal vez precisamente como resultado del fallo de los proyectos de cuidado colectivo. 

Las encuestas vienen mostrando hace años un desplazamiento profundo en la cultura política que la izquierda no ha querido mirar de frente. Estudios del CEP, CADEM y Bicentenario coinciden en lo esencial: cae de forma sostenida la confianza en el Estado como garante del bienestar, disminuye la adhesión a soluciones colectivas y crece la valoración del esfuerzo individual, el mérito personal y las redes privadas como vías legítimas —y a veces preferibles— para salir adelante. Más personas creen hoy que “cada uno debe arreglárselas como pueda” antes que esperar protección estatal; más personas desconfían de políticas universales y adhieren a soluciones focalizadas o directamente individuales. No es un giro ideológico articulado ni un viraje consciente a la derecha: es una adaptación práctica a un mundo percibido como incierto, competitivo y poco confiable. En ese paisaje, el discurso progresista que sigue hablando como si existiera una cultura solidaria estatal intacta suena ajeno, moralizante o simplemente desconectado de la experiencia cotidiana.

La pregunta es entonces qué hace el progresismo en este escenario. Con Alfredo Joignant describimos este escenario como “la gran desconexión”. Pese a toda la evidencia que sostiene este diagnóstico, los partidos del progresismo insisten en cerrar ese desajuste solo con nuevos cálculos electorales de superficie. El resultado de ello suele ser el contrario: más confusión, más peleas internas, más distancia con el electorado.

Esa desconexión obviamente no se corrige con nuevas fórmulas de alianza ni con una mejor ingeniería electoral. Y aquí está el punto que suele evitarse: sin una reflexión profunda, conducente a una renovación, no hay posibilidad real de recomposición política. Bajo tales condiciones de desconexión, esa reflexión no es un lujo intelectual ni un ejercicio teórico; es una condición práctica de supervivencia política.

El sistema de la política es distinto al de la reflexión. Sus temporalidades muy raramente coinciden. Los ciclos electorales empujan a respuestas rápidas; los cambios en la cultura política exigen procesos largos de análisis y reflexión. Por eso tantos intentos de “renovación” fracasan y los think tanks progresista subsisten en la total irrelevancia, no pudiendo sincronizar con los tiempos electorales que buscan resolver un problema de sentido con herramientas de campaña. Se ajustan discursos, pero no prioridades; se cambian voceros, pero no el diagnóstico.

Hoy, en el mismo contexto de la crisis, también se ofrece una oportunidad rara para que política y reflexión se unan en un momento de renovación. Faltan muchos meses tiempo para la próxima elección y, precisamente por eso, existe margen para pensar sin la presión inmediata del voto. Si esa ventana se usa solo para recomponer la superficie, las peleas volverán a la primera excusa. Si se usa para enfrentar el desacople de fondo —entre Estado y experiencia cotidiana, entre promesa colectiva y vida individual y entre al menos dos izquierdas que pueden aliarse, pero no unirse—, entonces recién ahí puede empezar algo distinto.

De lo contrario, el riesgo no es solo otra derrota. Es algo más grave: la pérdida de relevancia política, esa forma silenciosa de extinción en que los partidos siguen existiendo, pero ya no representan a nadie hasta que en algún momento encuentran la muerte.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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