Opinión
¿Tratamos adicciones o seleccionamos pacientes motivados?
La voluntariedad como proceso, no como requisito clínico.
En el tratamiento de las adicciones, exigir voluntariedad y abstinencia como condición para el cambio puede convertirse en una contradicción clínica: se le exige a la persona que haya desarrollado una disposición que el propio tratamiento debería contribuir a construir.
La tesis es incómoda, pero necesaria: cuando la voluntariedad y la abstinencia se convierte en requisito de entrada, el sistema corre el riesgo de excluir precisamente a quienes más necesitan una intervención terapéutica.
Desde la psicología clínica, la ambivalencia frente al cambio no constituye necesariamente una negativa definitiva. Una persona puede reconocer las consecuencias perjudiciales del consumo y, simultáneamente, experimentar dificultades para abandonarlo. Esta contradicción forma parte de la complejidad de las adicciones y exige una comprensión clínica que supere la dicotomía entre querer y no querer cambiar.
La teoría de la autodeterminación de Deci y Ryan permite distinguir entre actuar bajo presión externa y hacerlo desde una decisión progresivamente integrada a los propios valores. Por ello, aceptar un tratamiento no equivale a comprometerse con él, del mismo modo que ingresar por presión familiar o judicial no determina, por sí solo, su desenlace.
El National Institute on Drug Abuse (NIDA) reconoce que el tratamiento de los trastornos por consumo de sustancias no necesita ser necesariamente voluntario y estar en abstinencia para resultar efectivo. Esto no demuestra que la coerción sea superior ni que los tratamientos obligatorios sean equivalentes a los voluntarios en todos los contextos. Sí cuestiona la idea de que la ausencia de voluntariedad inicial y la abstinencia sostenida justifique descartar anticipadamente la posibilidad de cambio.
El problema es tanto clínico como institucional. Cuando la resistencia se interpreta automáticamente como falta de compromiso, se corre el riesgo de atribuir exclusivamente a la persona dificultades que también pueden relacionarse con experiencias previas de fracaso, desconfianza, objetivos impuestos o intervenciones poco pertinentes. La pregunta deja de ser qué condiciones permitirían favorecer el cambio y pasa a ser por qué el individuo no responde como se espera.
La entrevista motivacional, desarrollada por Miller y Rollnick, ofrece una alternativa a esta lógica: explorar la ambivalencia, fortalecer las razones personales para cambiar y construir una relación colaborativa, en lugar de depender exclusivamente de la confrontación. Asimismo, la evidencia sobre alianza terapéutica muestra una asociación consistente entre la calidad del vínculo y los resultados de la psicoterapia. La participación, por tanto, no puede analizarse al margen de la relación y las condiciones en que se desarrolla la intervención.
Esto obliga a revisar una práctica frecuente: confundir cumplimiento con transformación. La asistencia, la permanencia y la aceptación de indicaciones son indicadores relevantes, pero insuficientes para establecer que existe un cambio significativo. Un programa puede registrar cumplimiento administrativo sin promover autonomía; también puede enfrentar ambivalencia sin que ello invalide su potencial terapéutico.
La crítica a la exigencia de voluntariedad no implica legitimar la coerción. Las intervenciones involuntarias plantean problemas de autonomía, consentimiento, proporcionalidad y derechos que requieren justificación específica y garantías efectivas. Que un tratamiento pueda producir beneficios sin una decisión inicial plenamente autónoma no significa que imponerlo sea siempre apropiado, necesario o eficaz.
La distinción fundamental es otra: una cosa es imponer el ingreso a un tratamiento y otra, muy distinta, construir condiciones para que la persona participe activamente en él. Incluso cuando existen restricciones legales, el trabajo clínico debe procurar decisiones informadas, objetivos compartidos y el mayor grado de autonomía posible.
Por eso, la calidad de un programa no debería juzgarse únicamente por cuántas personas ingresan, permanecen o cumplen sus exigencias. También debe evaluarse por sus resultados clínicos, la continuidad asistencial, la participación en las decisiones y su capacidad para favorecer cambios sostenibles. Las recaídas tampoco puede reducirse a una falla moral ni interpretarse automáticamente como prueba de que el tratamiento careció de sentido.
La pregunta que debemos formularnos es directa: ¿estamos diseñando intervenciones capaces de trabajar con personas ambivalentes o estamos seleccionando a quienes ya llegan preparados para responder a nuestras expectativas?
Si solo sabemos tratar a quienes ya quieren cambiar, no estamos resolviendo el problema clínico: estamos trasladando al paciente una responsabilidad que también pertenece al tratamiento.
La voluntariedad y la abstinencia importan como expresión de autonomía y como horizonte ético de la intervención. Convertirla en una condición absoluta de acceso supone confundir el punto de partida con el resultado esperado. En las adicciones, el desafío profesional no consiste en esperar una voluntad perfecta, sino en ofrecer intervenciones rigurosas que respeten los derechos y creen condiciones reales para la recuperación.
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