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Trampa de la hiperburocracia en la educación Opinión

Trampa de la hiperburocracia en la educación

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Francisco Ganga
Por : Francisco Ganga Profesor titular de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad de Tarapacá
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El éxito de un sistema educativo no se debe medir por la pulcritud de sus archivos administrativos, sino por su capacidad de garantizar trayectorias de aprendizaje significativas y bienestar integral para sus estudiantes.


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Nuestros colegios están enfrentando en la actualidad una enfermedad que se esparce de modo sigiloso, pero que es altamente perniciosa. Tengo la impresión, que en muchos casos los sistemas educativos contemporáneos, han convertido a los directores escolares en gestores de trámites y burócratas de ventanilla. Es habitual escuchar en el debate educativo regional, que los equipos directivos destinan más del 60% de su jornada laboral a responder exigencias normativas y de rendición de cuentas, un fenómeno que la investigación califica acertadamente como «hiperburocracia». Con este nivel de desgaste, el liderazgo pedagógico se vuelve una quimera y las aulas quedan a la deriva de la contingencia.

Para rescatar la educación de este laberinto operativo, la mirada debe desplazarse hacia un actor clave y habitualmente olvidado, y que la normativa vigente quiere resaltar: el nivel intermedio del sistema educativo. El reto no es menor: transitar desde una administración reactiva y extremadamente centrada en lo procedimental, hacia un liderazgo estratégico, promoviendo la gobernanza territorial y basado en evidencia.

Uno de los mayores peligros en la administración educativa actual es confundir movimiento con avance y mejora. Atrapados y concentrados en “apagar incendios cotidianos” —desde problemas de infraestructura hasta la tensión relacional de las comunidades educativas —, los líderes del sistema suelen trabajar permanentemente en niveles organizacionales estrictamente tácticos, perdiendo la perspectiva de largo plazo.

Practicar un liderazgo efectivo y eficiente, no consiste en distribuir horarios, firmar oficios o administrar recursos por medios coercitivos, sino en conducir a las personas y a las comunidades hacia un propósito compartido mediante la guía a la construcción de acuerdos. Cuando el nivel intermedio asume su rol con una visión verdaderamente territorial, deja de comportarse como un mero fiscalizador; su función pasa a ser la de un “vertebrador” que actúa con sabiduría, siendo capaz de diagnosticar patrones comunes, movilizar apoyos especializados e impedir que cada escuela deba reinventar la rueda frente a problemas complejos como la violencia escolar o el deterioro de la salud mental.

Gobernar con los “ojos vendados”, basándose exclusivamente en la intuición, la “tincada” o en reacciones de última hora, es un lujo que la educación actual no se puede permitir. El gran valor de la posición intermedia radica en su capacidad de procesar datos a escala macro para anticiparse a los quiebres. Si los registros indican un acrecentamiento sostenido de la inasistencia o un desplome en la progresión académica en determinados sectores, el nivel intermedio tiene el deber de focalizar el acompañamiento antes de que el problema se transforme en deserción escolar.

No obstante, la recopilación de datos no debe servir únicamente para alimentar informes burocráticos destinados a la estadística ministerial. Su propósito genuino es orientar las decisiones pedagógicas y educativas, evaluar la eficacia de las estrategias implementadas y propiciar un ciclo de mejora continua donde el monitoreo se entienda como una oportunidad de aprendizaje y no como un castigo normativo.

Si no contamos con líderes altamente preparados y enfocados en el núcleo pedagógico, cualquier reforma curricular se diluirá antes de tocar el piso de la sala de clases. Por ello, el rediseño del sistema exige liberar a los directivos de las cargas administrativas innecesarias, simplificando procesos y centralizando lo operativo, para que la mirada pedagógica recupere su sitial de honor.

El éxito de un sistema educativo no se debe medir por la pulcritud de sus archivos administrativos, sino por su capacidad de garantizar trayectorias de aprendizaje significativas y bienestar integral para sus estudiantes. Devolverle el sentido estratégico al nivel intermedio es, en el fondo, restituir el alma a la escuela.

Para cerrar, me gustaría que nos quedáramos con la profunda reflexión de la filósofa, historiadora, politóloga, socióloga, profesora de universidad y escritora Hannah Arendt: “La educación es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable. También mediante la educación decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no arrojarlos de nuestro mundo y librarlos a sus propios recursos, ni quitarles de las manos la oportunidad de emprender algo nuevo, algo que nosotros no imaginamos, lo bastante como para prepararlos con tiempo para la tarea de renovar un mundo común”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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