Opinión
El mito de Santiago
“Hay ciudades con mito y ciudades sin mito”, dijo el poeta Gonzalo Rojas en un ensayo sobre Valparaíso y Rubén Darío. Para él, Valparaíso sí lo tenía, y éste había sido fundado por Darío. Esta idea me llevó a pensar en nuestra ciudad, ¿tiene mito Santiago?
Como el concepto de mito podía llevar demasiado lejos, lo reformulé levemente y le pregunté a algunos amigos por la identidad de la ciudad. Por lo general las respuestas fueron por el lado de las oportunidades que ésta ofrecía: aquí están los mejores trabajos, las mejores universidades, la mayoría de la cultura, si te gusta subir cerros, me decían, ahí tienes la cordillera, si lo tuyo es el mar, bueno, está cerca y, si eres santiaguino, probablemente aquí vivirán casi todos tus conocidos. Es lo que podríamos llamar la “ciudad funcional”.
Otras respuestas podrían venir de los turistas que la visitan: ¿Qué vienen buscando? ¿Es que persiguen una idea que habita en su imaginación y que buscan experimentar mientras dure su viaje, o no da para tanto? Por poner el ejemplo de París, la ciudad más visitada del mundo, si metemos en la juguera a la Torre Eiffel, música de bandoneón, tipos narigones caminando del brazo de mujeres elegantes y cafés pintorescos que miran a calles pintorescas, entonces probablemente saldrá algo así como el imaginario colectivo de París: algo relacionado al glamour, el romance y la historia. Eso que muestran los comerciales de perfumes.
En Santiago, ahora que se ha vuelto habitual ver en los meses de invierno a familias de brasileros con grandes parkas blancas caminando por Providencia, me pregunto qué motiva su viaje. Si es sólo la cordillera nevada la identidad de la ciudad no mejora mucho. Habríamos pasado de la ciudad funcional a la ciudad-naturaleza, o no-ciudad, ya que si es para estar en la naturaleza la ciudad se vuelve un estorbo. Algo más tiene que haber.
Al pedirle a la IA un itinerario de cinco días para un turista el resultado fue el siguiente: En 5 días: 1) La Moneda, Santa Lucía, Bellas Artes y Lastarria; 2) día completo en la nieve (Valle Nevado); 3) Mercado Central, Museo Precolombino, Plaza de Armas y Bellavista; 4) Cerro San Cristóbal y Museo de la Memoria; 5) Providencia, Sky Costanera y Parque Arauco.
La respuesta sigue sin convencerme. Salvo el Museo de la Memoria, el conjunto —aunque atractivo— me parece un collage de lo que representan otras ciudades, como ese hermano chico que no sabe lo que quiere y le copia a los mayores. Al primer día podríamos llamarle el día europeo, el tercero sería el latinoamericano y el quinto el gringo.
¿Es que nuestra ciudad no tiene mito, o todavía lo estamos construyendo? París no siempre lo tuvo. Para formarlo se necesita que se entrelacen historia y artistas. No se puede fundar el mito desde la nada, sin historia. Y sin poetas que canten su historia un lugar puede tener miles de años y no tener nada propio que contar. A esto se refería Gonzalo Rojas cuando hablaba de Rubén Darío y Valparaíso. La idea la toma de un verso de Hölderlin, de su poema Andenken (Memoria), cuando dice: “Mas lo que permanece, lo fundan los poetas”. En medio de la realidad cambiante, sólo los poetas pueden darle forma a la memoria como algo duradero.
La búsqueda por la identidad propia es tal vez la búsqueda de toda América latina, un continente —como dijo Mario Góngora—, “marcado por el resentimiento más que por la revelación de algo nuevo que emerge”. Por eso admiramos tanto el camino propio de México, que supo incorporar su cultura azteca a su modernidad, y nos gusta visitar la capital argentina, Río de Janeiro o La Habana, todas ciudades cargadas de historia, arte propio e identidad.
En el caso de Santiago, hayamos alcanzado esa categoría o no, me parece que su mito resulta inseparable del Golpe del 73. Es habitual oír la queja de que todo el cine chileno se reduce a lo ocurrido en ese tiempo, pero es que los tumultuosos años que lo precedieron, el día mismo del Golpe y los años que vinieron después fueron de un dramatismo que excede por mucho al resto de nuestra historia reciente. Y por eso los artistas siguen contándola. Por eso también, de todo el itinerario propuesto por ChatGPT, el Museo de la Memoria es lo único que un turista no encontrará en ninguna otra parte.
Pero la historia de una gran ciudad no se agota en un sólo hecho, por violento y fundacional que haya sido. El mito de un lugar, antes de llegar a ser un relato compartido, surge de la experiencia personal de cada uno. A medida que un niño crece, ciertos lugares de su ciudad irán marcando su vida, para bien o para mal. Si conecta con ellos, esos lugares se irán entrelazando con su biografía, como esas canciones que quedan ligadas para siempre a una etapa. Al hacerse adulto podrá volver a esos lugares con los que se identificó, querrá aprender su historia y vivir entre ellos. Ya no es el azar sino él quien los elige. No se me ocurre una mejor respuesta para cuando nos preguntan por qué amamos nuestra ciudad.
El tamaño de Santiago es difícil de manejar. La foto de la portada de la columna, que saqué desde el balcón de mi departamento —en un edificio cualquiera de Providencia— es una muestra de sus muchas caras; su Cordillera, el Costanera y sus oficinas, el San Cristóbal, la Telefónica en Baquedano y la ciudad que se abre hacia el sur y el poniente, infinita, desbordada de sus límites naturales.
Me resulta tentadora la idea de redibujar esos márgenes y acotarla a un espacio más reducido, en el que surja una identidad más unívoca. En mi caso, eso que podría llamar mi Santiago personal sería el del centro de la imagen, lo que cabe entre Providencia, el San Cristóbal, el Centro y mi departamento. Al acotar la mirada a ese fragmento Santiago se me aparece como una de esas pequeñas ciudades europeas, que encierran siglos de historia en un par de cuadras. O como un balneario en el que se ha veraneado desde chico, donde en cada esquina se tiene una historia. Me gusta imaginarla así. En mi caso, esa es la ciudad que me he ido construyendo.
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