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Occidente, China y las contradicciones con Pompeo Opinión

Occidente, China y las contradicciones con Pompeo

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Fernando Reyes Matta
Por : Fernando Reyes Matta Exembajador en China, Director del Centro de Estudios Latinoamericanos sobre China, Universidad Andrés Bello.
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La escena de esta semana refuerza ese argumento. Si los propios líderes empresariales estadounidenses y la Casa Blanca mantienen canales privilegiados con Beijing, resulta difícil exigir a países medianos una alineación sin matices.


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Si uno mira los hechos de esta semana en el eje Estados Unidos/China, teniendo al exsecretario de Estado Mike Pompeo en Santiago, cabe preguntarse como se explica una contradicción evidente: Estados Unidos enfrenta a China con dos lenguajes a la vez, uno ideológico para movilizar aliados y otro transaccional para hacer negocios. Esta semana ambos aparecieron en paralelo.

En Santiago, Mike Pompeo llega precedido por una entrevista en El Mercurio donde describe al Partido Comunista Chino como una amenaza seria, cada vez más agresiva en lo económico y en la propaganda. Cierra con una invitación: defender la civilización occidental junto a aliados y socios. Una semana antes, el 7 de octubre, el secretario de Estado Marco Rubio habló frente a la Acrópolis, y pidió a estadounidenses y europeos una “renovación del espíritu occidental” ante una nueva era de competencia entre grandes potencias.

Mientras tanto, en Beijing, el consejo asesor de la Escuela de Economía y Management de la Universidad de Tsinghua celebra su 27ª reunión anual, este 13 y 14 de octubre. Este año se sumaron Jensen Huang (CEO de Nvidia) y Lisa Su (AMD), los dos líderes de la industria de chips de inteligencia artificial más importantes de Estados Unidos. Es decir, las empresas que están en el centro de la disputa tecnológica con China se sientan, voluntariamente, en un foro que la propia Tsinghua describe como espacio de encuentro con dirigentes del Estado chino.

¿Cómo se entiende que el discurso y la práctica vayan en direcciones muy distintas?

Sería fácil leer la escena como un choque entre gobierno y empresarios: Washington advierte, Silicon Valley no escucha. Pero el dato más revelador es otro. Huang y Su llegan a Tsinghua pocos días después de asistir a la cena de Estado que la Casa Blanca ofreció a Xi Jinping durante su visita oficial del 23 al 25 de septiembre. Esa visita tuvo una puesta en escena sorprendente. Donald Trump recibió a Xi en persona en la pista de la base Andrews, un gesto inusual, y lo llamó “gran líder”. Fue la devolución del viaje de Trump a Beijing en mayo, y Xi anunció dos encuentros más antes de fin de año. Es decir, el mismo gobierno cuyo secretario de Estado habla de defender la civilización occidental ante el ascenso como el de China, acaba de dedicar al líder chino uno de sus recibimientos más imponentes.

A su vez, el foro de Tsinghua que existe desde el año 2000 se ha impregnado de simbologías por quienes lo han ido integrando. Nació impulsado por el entonces primer ministro Zhu Rongji, China estaba entrando a la OMC con apoyo norteamericano. Pero los tiempos cambiaron y la relación entre China y Estados Unidos entró a escenarios de confrontación. Sin embargo, el consejo está ahí, en su propia lógica. En 2025 lo presidió Tim Cook, de Apple, y ese año sus miembros fueron recibidos por el viceprimer ministro He Lifeng, quien les prometió más apertura económica. El consejo no vota ni decide nada: es un canal de acceso y de confianza entre el capital global y la cúpula china.

La contradicción, entonces, atraviesa a todo el sistema estadounidense, no solo a sus corporaciones. ¿Cómo podemos explicar lo que ocurre? Tal vez hay tres claves en esto.

  1. La interdependencia no se desarma por discurso. A diferencia de la Unión Soviética, China está entrelazada con la economía estadounidense en cadenas de suministro, mercados y finanzas. Para Nvidia o AMD, China es un mercado y un ecosistema de fabricación del que no pueden prescindir sin costos enormes. Sus ejecutivos responden ante sus accionistas, no ante una doctrina. Su presencia en Tsinghua es una apuesta por mantener abiertas las puertas mientras dure la incertidumbre regulatoria sobre los chips.
  2. Washington juega en dos carriles. Uno es la competencia estratégica: controles a la exportación de semiconductores, aranceles, presión sobre aliados para limitar la tecnología china. El otro es la gestión de la relación: cumbres, acuerdos parciales, “estabilidad estratégica”. El gobierno de Trump, en particular, combina un ala ideológica (Rubio, y desde fuera Pompeo) con una opción esencialmente transaccional del presidente. Muchos analistas consideran que para él cada relación se mide por lo que se gana o se pierde en el intercambio concreto, más que por principios, ideologías o alianzas permanentes.
  3. Los canales informales son útiles a ambos gobiernos. Foros como el de Tsinghua funcionan como diplomacia paralela. Beijing los usa para mostrar apertura y tratar de explicar sus propuestas, junto con buscar atraer capital; Washington los tolera porque mantienen líneas de comunicación cuando las oficiales se tensan. Varios de estos ejecutivos, además, tienen asiento en las mesas donde se discute la política tecnológica en Washington. 

Esto obliga, especialmente para Chile, entender que, en la relación de Estados Unidos frente a China, no hay una sola estrategia, sino una tensión permanente entre contener y comerciar. El discurso civilizacional y la cena de gala parecen ser dos caras de esa tensión.

Cuando se constata la vigencia del concepto “civilización occidental” como columna vertebral de una propuesta filosófica para enfrentar a China cabe preguntarse cuanta solidez hay en ella. Es la narrativa más visible, pero no la estructura que de verdad guía la política hacia China. Funciona más como marco de movilización que como doctrina operativa.

El concepto tiene una genealogía clara. Rubio lo desarrolló primero en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en febrero, donde definió a Europa y Estados Unidos como una sola civilización unida por la historia, la cultura y la herencia cristiana. En Atenas trazó esa herencia desde Grecia y Roma, pasando por el cristianismo, hasta la fundación de la república estadounidense. Pero conviene notar a quién le habla. En Múnich y en Atenas, el destinatario principal era Europa, y los enemigos señalados fueron tanto internos como externos: la inmigración masiva, la desindustrialización, la política energética. China aparece como parte de la competencia entre grandes potencias, no como el único antagonista. Pompeo, en cambio, sí pone a China al centro, pero habla como exfuncionario y figura de lo que se considera el ala más dura del Partido Republicano.

En realidad, si se habla de China, la opción del choque de civilizaciones – rescatando a Samuel Huntington – encuentra límites concretos. Uno, deja fuera a aliados clave, porque Japón, Corea del Sur, India o Taiwán no caben en una civilización definida por Atenas, Roma y el cristianismo. Dos, le regala un relato a Beijing. Si la disputa es entre Occidente y el resto, China puede presentarse como vocera del Sur Global frente a una potencia que defiende su ascendencia, y no valores universales. Tres, choca con la propia práctica. Es difícil sostener que la amenaza es existencial mientras el presidente elogia a Xi y los campeones tecnológicos del país se integran a foros chinos. La brecha entre discurso y conducta debilita la credibilidad del llamado ante terceros.

Y en el afán de armar el discurso, aunque sea forzando la historia, se hacen afirmaciones difíciles de aceptar. En Atenas, Rubio al hablar de la herencia de la civilización occidental elogió al conquistador español Hernán Cortés, presentándolo como un continuador del espíritu y concepto ateniense de la exploración, la aventura y la búsqueda del conocimiento por el conocimiento mismo. Para América Latina – y especialmente México- estar invitados a “defender Occidente” bajo esa figura es, como mínimo, incómodo. Lo mismo, de alguna forma, ocurre con la propuesta de Pompeo sobre la inteligencia artificial: pide que incorpore “criterios occidentales” sin definirlos. Estados Unidos y la Unión Europea, ambos “occidentales”, no regulan la IA de igual manera.

Para Chile, la lección es no tomar la dicotomía al pie de la letra, pero tampoco ignorar la presión que la acompaña. China es su principal socio comercial y Estados Unidos un aliado político e inversionista histórico. Esa doble pertenencia ya fue tema en la visita de Pompeo en 2019, cuando el entonces presidente Piñera le respondió que Chile era un país independiente y autónomo que seguiría apostando por el libre comercio.

La escena de esta semana refuerza ese argumento. Si los propios líderes empresariales estadounidenses y la Casa Blanca mantienen canales privilegiados con Beijing, resulta difícil exigir a países medianos una alineación sin matices. La respuesta más sólida para Chile probablemente no es elegir ese camino de la civilización, sino definir criterios propios: estándares de seguridad, transparencia y reciprocidad aplicables a cualquier socio. Eso permite discutir ante personalidades como Pompeo en el terreno de los hechos —inversiones, tecnologías, riesgos concretos— y no en el de las identidades. 

Y cabe recordar que fue aquí, en el Instituto de Chile, sede de todas las altas Academias del país, donde se realizó el seminario “Sócrates y Confucio: proyecciones al siglo XXI”. El encuentro, organizado por la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile y el Centro de Estudios Latinoamericanos sobre China de la Universidad Andrés Bello (UNAB), reunió a académicos nacionales e internacionales para analizar qué pueden aportar los legados de Sócrates y Confucio frente a cuestiones actuales como la IA, la desinformación o el debilitamiento de los vínculos sociales. Son reflexiones que orientan en el devenir de Chile para ubicarse conceptualmente en el mundo que viene.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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