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Brasil: una elección que pesa más allá de sus fronteras Opinión Archivo

Brasil: una elección que pesa más allá de sus fronteras

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Sebastián Casanova Díaz
Por : Sebastián Casanova Díaz Magister en Relaciones Internacionales.
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América Latina ya tiene dificultades para decidir en conjunto, pero sin una participación brasileña dispuesta a negociar condiciones propias, quedarían pocos actores capaces de equilibrar la influencia de Washington a escala regional.


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Brasil todavía no elige presidente, pero la primera vuelta ya obliga a mirar más allá de sus fronteras. Flávio Bolsonaro obtuvo 47.03 % y Lula 45.16 %, según el Tribunal Superior Electoral. La distancia es estrecha; las consecuencias de la segunda vuelta pueden ser bastante mayores. Para América Latina, está en juego la orientación de uno de los pocos países capaces de ampliar las posibilidades de negociación de sus vecinos.

La región llega a esa elección con escasa capacidad de respuesta común. Sería exagerado atribuirle una unidad que nunca consiguió sostener, pero también sería un error concluir que, por esa debilidad, da lo mismo quién gobierne Brasil. Cuando las instituciones regionales ofrecen poca continuidad, la disposición de los países de mayor peso adquiere una importancia adicional. Un cambio en Brasilia puede modificar las opciones disponibles en Santiago, Bogotá o Buenos Aires, aunque sus gobiernos permanezcan donde están.

Aquí aparece una desigualdad que suele quedar detrás de las declaraciones sobre hermandad latinoamericana. Todos los Estados tienen soberanía; sus posibilidades de ejercerla son distintas. Brasil y México cuentan con recursos económicos y diplomáticos difíciles de reemplazar, pero tampoco son intercambiables: sus relaciones exteriores, prioridades y vínculos comerciales les imponen restricciones diferentes. Los países más pequeños deben negociar considerando esa distribución del poder. La igualdad jurídica convive con una mesa donde algunos llegan con bastante más que otros.

El tamaño, sin embargo, no actúa por cuenta propia. Una economía considerable puede coexistir con una política exterior incapaz de organizar acuerdos duraderos. Fareed Zakaria, politólogo y ensayista estadounidense de origen indio, estudió esa distancia en From Wealth to Power: convertir riqueza nacional en influencia exige un Estado capaz de movilizarla. Su argumento ayuda a precisar el problema brasileño. Importa cuánto tiene Brasil, pero también qué decide hacer con ello y qué capacidades ofrece a los demás.

Seguridad e infraestructura: quién fija las prioridades

Nuestra lectura es que la autonomía regional retrocede cuando las alternativas disponibles dejan de traducirse en capacidad política. Hay mercados, organismos multilaterales y relaciones con otras potencias; falta continuidad para convertirlos en una posición compartida. Mientras tanto, la coordinación hemisférica alrededor de la seguridad encuentra instrumentos concretos. El Escudo de las Américas reúne compromisos contra el crimen organizado y, en la formulación estadounidense, incorpora cooperación económica y alineamiento multilateral. La seguridad puede terminar ordenando decisiones que exceden ampliamente el trabajo policial.

Ese alcance aparece con claridad en las prioridades del Comando Sur. La institución declara que busca impedir que China, Rusia e Irán ganen influencia o control sobre infraestructura estratégica del hemisferio. Puertos, instalaciones espaciales y telecomunicaciones forman parte de su evaluación. Son objetivos oficiales, no una prueba de que cada inversión extranjera esconda una operación militar. Pero muestran que Washington considera estos activos piezas de su competencia internacional y pretende incidir en quién puede acceder a ellos.

Para los gobiernos latinoamericanos, decidir sobre un proveedor tecnológico o una concesión puede adquirir así consecuencias diplomáticas. El costo de reemplazar una relación importa tanto como sus beneficios. Albert O. Hirschman, economista de origen alemán que trabajó en Colombia, examinó en National Power and the Structure of Foreign Trade cómo el intercambio económico puede generar influencia política. Su aporte permite evaluar la dependencia sin confundirla con cualquier relación comercial: hay que observar quién dispone de alternativas y quién pagaría más por interrumpir el vínculo.

Las promesas de orden y la soberanía selectiva

La soberanía, bajo esas condiciones, puede recibir un trato selectivo. Se defiende con entusiasmo cuando se habla de fronteras o autoridad interna, y con menos rigor cuando establece límites a determinados negocios. En Argentina, el DNU 70/2023 intentó derogar la ley que restringe la titularidad extranjera de tierras rurales. Una medida cautelar restituyó su vigencia, según informa el propio registro estatal. El intento es revelador: una protección sobre recursos nacionales pasó a ser un obstáculo que el Ejecutivo quiso retirar.

Tampoco corresponde conceder eficacia a las derechas porque sus campañas la anuncien. Ecuador permite contrastar la promesa de orden con resultados persistentes de violencia. Un balance del Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado, elaborado con registros del Ministerio del Interior, contabiliza 4.145 homicidios durante el primer semestre de 2026: una disminución de 10,7 % respecto del mismo período anterior, pero todavía cerca de 23 muertes diarias. La mejora debe reconocerse. También obliga a admitir que la crisis sigue lejos de estar resuelta, por nombrar un ejemplo en la región.

La dureza del procedimiento no puede sustituir indefinidamente la evaluación del resultado. La CIDH ha examinado denuncias de desapariciones, torturas y ejecuciones en el contexto de militarización ecuatoriana. Esos antecedentes requieren investigación y responsabilidades; no permiten atribuir automáticamente toda la evolución del crimen a la intervención militar. Sí cuestionan una oferta política que presenta la ampliación de facultades coercitivas como garantía suficiente de protección.

La distancia entre promesa y desempeño alcanza también a la economía. En septiembre, el Banco Central chileno redujo su proyección de crecimiento para 2026 a un rango de 0,25–0,75 %. Identificó debilidad de la demanda, deterioro laboral y factores externos y de oferta. Sería apresurado cargar todo ese resultado a una administración reciente. Lo que ya resulta difícil es presentar la orientación política del gobierno como un certificado anticipado de prosperidad. La economía tiene la mala costumbre de no obedecer los discursos.

Francia: la disputa por representar el malestar

Francia ofrece una analogía sobre cómo se disputa el descontento. Las movilizaciones por servicios públicos, salarios y pensiones expresan conflictos que la CGT documenta en sus comunicaciones recientes. A la vez, la encuesta de septiembre difundida por Sciences Po sitúa a Marine Le Pen en al menos un tercio de las intenciones de voto de los escenarios estudiados. Un 74 % anticipa que la situación del país empeorará; las preocupaciones económicas y sociales predominan. Son antecedentes distintos, cuya coexistencia merece atención.

Las características del fenómeno recuerdan escenarios que las derechas latinoamericanas han sabido aprovechar: desgaste gubernamental, pérdida de expectativas y un clima de miedo y malestar que sus campañas exacerban. En Age of Revolutions, Zakaria examina cómo las transformaciones económicas y culturales alimentan reacciones políticas. La promesa de recuperar el control encuentra terreno fértil en ese estado emocional, incluso cuando sus propuestas contradicen las necesidades que invocan.

Las alternativas necesitan una dirección política

Brasil concentra las consecuencias internacionales de esa disputa. Una victoria bolsonarista podría reducir su disposición a organizar alternativas regionales, aunque conserve relaciones económicas diversas. En septiembre de 2026, China recibió 22.9 % de las exportaciones brasileñas y Estados Unidos, 10.2 %, según las estadísticas oficiales de comercio. Es un registro mensual, pero muestra intereses que dificultan un alineamiento sin costos. La orientación presidencial tendría que convivir con ellos.

El riesgo es que las alternativas existentes pierdan la capacidad de actuar como contrapeso. América Latina ya tiene dificultades para decidir en conjunto, pero sin una participación brasileña dispuesta a negociar condiciones propias, quedarían pocos actores capaces de equilibrar la influencia de Washington a escala regional. A nuestro juicio, ese es el costo menos discutido de la elección: una región con vínculos exteriores diversos, pero casi sin capacidad política para hacer contrapeso a la potencia del norte. Sus países conservarían las atribuciones soberanas y encontrarían cada vez menos espacio para ejercerlas. Discrepar seguiría siendo posible, pero empezaría a salir demasiado caro.

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  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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