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Chile y el Reino Unido: una alianza para tiempos inciertos
En un mundo cada vez más inestable, Chile y el Reino Unido tienen la oportunidad de transformar una relación histórica en una cooperación de mayor alcance. El verdadero desafío será convertir esa voluntad política en una agenda concreta, sostenida y beneficiosa para ambos países.
La visita del canciller Francisco Pérez Mackenna a Londres, en el marco de una gira europea que también contempla Bruselas, ofrece una oportunidad para examinar el futuro de las relaciones entre Chile y el Reino Unido. Esto, ya que ambos gobiernos buscan avanzar hacia una asociación estratégica, cuyos contenidos todavía están por definirse. Y que más allá de la coyuntura diplomática, la iniciativa adquiere relevancia en un escenario internacional marcado por la competencia entre las grandes potencias, la fragmentación económica y una creciente incertidumbre geopolítica.
Cabe recordar que los vínculos bilaterales se remontan a los orígenes de nuestra República -durante el siglo XIX- cuando la presencia británica fue fundamental en el comercio, las inversiones, los ferrocarriles y el desarrollo marítimo chileno. En ese contexto, una figura emblemática fue el almirante Lord Thomas Cochrane, quien asumió el mando de la Escuadra Nacional en 1818 y desempeñó un papel decisivo en la consolidación de la independencia de Chile y en las campañas navales del Pacífico. Su legado constituye uno de los fundamentos de la histórica relación entre ambas armadas. Y el desafío actual, sin duda, no consiste en reivindicar ese pasado, sino en proyectarlo hacia nuevas áreas de cooperación.
La relación también ha demostrado capacidad de adaptación. Por ejemplo, tras el Brexit, ambos países suscribieron un Acuerdo de Asociación, vigente desde 2021, que permitió preservar sus vínculos comerciales. Y, posteriormente, la incorporación británica al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP), en diciembre de 2024, amplió las oportunidades de intercambio e inversión.
De hecho, en 2025, el comercio bilateral alcanzó los US$1.196 millones. Y a ello se suma una cartera de proyectos de inversión de empresas británicas apoyados por InvestChile que, al cierre de ese año, totalizaba US$7.658 millones. Estas cifras muestran una base económica relevante, aunque también un considerable espacio para profundizar la relación en minerales críticos, energías limpias, infraestructura, tecnología y servicios.
La dimensión geopolítica resulta igualmente significativa. Ambos países comparten intereses en seguridad marítima, el extremo austral y la investigación antártica, aunque mantienen diferencias respecto de las Malvinas/Falklands. ¿El motivo? Chile apoyó la Resolución 2065 de Naciones Unidas (1965) que reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido, y llamó a una solución negociada. La política chilena de respaldo a los derechos argentinos, definida formalmente en 1992, fue reafirmada en una declaración regional de 1996 y mantenida por los sucesivos gobiernos. A ello se suman las reclamaciones territoriales superpuestas de Chile y el Reino Unido en la Antártica. Aunque una relación madura es capaz de administrar esas divergencias sin sacrificar los espacios de cooperación.
En defensa, los vínculos históricos podrían adquirir una nueva dimensión industrial. Para 2026, la cooperación bilateral contempla cerca de 60 actividades. Y a ello se suma la propuesta de la británica Babcock para construir en Chile fragatas Arrowhead 140, con participación de ASMAR y transferencia tecnológica. Polonia ha seleccionado este diseño para un programa de tres fragatas, mientras Indonesia también desarrolla unidades basadas en la misma plataforma, mediante esquemas de construcción local. Una iniciativa semejante, de concretarse en Chile, contribuiría a desarrollar capacidades industriales propias, en consonancia con la Política Nacional de Construcción Naval.
Para Londres, estrechar sus vínculos con Chile respondería también a su búsqueda de mayor proyección internacional tras el Brexit, especialmente hacia el Pacífico y América Latina. Para Santiago, representaría una oportunidad de diversificar socios, atraer inversiones y fortalecer su autonomía estratégica, sin quedar atrapado en las rivalidades entre las grandes potencias.
La eventual asociación estratégica no debe medirse por su denominación, sino por los compromisos y resultados que consiga generar. En un mundo cada vez más inestable, Chile y el Reino Unido tienen la oportunidad de transformar una relación histórica en una cooperación de mayor alcance. El verdadero desafío será convertir esa voluntad política en una agenda concreta, sostenida y beneficiosa para ambos países.
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