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Chile envejece más rápido que nuestras respuestas Opinión

Chile envejece más rápido que nuestras respuestas

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María Paz Tagle Letelier
Por : María Paz Tagle Letelier Directora Ejecutiva de Fundación Mujer Impacta
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Octubre es el Mes de las Personas Mayores. Un momento oportuno para que estas cifras nos hagan reflexionar sobre cómo estamos enfrentando la profunda transformación demográfica que vivimos.


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Chile está envejeciendo a un ritmo alarmante. Hace pocos días, el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y el Servicio Nacional del Adulto Mayor (Senama) revelaron que en nuestro país viven más de 3,6 millones de personas mayores de 60 años, equivalentes al 19,8% de la población. Las proyecciones apuntan a que en 2035 -solo nueve años más-representarán el 26,4% de los habitantes. Más de uno de cada cuatro personas.

Pero hay otra cifra que debiera preocuparnos también: cerca de 600 mil personas mayores viven solas. Aunque eso no significa necesariamente que estén abandonadas, sí nos obliga a preguntarnos cuántas de ellas cuentan con alguien que las acompañe, las escuche o las ayude cuando lo necesitan.

Octubre es el Mes de las Personas Mayores. Un momento oportuno para que estas cifras nos hagan reflexionar sobre cómo estamos enfrentando la profunda transformación demográfica que vivimos. Porque detrás del envejecimiento de nuestra población existen necesidades que muchas veces pasan inadvertidas: la soledad, las dificultades para acceder a cuidados y la pérdida de vínculos familiares y comunitarios. Pero también una enorme necesidad de seguir participando, aprendiendo y sintiéndose parte activa de la sociedad.

En Mujer Impacta conocemos de cerca esta realidad gracias a mujeres extraordinarias que decidieron hacerse cargo de problemas que veían desatendidos. Sus historias nos han enseñado que no existe una sola manera de envejecer y que los desafíos de esta etapa van mucho más allá de la atención médica o la asistencia económica.

Soledad Alcalde, marcada por la muerte de su abuelo, creó la Fundación Red ELEAM, que trabaja con más de 200 establecimientos de larga estadía en 13 regiones del país, beneficiando a más de 4.000 residentes y 2.600 cuidadores. Su labor busca mejorar las condiciones de vida de quienes residen en estos hogares, promoviendo una vejez digna y acompañada.

Pilar Bunster, ganadora del Premio Mujer Impacta de este año, desarrolló Reactívate, una aplicación gratuita que incentiva a las personas mayores a caminar, mantenerse activas y recuperar espacios de encuentro con otros, demostrando que la tecnología también puede ser una herramienta para combatir el aislamiento y fortalecer la autonomía.

Y Ximena Abogabir, creadora de Travesía 100, trabaja para cambiar la forma en que miramos el envejecimiento, promoviendo la inclusión digital y laboral de las personas mayores. Porque cumplir 60, 70 u 80 años no significa dejar de tener capacidades, proyectos o ganas de contribuir a la sociedad.

Así como ellas identificaron distintos problemas y decidieron buscar soluciones, muchas otras organizaciones sociales trabajan silenciosamente por mejorar la calidad de vida de las personas mayores, con recursos que no siempre alcanzan para responder las necesidades.

La contradicción es que mientras Chile envejece aceleradamente y aumentan las necesidades de cuidado, acompañamiento e integración, muchas de estas fundaciones enfrentan enormes dificultades para cumplir una labor indispensable para el país: Dependen de voluntarios y donaciones, muchas veces inciertas o irregulares. 

Aunque existen instrumentos públicos de apoyo, como los fondos concursables de Senama y mecanismos que incentivan las donaciones privadas, necesitamos ir más allá del financiamiento de iniciativas puntuales y avanzar hacia modelos que permitan dar continuidad a programas que han demostrado su valor. Porque acompañar a una persona mayor, fortalecer su autonomía o ayudarla a recuperar sus vínculos sociales no son tareas que puedan interrumpirse cada vez que termina un proyecto o se agotan sus recursos.

Tampoco podemos pretender que estas organizaciones reemplacen las responsabilidades del Estado o de las propias familias. Pero sí debemos reconocer que poseen algo muy valioso: conocen los territorios, identifican necesidades y han construido vínculos de confianza con personas a las que muchas veces cuesta llegar. ¿Por qué no aprovechar esa experiencia para construir una red de apoyo mucho más amplia?

Podríamos avanzar hacia alianzas permanentes entre municipios, empresas y organizaciones sociales, que permitan identificar a personas mayores que viven aisladas, acompañarlas y responder a sus necesidades. También generar oportunidades para que sigan aprendiendo, trabajando y compartiendo sus conocimientos. Los municipios pueden aportar conocimiento territorial; las empresas, recursos, capacidades de gestión y voluntariado; y las fundaciones, su experiencia y cercanía con las comunidades.

Para que esas alianzas sean sostenibles, debiéramos impulsar convenios de colaboración de mediano y largo plazo, con objetivos claros, evaluación de resultados y financiamiento estable. No se trata de crear nuevos fondos o estructuras, sino de aprovechar mejor los instrumentos existentes y conectar esfuerzos que hoy funcionan por separado.

Ojalá que este octubre no se quede en homenajes, celebraciones o actividades que terminan cuando cambia el calendario. Que sea una oportunidad para asumir compromisos concretos y duraderos con quienes hoy nos necesitan.

El desarrollo de una sociedad no se mide solamente por cuánto vive su población, sino también por cómo viven sus personas mayores. Envejecer no significa dejar de tener proyectos, capacidades o sueños. Y la edad no debiera ser una barrera para seguir participando y aportando a una sociedad de la que todos somos parte.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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