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Elecciones en España: Pedro Sánchez y el poder de lo pendiente Opinión Archivo

Elecciones en España: Pedro Sánchez y el poder de lo pendiente

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Rommy Morales-Olivares
Por : Rommy Morales-Olivares Profesora Universidad de Barcelona
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La fotografía de Sánchez con Mamdani, tomada durante su encuentro del 23 de septiembre, reúne esas distintas relaciones con la promesa. Un presidente que lleva años gobernando se aproxima a una figura cuya proyección se alimenta de expectativas más recientes.


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Pedro Sánchez comenzó hablando de lo que España había cambiado y terminó convocándola a decidir en qué podía convertirse. Su relato reunía conquistas, errores y promesas pendientes, quienes lo escuchaban podían reconocer aquel país y, sin embargo, echar en falta una parte de su propia vida: esa distancia entre la historia que un gobierno cuenta y las muchas historias que una sociedad vive.

El 5 de octubre, desde La Moncloa, el presidente del Gobierno español y líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), de tradición socialdemócrata, anunció elecciones anticipadas para el 29 de noviembre. Había enumerado los avances de su gestión cuando reconoció: “Sé también que nosotros mismos hemos cometido errores y no hemos logrado hacer todo lo que nos habíamos propuesto”; al mismo tiempo declaró que “estamos frente a la peor oposición de la historia” y que “necesitaba una mayoría más amplia”. El futuro quedaba disponible otra vez en España.

Lo conseguido merece continuidad, ¿lo incumplido también?, en la visión del PSOE parece ser que aún falta conseguirlo. Apareció también el discurso del miedo, ya que, si ninguna de las dos razones termina de convencer a la ciudadanía, queda la posibilidad de que los adversarios “deshagan” lo que costó años construir. Los argumentos pueden ser atendibles y precisamente por eso conviene detenerse en su combinación paradójica: un gobierno puede pedir apoyo por sus avances, por sus fracasos y por los peligros que anuncia su eventual derrota. La decisión se vuelve más incómoda una vez más para la izquierda, quienes están decepcionados con el Gobierno y, al mismo tiempo, temen perder derechos si cambia la mayoría ¿cómo exigirle cuentas sin renunciar a proteger lo conquistado?.

La cuestión alcanza al modo en que el progresismo construye su legitimidad. Llamarse progresista supone atribuirse una relación particular con el porvenir, afirmar que las instituciones pueden transformar las condiciones existentes y ampliar la libertad de quienes hoy disponen de menos posibilidades. Esa pretensión necesita encontrar algún reconocimiento en la experiencia. Cuando la distancia entre lo prometido y lo vivido persiste, el problema afecta a la confianza en que actuar políticamente sirva para modificar la propia vida. ¿Se puede seguir votando a un partido y haber dejado de esperar demasiado de él? Una papeleta contiene razones que el recuento, por escrupuloso que sea, no distingue.

Las expectativas tienen esa peculiaridad: producen efectos antes de que sepamos si se cumplirán. Permiten comprometer recursos, asumir riesgos, organizar esfuerzos. Jens Beckert (2016) ha mostrado su importancia para comprender la acción económica bajo incertidumbre; trasladada al terreno político, su perspectiva ayuda a pensar por qué una promesa necesita algo más que entusiasmo. Necesita apoyos reconocibles en el presente. Y también explica que pueda sobrevivir debilitada, sostenida por el temor a una alternativa menos promisoria. La confianza en que “alguien” mejorará nuestra vida y la necesidad de impedir que “otro” la empeore pueden llevarnos a introducir la misma papeleta. Para la formación de una mayoría quizá alcance; para comprender su consistencia, desde luego, no.

España ofrece una experiencia incómoda para los balances complacientes y para sus refutaciones igualmente cómodas. En el segundo trimestre de 2026 había 22,78 millones de personas ocupadas y el desempleo se situaba en el 9,87 %. Durante ese mismo trimestre, los precios de compraventa de vivienda crecieron un 12,2 % interanual. Las cifras pertenecen al mismo país y pueden encontrarse en una misma biografía: alguien consigue trabajo mientras la posibilidad de tener una casa se aleja.

La desigualdad interviene, además, en nuestra capacidad de esperar. Para quien posee varias viviendas, el paso del tiempo puede aumentar el patrimonio. Para quien necesita arrendar una, puede significar sucesivas renuncias: ¿dónde vivir, con quién, cuánto tiempo dedicar a desplazarse, qué parte del salario reservar para una vida que empieza después de pagar?. La promesa de futuro se recibe desde esas posiciones. Por eso el malestar no pertenece de antemano a ningún partido, aunque todos comparezcan bastante dispuestos a administrarlo. Tampoco basta con explicar a quienes protestan que la economía va bien. Puede ir bien de una manera que distribuya muy desigualmente las posibilidades de sentirse parte de esa mejora.

La acampada de la Puerta del Sol en Madrid ha puesto esa distancia delante del Gobierno, con una materialidad que las declaraciones institucionales difícilmente consiguen domesticar. La vivienda deja de ser una preocupación que cada hogar resuelve como puede y se convierte en una disputa por las reglas que organizan la convivencia. Quienes participan de ella pueden defender conquistas de la izquierda y exigirle, al mismo tiempo, que responda por lo que ha permitido prolongarse bajo su mandato. No hay contradicción en esa exigencia. La incomodidad corresponde a quien quisiera recibir el apoyo y reservarse el derecho de interpretar sus motivos.

La protesta por el encarecimiento de la vivienda en España ha puesto al Gobierno de Pedro Sánchez ante una dificultad y una oportunidad: responder a una inseguridad que ha seguido creciendo durante sus años en el poder, pero organizar las elecciones a su vez lo hace ver como un actor secundario y no protagónico del problema. Las acampadas y movilizaciones reclaman poder vivir sin que el alquiler absorba los ingresos ni la renovación de un contrato obligue a abandonar el barrio. El Gobierno respondió con medidas para proteger a las personas inquilinas, pero también con beneficios fiscales para los propietarios que moderen las rentas: una parte de la solución vuelve a pasar por recompensar a quienes cobran el alquiler.

Sánchez anunció elecciones anticipadas para el 29 de noviembre y su Gobierno aprobó otros nuevos. El PSOE busca así una mayoría parlamentaria que le permita sacar adelante sus medidas, mientras debe explicar por qué la respuesta llega después de tantos años de gobierno. La convocatoria electoral, sin embargo, no detuvo la movilización: las organizaciones de inquilinas y los sindicatos laborales, entre ellos CCOO y UGT, han convocado una huelga general para el 11 de noviembre.

Una parte de la tradición emancipatoria pudo interpretar los tropiezos del presente desde la confianza en una transformación futura. Hoy esa expectativa convive con la urgencia de preservar derechos y condiciones de existencia amenazadas. Se nos pide paciencia para avanzar y premura para impedir el retroceso; ambas solicitudes llegan, a menudo, en el mismo sobre. Recuperar a Marx puede servir para interrogar esa convivencia, en su carta a Ruge de 1843, la posibilidad de un mundo distinto se elabora mediante la crítica del existente y de sus luchas, sin imponerle de antemano una solución definitiva. Esa exigencia alcanza también a los gobiernos que se reconocen en una tradición transformadora: el horizonte emancipatorio debe permitir juzgar el presente, incluso cuando el presente está gobernado por los nuestros.

El riesgo de una victoria de la derecha del Partido popular o la extrema derecha de Vox introduce una dificultad que el Gobierno conoce bien: alguien puede estar profundamente decepcionado con su gestión y necesitar, sin embargo, que continúe. Esa necesidad merece respeto; convertirla en una indulgencia renovable merece discusión. Sánchez puede pedir otra oportunidad, pero tendrá que explicar qué hará de otra manera o puede presentarse a las siguientes elecciones vestido de tarea pendiente, pero esta segunda opción está debilitada en el contexto de la acampada del Sol. Recuperar la exigencia crítica supone examinar también esas justificaciones, atendiendo a las contradicciones del presente y a las posibilidades de transformarlo. Compartir las convicciones de un gobierno no debería exigirnos tanta cortesía con sus errores.

La amenaza de la derecha tampoco puede despacharse como un artificio electoral. El sondeo de 40dB. publicado el 9 de octubre proyectaba 198 escaños para el Partido Popular, la principal fuerza conservadora española, y Vox, de extrema derecha: por encima de los 176 que constituyen la mayoría absoluta. Es una estimación, pero permite comprender la preocupación. Y los riesgos se observan desde posiciones desiguales: las mujeres, las personas racializadas pueden tener razones muy concretas para proteger derechos cuya fragilidad otros descubren solamente durante la campaña. Reconocer esa urgencia exige tomársela en serio, también después de contar los votos.

A la izquierda del PSOE, entretanto, Movimiento Sumar, Izquierda Unida, Comuns y Más Madrid intentan articular un Frente Amplio, con la relación con Podemos todavía abierta. Una proyección de estimó ocho escaños para el Frente Amplio y dos para Podemos por separado, frente a veinte si concurriesen juntos, suponiendo que sus apoyos pudieran sumarse y trasladarse territorialmente en las condiciones del modelo. Hay razones serias para negociar, pero sería una curiosa concepción de la unidad creer que todo empieza y termina cuando las direcciones consiguen ponerse de acuerdo sobre los nombres. La organización social no cabe entera en una lista electoral. Los sindicatos de inquilinas tienen conflictos que sostener al día siguiente de los comicios y necesitan conservar la capacidad de enfrentarse también con quienes solicitaron su voto.

Quizás futuro no es tan complejo si miramos el horizonte de Nueva York y Berlín, que permiten comprender esa relación desde experiencias diferentes. Zohran Mamdani concentró su propuesta en el coste de vivir en Nueva York, mediante compromisos sobre alquileres regulados, transporte y cuidados infantiles. En Berlín, Elif Eralp llevó a Die Linke a ganar las elecciones de septiembre con el 25,7 % de los votos, después de una campaña centrada en la vivienda y apoyada en el trabajo territorial. En ambas experiencias puede ensayarse la hipótesis de la promesa adquiere otra consistencia cuando las personas reconocen qué cambiaría en su vida y encuentran una organización con la cual disputar ese cambio. Las ciudades importan porque permiten situar el porvenir, en una vivienda donde permanecer, en un cuidado que deje de resolverse a solas.

La fotografía de Sánchez con Mamdani, tomada durante su encuentro del 23 de septiembre, reúne esas distintas relaciones con la promesa. Un presidente que lleva años gobernando se aproxima a una figura cuya proyección se alimenta de expectativas más recientes. La cercanía puede ser políticamente fecunda, pero la confianza no se transfiere por proximidad y performance. Cada liderazgo debe responder ante una experiencia acumulada. El fracaso de Lula frente a Flávio Bolsonaro en Brasil acaba de recordarnos la dificultad de ese vínculo. La trayectoria no se convierte, por sí sola, en una obligación de renovar la confianza.

La pregunta por el “progreso progresista” vuelve entonces al aprendizaje. Rahel Jaeggi (2023) propone atender a la capacidad de afrontar los problemas y superar los bloqueos que impiden aprender de la experiencia. Desde ahí, reconocer un fracaso debería tener consecuencias sobre las decisiones posteriores. Si una crisis reaparece y recibe respuestas que conservan sus condiciones de reproducción, cabe preguntarse qué estamos aprendiendo de ella. También cuando la respuesta viene acompañada de buenas intenciones, un decreto extenso y una nueva petición de paciencia.

Sánchez puede volver a reunir una mayoría. Su capacidad de supervivencia y de aprovechar los acontecimientos ha dado materia suficiente para ese relato, y seguramente todavía le queden capítulos. Pero quienes sostienen una opción progresista tienen derecho a pedir algo más que otra demostración de destreza electoral. Poseen derecho a que los errores reconocidos alteren las prioridades, a que las organizaciones sociales conserven su autonomía y a que las promesas encuentren alguna forma de cumplimiento vinculante en el tiempo de sus vidas. Porque una legislatura puede renovarse y quienes sostienen la “promesa de un futuro mejor” tienen derecho a que llegue a sus vidas, y no solo a que regrese en cada campaña.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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