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Telecomunicaciones: del anuncio a la ejecución
Chile no necesita simplemente más planes ni nuevas generaciones tecnológicas. Necesita transformar su liderazgo digital en productividad, competitividad y desarrollo. Para conseguirlo, el Estado debe dejar de ser parte de las dificultades y convertirse en un facilitador de las soluciones.
El anuncio del Plan Nacional Digital 2026-2036 constituye una señal positiva. Chile necesita recuperar una visión estratégica de largo plazo para un sector que ha sido fundamental en su modernización económica y social. Las telecomunicaciones representan, probablemente, una de las políticas públicas más exitosas del país, precisamente porque han logrado mantener una continuidad estratégica entre gobiernos de distintos signos políticos, combinando competencia, inversión privada y un marco institucional que favoreció su desarrollo.
Sin embargo, la experiencia también enseña que el éxito de una política pública no se mide por sus anuncios, sino por su capacidad de ejecución. Lo relevante será comprobar si este nuevo plan logra efectivamente destrabar inversiones, mejorar la calidad de los servicios y cerrar las brechas de conectividad que todavía persisten.
Chile dispone de una infraestructura digital importante, con extensas redes de fibra óptica, tecnologías móviles avanzadas y una posición competitiva en la región. Pero ese liderazgo no está garantizado. La industria enfrenta crecientes exigencias de inversión, un aumento sostenido del tráfico de datos y presiones sobre la rentabilidad de los operadores. Pretender mantener redes de clase mundial sin generar condiciones económicas y regulatorias que hagan sostenible la inversión sería desconocer la realidad del sector.
Por ello, uno de los principales desafíos del plan no será tecnológico, sino institucional. Su implementación requerirá un liderazgo decidido al interior de la Subsecretaría de Telecomunicaciones, capaz de alinear a sus equipos técnicos y regulatorios detrás de una estrategia común. No basta con que la autoridad política defina una orientación si la organización encargada de ejecutarla continúa operando bajo criterios y prácticas que, en ocasiones, terminan dificultando aquello que se pretende promover.
Es necesario revisar una cultura regulatoria que ha tendido a privilegiar el control y la intervención administrativa por sobre la facilitación de inversiones. El Estado tiene un papel insustituible en la definición de políticas públicas, la protección de los usuarios y la promoción de la competencia, pero ello no significa que deba convertirse en el protagonista de todas las decisiones tecnológicas y empresariales. La innovación, el despliegue de infraestructura y la generación de nuevos servicios deben ser liderados fundamentalmente por el sector privado. La función del regulador es establecer reglas claras, corregir fallas de mercado y facilitar que esa iniciativa se desarrolle en beneficio del país.
Este cambio exige algo más que nuevas normas. Requiere modificar la forma en que se toman las decisiones, simplificar procedimientos, reducir incertidumbres y abandonar una lógica en que la regulación termina siendo, demasiadas veces, un obstáculo antes que un instrumento para el desarrollo. La Subsecretaría debe evolucionar desde una cultura predominantemente fiscalizadora hacia una institucionalidad que, sin renunciar a sus responsabilidades, también sea capaz de promover, facilitar y acompañar la inversión.
En ese contexto, iniciativas como el apagado progresivo de las redes 3G y la revisión de las condiciones regulatorias para servicios especializados son pasos razonables. Permiten utilizar mejor el espectro y abrir oportunidades para nuevas aplicaciones, resguardando siempre la continuidad de los servicios y los derechos de los usuarios.
La experiencia del 5G ofrece, además, una advertencia. Su despliegue significó un avance tecnológico relevante, pero las expectativas de transformación productiva aún están lejos de materializarse plenamente. Antes de concentrar el debate en el 6G, corresponde preguntarse cuánto valor estamos generando con la infraestructura existente y qué debemos hacer para que sectores como la minería, la agricultura, la logística y la industria aprovechen efectivamente estas capacidades.
A ello se suma una dimensión estratégica ineludible: la resiliencia y la ciberseguridad. Las telecomunicaciones son hoy infraestructura crítica para el funcionamiento de la economía y del Estado. Su seguridad, redundancia y continuidad operacional deben formar parte integral de cualquier estrategia digital que aspire a posicionar a Chile como un centro tecnológico regional.
El país tiene las capacidades empresariales, tecnológicas e institucionales para enfrentar estos desafíos. Pero necesita recuperar una relación de confianza y colaboración entre el Estado y la industria, con responsabilidades claramente definidas. Al sector privado le corresponde invertir, innovar y competir; al Estado, establecer las condiciones para que ello ocurra, interviniendo donde el mercado no puede resolver por sí solo las necesidades de conectividad.
El verdadero examen del Plan Nacional Digital estará, por tanto, en su implementación. Y allí el liderazgo de la Subsecretaría será determinante: no solo para conducir una agenda tecnológica, sino también para impulsar un cambio de mentalidad dentro de la propia institución.
Chile no necesita simplemente más planes ni nuevas generaciones tecnológicas. Necesita transformar su liderazgo digital en productividad, competitividad y desarrollo. Para conseguirlo, el Estado debe dejar de ser parte de las dificultades y convertirse, decididamente, en un facilitador de las soluciones.
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