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“Politainment” en esteroides: la política para la galería Opinión Imagen referencial creada con IA

“Politainment” en esteroides: la política para la galería

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El esteroide es el algoritmo: en su búsqueda del engagement, tiende a amplificar aquello que provoca más rabia, indignación y conflicto. Y así, la lógica del entretenimiento termina imponiendo sus reglas a los contenidos políticos.


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El ministro retuitea y miles de personas –y uno que otro bot– se lanzan a comentar. Los insultos, las descalificaciones, la falta de argumentos y las tergiversaciones —si no son directamente mentiras— terminan dominando la conversación. Las “verdades” políticas en Chile parecen fortalecerse hoy en videos de menos de tres minutos, donde el objetivo es liquidar al “enemigo” con lecturas simplonas y unilaterales. El público celebra la victoria junto con su hinchada o disputa emocionalmente la derrota: participa activamente de una interacción donde la confrontación importa más que los hechos.

He aquí el politainment en esteroides y a la chilena: la política sometida a las reglas del entretenimiento y amplificada por un ecosistema digital donde la confrontación dejó de ser consecuencia del debate para convertirse en el producto. La búsqueda de figuración por sobre las ideas, acuerdos y formas constructivas de discrepancia ha convertido los likes, la viralización y las recompensas algorítmicas en tesoros políticos perseguidos con lógica “gollumesca”.

Lo más inquietante es que esta lógica comienza a permear incluso aquellos espacios que todavía dicen ofrecer una discusión más seria. Invitados seleccionados por su capacidad de generar conflicto, duplas o bancadas diseñadas para el fuego cruzado y periodistas más preocupados de exacerbar esa dinámica que de profundizar. Si es uno a uno, los anfitriones renuncian al análisis crítico y se limitan a ofrecer un megáfono al entrevistado, con una complacencia extrema, como señaló el rector Peña. Respuestas en frases cortas, interrupciones de argumentos más elaborados, poco o nada de fact-checking en vivo y preguntas diseñadas para producir una respuesta promocionable antes que para entender posiciones políticas complejas. 

Su majestad “El Reel de Instagram”, o el TikTok —el formato de video corto—, que antes servía para promocionar el programa, hoy comienza a determinar el programa que se produce. El círculo es perfecto: la polémica genera el Reel, el Reel promueve la interacción y la interacción se transforma en alcance orgánico, que atrae audiencia para la próxima polémica. El esteroide es el algoritmo: en su búsqueda del engagement, tiende a amplificar aquello que provoca más rabia, indignación y conflicto. Y así, la lógica del entretenimiento termina imponiendo sus reglas a los contenidos políticos. El propósito del programa, entonces, pasa a ser el encontrar el fragmento detonador de la añorada viralización.

Y así, con este tipo de contenido, el politainment criollo comienza a adquirir una característica particular: una puerta giratoria cada vez más fluida entre medios y política. Personajes que construyen su notoriedad en programas y plataformas digitales pasan luego a ocupar cargos públicos —en algunos casos, de manera efímera—, para volver a los medios. Otros hacen el recorrido inverso: coquetean con la política desde el papel de comentarista, provocador o polemista, muchas veces reconocidos por otros roles previos, desde el deporte hasta el espectáculo. Y está también la personalidad mediática que, después de veletear su camino por la política hasta conseguir el cargo buscado, no tarda en volver a hacer aquello que mejor sabe hacer: acaparar los medios con un estilo confrontacional, como de “patrón de fundo”, que tanto rindió en los medios. La frontera entre producir contenido político y hacer política comienza así a volverse cada vez más difusa. 

El manual está clarito: se encuentra un tema suficientemente rimbombante, se transforma en un gran problema, se identifica a un villano y, al mismo tiempo, a víctimas que nos partan el corazón. Luego viene la solución simplona, cargada de simbología y propaganda, para cerrar con otra pelea pública y mediática. El resultado está a la vista: diputados que reconocen abiertamente que “los votos se ganan gritando más fuerte” y candidatos presidenciales que, desde posiciones inicialmente radicales, van moderando su discurso a gusto del consumidor hasta convertir su performance en una estrategia electoral exitosa. Todo, por supuesto, acompañado de la correspondiente dosis de espectáculo.

Esto es más que “nuevas herramientas digitales” para hacer política. Es un cambio en las reglas y específicamente en el indicador clave que define qué significa tener éxito. En este ecosistema, para capitalizar los esfuerzos, además de derrotar políticamente al adversario, hay que hacerlo cumpliendo las expectativas que espera la barra brava. Olvidado quedó el convencer a quien piensa distinto o seducir indecisos: tu performance debe ser premiada por tu sector. El insulto, la descalificación, la pelea, la humillación y la respuesta rápida —por más banal o falsa que sea— adquieren valor porque son consumibles, compartibles y, sobre todo, cuantificables. Se ha demostrado que esto facilita que ciertas personalidades lleguen al poder sin necesariamente contar con las capacidades para ejercerlo.

En este escenario, no parece casual que este ecosistema resulte especialmente cómodo para una derecha más extrema, de corte populista y libertaria, que ha entendido mejor que otros sectores —especialmente el que ellos mismos denominan “derechita cobarde” y prácticamente todo el espectro desde el centro hasta la izquierda más radical— cómo explotar estas nuevas reglas. La rabia necesita enemigos; la simplificación, culpables; el espectáculo, conflicto, y la galería, soluciones slogan. Pensar menos y sentir más. Y frente al teclado, reaccionar antes de reflexionar.

Los expertos han subrayado que esta lógica se sostiene, al menos, sobre tres mecanismos. Primero, el ataque a las élites —especialmente las intelectuales— y a las instituciones: discursos reducidos a historias de los buenos contra los malos, rebeldía contra el establishment, el Estado y el “wokismo”. Segundo, la economía de la atención y el algoritmo de la rabia: polémica, indignación y miedo como combustible para generar tráfico. Y tercero, la despolitización como estrategia de conexión: hablar el lenguaje de la calle, de la gente común y el consumo masivo. Trump, Bolsonaro, Bukele o Milei entendieron muy bien que podían convertir la política en un producto de consumo diario, con frases hechas para la galería y una puesta en escena agresiva y espectacularmente desinhibida.

Hoy poco importa que el problema sea complejo si puede reducirse a un culpable, una frase o una solución escalofriantemente sencilla que produzca el contenido de la semana. En esta cancha, incluso la ignorancia deja de ser un defecto y puede convertirse en ventaja competitiva.

¿Pero estamos frente a una característica propia de una determinada corriente política o ante una transformación más amplia de las reglas de comunicación en sistemas —quizás cada vez menos— democráticos? Sería demasiado cómodo atribuir este mecanismo exclusivamente a la derecha populista o libertaria. 

¿Existen casos exitosos en la izquierda que utilicen estas herramientas de manera comparable? ¿Requiere el concurso de otros actores, poderes y plataformas? ¿Cómo leemos, por ejemplo, el caso de Zohran Mamdani o el de Gavin Newsome en EEUU? ¿Quienes serían los contraejemplos en Chile? ¿Estamos ante una estrategia equivalente o ante una forma diferente de utilizar las mismas plataformas? Pareciera que este estilo sería algo contradictorio con la constelación de lo esperado por la propia hinchada del sector.

Quizás el elemento decisivo no sea la ideología del mensaje, sino la estructura de incentivos del ecosistema digital. Y aquí aparece un problema todavía más incómodo: el caso Cerimedo ha vuelto visible la existencia de una verdadera industria de la amplificación política. Bots, trolls, cuentas coordinadas y otras formas de intervención digital pueden contratarse para generar artificialmente volumen, instalar conversaciones y alterar aquello que los algoritmos consideran relevante. Entonces, ¿cuánto de aquello que percibimos como opinión pública es realmente espontáneo? ¿Cuánto de la indignación que vemos ha sido deliberadamente amplificada? ¿Cuánto de todo eso es realmente así como nos hacen percibir?

La discusión conduce inevitablemente al problema de la libertad de expresión. La democracia permite disentir, provocar, exagerar, mentir e incluso decir estupideces, y probablemente debe seguir haciéndolo. Pero la libertad para hablar no resuelve por sí sola quién consigue ser escuchado, qué contenidos reciben visibilidad, qué comportamientos son recompensados ni cuánto hay que pagar por ello. Y hay algo más: la velocidad de la política del espectáculo permite que una polémica reemplace a la anterior antes de que lleguen sus consecuencias para quienes difunden fake news, por ejemplo. La atención se desplaza, el escándalo se consume y la responsabilidad queda atrás. La pregunta es, entonces, qué tipo de política estamos produciendo cuando la atención se convierte en una de las principales divisas del poder.

La ironía es difícil de ignorar: la política para la galería ocurre dentro de un marco democrático que garantiza precisamente la libertad necesaria para que este espectáculo exista. Y mientras nadie apague las luces del estadio o cambie las reglas del juego, la política seguirá compartiendo escenario con el entretenimiento, en un ecosistema de politainment donde el debate de fondo se disuelve por falta de rating. 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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